El coche de la empresa llegó al día siguiente, como él había prometido. Un Mercedes negro, impecable, con los vidrios polarizados. El chofer no me dirigió la palabra durante todo el trayecto, y yo pasé el viaje mirando por la ventana, sintiéndome como una prisionera a la que trasladan de una celda a otra.
Cuando entré al despacho, Leonardo ya estaba allí, por supuesto. Siempre estaba allí. Me preguntaba si dormiría en el edificio, si tendría algún rincón oculto donde su cuerpo descansara, porque parecía inmune al cansancio.
—Buenos días, señor Montesinos —dije, dejando su café en el escritorio, exactamente en el mismo lugar que el día anterior.
Esta vez llevaba ropa nueva. La tarde anterior había ido a las boutiques del complejo comercial, tal como me ordenó, y la tarjeta corporativa había ardido en mis manos mientras pagaba trajes que jamás habría podido costear por mi cuenta. Aquella mañana me había puesto uno gris perla, de corte impecable, que me hacía sentir que llevaba puesta una armadura. O quizás un uniforme de presidiario.
—Mejora —dijo Leonardo, deslizando una mirada rápida por mi cuerpo antes de volver a sus papeles—. Siéntate. Hoy tenemos mucho trabajo.
El trabajo, descubrí, era un eufemismo. Lo que realmente teníamos era un desfile de humillaciones disfrazadas de tareas ejecutivas. Me hizo servir café a sus invitados ejecutivos de banco que me miraron como si fuera una camarera, tomar notas en reuniones confidenciales que no me dejaba grabar, y organizar su agenda personal, que incluía detalles que ninguna asistente debería conocer. Cenas con mujeres cuyos nombres anoté con la mano temblorosa. Llámadas a flores que debían entregarse en direcciones de barrios cerrados. Horarios de masajes en domicilios particulares.
Cada nuevo dato sobre su vida privada era un cuchillo pequeño. No porque me importara no podía importarme, no debía importarme, sino porque entendía el mensaje implícito. Me estaba mostrando que tenía una vida que yo jamás tocaría. Que yo era invisible. Una herramienta. Un mueble más.
A la hora del almuerzo, Leonardo salió sin decir adónde iba. Me quedé sola en el despacho, con el silencio pesando sobre mis hombros como una losa. El hambre me recordó que no había desayunado bien, y busqué en los cajones de la pequeña mesa de cristal. No había nada. Ni una galleta, ni un sobre de azúcar.
Pero la carpeta de cuero antiguo seguía en la estantería.
Me levanté despacio, como si caminara sobre cristales. Miré la puerta. Cerrada. Miré el teléfono de la oficina. Apagado, porque él lo había dejado así. Miré los cristales polarizados que cubrían las ventanas del piso cincuenta. Nadie podía verme desde fuera.
Me acerqué a la estantería y saqué la carpeta otra vez.
Esta vez, la revisé con más calma. Hoja por hoja. Fecha por fecha. Había correos electrónicos impresos, algunos con membrete de mi padre, otros con el sello de la constructora. Y luego, en medio de todo, una carta manuscrita que me heló la sangre.
La escritura era de mi padre. Lo reconocí al instante, porque pasé mi infancia viéndole llenar cheques y firmar contratos en la mesa del comedor.
"Esteban: lamento informarte que el acuerdo del que hablamos no puede sostenerse. He revisado los números y la operación que propones es inviable. Si sigues adelante con el proyecto, será bajo tu exclusiva responsabilidad. No puedo ni quiero ser cómplice de lo que estás planeando. Saludos, Enrique Mendoza."
Esteban. Esteban Montesinos. El padre de Leonardo.
El hombre que se había suicidado tras un escándalo financiero.
Leí la carta tres veces. El temblor de mis manos era tan intenso que el papel crujía. Mi padre no había sido cómplice de algo. Había advertido a Esteban Montesinos que no siguiera adelante. Le había dicho que era inviable. Le había dicho que no quería ser parte de ello.
Entonces, ¿por qué esas transferencias millonarias? ¿Por qué mi padre había enviado dinero a una cuenta fantasma si se había negado a participar?
—Porque tu padre era un hipócrita.
La voz de Leonardo me atravesó la espalda como una bala. Me giré tan rápido que la carpeta casi se me cae otra vez. Esta vez logré sostenerla, pero mi cara debía estar blanca como el papel que sujetaba.
—¿Cuánto llevas ahí? —pregunté, con la voz rota—. ¿Cuánto tiempo llevas escuchando?
—Lo suficiente —respondió él, cerrando la puerta del despacho con un golpe seco que resonó en todo el piso—. Lo suficiente para saber que no puedes apartar las manos de lo que no te pertenece.
Caminó hacia mí con esa lentitud suya, esa forma de moverse que recordaba a un felino acechando. No huí. No podía. Mis piernas estaban clavadas al suelo.
—Esta carta —dije, levantando el papel con dedos que no dejaban de temblar—, mi padre le decía al tuyo que no quería participar. Que no quería ser cómplice. ¿Cómo encaja eso con la historia de que arruinó a tu familia?
Leonardo me arrebató la carta de las manos con un movimiento brusco. La leyó en silencio, y por un instante —solo un instante— vi algo cruzar su rostro. Algo que no supe identificar. Duda. Dolor. Quizás ambas cosas.
—Tu padre escribió esto —dijo al fin, con una voz mucho más baja que antes—. Pero luego cambió de opinión. O tal vez nunca tuvo intención de mantenerse al margen. Esta carta pudo ser una farsa, una forma de cubrirse las espaldas. Los números no mienten, Lucía. Las transferencias existen.