Bajo la Sombra del Ceo Cruel

Capitulo 6 reunión sorprendente

El lunes comenzó como cualquier otro día. O al menos, eso creí.

Llegué al piso cincuenta con el café humeando entre mis manos, el vestido nuevo —color ciruela, esta vez— ajustado a mi cuerpo como una segunda piel. Ya no me quejaba de la ropa. Ya no me quejaba de nada. Había aprendido que las quejas eran un lujo que no podía permitirme.

Pero aquella mañana, algo diferente esperaba en el despacho de Leonardo.

No él.

Ellos.

Tres hombres trajeados, de aspecto severo, estaban sentados frente a su escritorio. Leonardo estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Cuando entré, todos se giraron hacia mí. El ambiente era tan denso que casi podía cortarse con un cuchillo.

—Tú —dijo Leonardo, señalando mi mesa con un gesto brusco—. Siéntate y no interrumpas. Esto no te concierne.

Me senté sin rechistar. Pero no aparté la mirada. Algo en la forma en que aquellos hombres me observaban me puso los pelos de punta. Había reconocimiento en sus ojos. No me veían como una asistente cualquiera.

Me veían como a la hija de Enrique Mendoza.

—Señor Montesinos —tomó la palabra el hombre del centro, un tipo calvo con gafas de pasta negra—, hemos revisado los documentos que nos solicitó. La auditoría forense de Mendoza & Asociados ha dado resultados... inquietantes.

Mi corazón dio un vuelco. Contuve la respiración.

—Continúe —dijo Leonardo, sin mirarme.

El hombre calvo deslizó una carpeta sobre el escritorio. La misma carpeta. La de cuero antiguo. Pero esta vez había más papeles, más anexos, más sellos de confidencialidad.

—Encontramos transferencias que no aparecían en los registros originales —explicó—. Pagos millonarios desde cuentas de Mendoza & Asociados hacia una sociedad fantasma con sede en Panamá. Pero lo interesante es que esas transferencias no fueron autorizadas por Enrique Mendoza. Al menos, no directamente.

—Explíquese —ordenó Leonardo, y su voz tenía un filo que nunca le había oído.

—La firma digital de Enrique Mendoza aparece en las operaciones, pero nuestros peritos creen que fue manipulada. Alguien utilizó sus claves de acceso sin su conocimiento. O peor aún...

—¿Peor aún, qué? —pregunté, sin poder contenerme.

El hombre me miró. Por un instante, sus ojos reflejaron algo cercano a la compasión.

—Peor aún, señorita Mendoza, que su padre fuera consciente del uso que estaban dando a su firma y no pudiera impedirlo porque quien lo hacía estaba por encima de él en la cadena de mando.

Leonardo se giró entonces. Me miró. Y en sus ojos grises vi algo que nunca había visto.

Miedo.

No miedo por él. Miedo por lo que aquellos papeles significaban. Por lo que implicaban sobre su propia familia.

—¿Quién? —preguntó, y su voz era apenas un susurro—. ¿Quién estaba por encima de Enrique Mendoza?

El hombre calvo dudó. Intercambió una mirada con sus compañeros. Finalmente, suspiró.

—Los registros apuntan a una cuenta a nombre de Esteban Montesinos. Su padre, señor Montesinos. Pero hay algo más. Una carta que encontramos en la caja fuerte de Mendoza & Asociados. Una carta que su padre escribió antes de morir.

El silencio se volvió ensordecedor.

—¿Qué carta? —pregunté, levantándome de la silla.

—Siéntese —me espetó Leonardo.

—No. No hasta que me digan qué dice esa carta.

El hombre calvo miró a Leonardo. Esperó su autorización. Leonardo asintió, apenas perceptible.

—La carta está dirigida a usted, señorita Mendoza. Su padre le escribió poco antes de fallecer. Dice, cito textualmente: "Lucía, si estás leyendo esto, es porque yo ya no estoy. Necesito que sepas la verdad. No fui yo. Todo fue culpa de Esteban Montesinos, pero él tampoco actuó solo. Hay alguien más. Alguien que sigue en la cúpula de Montesinos Holding. Alguien que me amenazó con hacerte daño a ti y a tu madre si no callaba. No sé quién es. Nunca llegué a verle la cara. Pero sé que sigue ahí, esperando. Cuídate. No confíes en nadie. Papá."

El mundo se detuvo.

Las palabras de mi padre flotaron en el aire como cuchillos.

Leonardo estaba pálido. Más pálido de lo que lo había visto nunca. Su mandíbula temblaba, aunque intentaba disimularlo.

—Alguien en mi empresa —dijo, con una voz rota—. Alguien que sigue aquí. Que sigue teniendo poder.

—Lo siento, señor Montesinos —respondió el hombre calvo—. Pero parece que la venganza que ha estado planeando durante años... podría haberse dirigido a la persona equivocada.

El silencio que siguió fue eterno.

Leonardo y yo nos miramos.

En sus ojos ya no había odio.

Solo un abismo de preguntas sin respuesta.

Y un peligro mucho mayor acechando entre las sombras de su propio imperio.

Los tres hombres se fueron una hora después, dejando tras de sí un silencio más pesado que cualquier palabra. La carpeta permanecía sobre el escritorio de Leonardo como una prueba irrefutable de que todo lo que habíamos creído era mentira. O al menos, no era la verdad completa.




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