Bajo la Sombra del Ceo Cruel

Capítulo 5 Una cena formal

Pasé el resto de la semana como un fantasma dentro de su despacho. Con cada día que avanzaba, la rutina se volvía más sofocante: llegar a las siete, servir el café, digitalizar archivos, tomar notas, soportar sus miradas que me atravesaban como cuchillos. Pero algo había cambiado después de aquella tarde en que encontré la carta de mi padre.

Leonardo ya no me ignoraba por completo. Ahora me observaba. Y esa observación era peor que el desprecio, porque no sabía qué buscaba exactamente. A veces, cuando levantaba la vista de mi ordenador, lo sorprendía mirándome con una expresión que no lograba descifrar. No era odio —o no solo odio—. Había algo más, algo que prefería no analizar demasiado porque me daba vértigo.

El viernes por la tarde, cuando ya casi todos los empleados del piso cincuenta se habían ido, Leonardo me llamó desde su escritorio.

—Mendoza.

Levanté la vista. Él tenía los codos apoyados sobre la mesa y los dedos entrelazados, como si estuviera a punto de dictar sentencia.

—Esta noche hay una cena de gala en el hotel central del complejo —dijo, con ese tono plano que usaba para dar órdenes—. Asisten los principales accionistas de Montesinos Holding y varios socios internacionales. Necesito que me acompañes.

Parpadeé, confundida.

—¿Acompañarle? ¿En qué sentido?

—En el sentido literal, Lucía. Mi asistente habitual está de baja y necesito a alguien que tome notas, que esté atenta a los detalles y que, sobre todo, sepa callar cuando hable la gente importante. Vestirás con uno de los trajes que compraste esta semana. Nada de ese gris apagado. Algo con color. Algo que no parezca que vas a un funeral.

Me quedé mirándolo, procesando la información. Una cena de gala. Con los accionistas. Eso significaba horas adicionales fuera de mi horario. Significaba estar cerca de él en un entorno social, lejos de la burbuja aséptica de su despacho.

—¿Es una orden o una pregunta? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—¿Tú qué crees?

Asentí, mordiéndome el labio. No tenía opción. Nunca la tenía.

—Entendido. ¿A qué hora?

—A las ocho. Un coche pasará a recogerte a las siete y media. Y Lucía...

Se levantó de la silla y se acercó a mi mesa. Se inclinó hacia mí, apoyando las manos en el borde de cristal, de modo que su rostro quedó a escasos centímetros del mío.

—No me avergüences esta noche. No voy a tolerar errores.

Su aliento rozó mi mejilla. Otra vez sentí ese vértigo absurdo, ese latido acelerado que odiaba con toda mi alma. Asentí sin decir palabra, y él se incorporó, dio media vuelta y desapareció por la puerta sin mirar atrás.

Me quedé sola, temblando, con las manos sudorosas pegadas al teclado.

—No me avergüences —repetí para mí misma, con una mueca amarga—. Como si yo fuera su propiedad.

Pero esa noche, mientras me arreglaba frente al espejo del pequeño apartamento —mi madre ya estaba en la clínica, así que no tuve que dar explicaciones—, no pude evitar preguntarme qué demonios estaba haciendo allí. Con un vestido burdeos que me había comprado esa misma mañana, presintiendo que algo así podría pasar. Con el pelo recogido en un moño bajo que me hacía parecer mayor, más seria. Con los labios pintados de un rojo tenue que no era el mío.

Cuando el coche me recogió puntualmente a las siete y media, subí sin rechistar. Durante el trayecto, repasé mentalmente todo lo que sabía sobre los accionistas de Montesinos Holding. Nombres, caras, pequeños escándalos que había leído en internet a escondidas, usando el ordenador de la oficina cuando Leonardo salía a fumar al balcón.

El hotel central del complejo era un despliegue de mármol, cristal y luces cálidas. Había hombres de traje oscuro y mujeres de joyas centelleantes, y una orquesta de cámara tocaba algo suave en un rincón. Me sentí diminuta al cruzar el umbral, pero levanté la barbilla y caminé con la espalda recta, como si perteneciera a ese lugar.

Leonardo ya estaba allí. Lo vi al fondo de la sala, conversando con un hombre mayor de aspecto adusto. Llevaba un traje azul marino, impecable, que le daba un aire todavía más imponente del que ya tenía. Cuando me acercó, me dedicó una mirada rápida de arriba abajo y asintió, apenas perceptible.

—Bueno —dijo—. Al menos algo has aprendido.

No supe si era un cumplido o una ofensa. Opté por callarme.

La cena transcurrió entre brindis, discursos vacíos y conversaciones de negocios que intenté seguir con atención. Tomaba notas en una pequeña libreta que me había dado el asistente de Leonardo, y cada vez que él pronunciaba mi nombre —"mi asistente, Lucía Mendoza", decía con una frialdad que helaba la sopa—, los invitados me miraban como si fuera una rareza. Una curiosidad de museo.

Pero lo peor llegó al postre.

—¿Mendoza? —preguntó uno de los accionistas, un hombre calvo de apellido Rivas—. ¿Parentesco con Enrique Mendoza, el de la constructora?

Se hizo un silencio incómodo en la mesa. Sentí todas las miradas clavarse en mí, y luego desviarse hacia Leonardo, como esperando su reacción.

—Es su hija —respondió él, con una calma tensa—. Trabaja para mí desde esta semana.




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