Bajo la Sombra del Ceo Cruel

Capítulo 7 Un enemigo secreto

Los tres hombres se fueron una hora después, dejando tras de sí un silencio más pesado que cualquier palabra. La carpeta permanecía sobre el escritorio de Leonardo como una prueba irrefutable de que todo lo que habíamos creído era mentira. O al menos, no era la verdad completa.

Yo seguía de pie junto a mi mesa de cristal, con las piernas temblorosas y el corazón latiéndome tan fuerte que lo sentía en los oídos. No sabía qué hacer. No sabía qué decir. Solo sabía que el hombre que me había sometido a su yugo, que me había humillado y vigilado y controlado cada uno de mis movimientos, acababa de descubrir que su enemigo nunca había sido mi padre.

Su enemigo llevaba años durmiendo en su misma casa. Compartiendo su apellido. Heredando su imperio.

—Tienes que irte —dijo Leonardo, de repente.

Levanté la vista. Él seguía junto a la ventana, de espaldas a mí, con los hombros tensos como cuerdas de violín.

—¿Qué?

—Que te vayas, Lucía. Ahora. Antes de que sea demasiado tarde.

Di un paso hacia él, confundida.

—¿Demasiado tarde para qué? Acabo de enterarme de que mi padre no fue el culpable. De que hay alguien en su propia empresa que... que lo amenazó. Que amenazó a mi familia. Y usted quiere que me vaya como si nada?

Leonardo se giró entonces. Y el rostro que vi me heló la sangre.

No era el hombre frío y calculador que me había recibido aquel primer día. No era el tirano que me obligó a apagar mi teléfono y a vestir como a él le placía. Era alguien roto. Alguien que acababa de ver derrumbarse los cimientos de su propia venganza.

—No entiendes —dijo, acercándose a mí con pasos lentos—. Si hay alguien en mi empresa que manipuló a tu padre, que orquestó la caída de los dos... ese alguien sabe quién eres. Sabe que estás aquí. Y sabe que, tarde o temprano, podrías descubrir la verdad.

—¿Y qué? ¿Qué voy a hacer? ¿Contárselo a alguien? —repliqué, alzando la voz—. No tengo teléfono, no tengo amigos, no tengo absolutamente nada. Usted se encargó de aislarme por completo.

—¡Por tu seguridad! —estalló.

El grito retumbó en el despacho, rebotando contra las paredes de cristal. Me quedé paralizada. Nunca lo había visto perder el control así.

Leonardo pasó una mano por su cabello, despeinándose, y se alejó unos pasos. Su respiración era agitada, irregular.

—Cuando te traje aquí... cuando hice que firmaras ese contrato... creía que estaba castigando al monstruo que destruyó a mi padre. Creía que tu familia merecía pagar por lo que había hecho. Pero ahora...

Se detuvo. Me miró. Y en sus ojos grises vi algo que nunca había visto en nadie: vulnerabilidad.

—Ahora no sé qué creer.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Pero no era el silencio tenso de los primeros días. Era otra cosa. Una especie de duelo compartido. Un dolor que los dos sentíamos aunque viniera de direcciones opuestas.

—Mi madre sigue en esa clínica —dije, con la voz más calmada—. La que usted paga. Si hay alguien que quiere hacernos daño, también sabe dónde está ella.

Leonardo cerró los ojos. Maldijo en voz baja.

—Tienes razón. Tengo que moverla. Tengo que moverlas a las dos. Hay un sitio seguro, en las afueras. Una propiedad de mi familia que nadie usa. Podrías quedarte allí con ella mientras...

—¿Mientras usted qué? —lo interrumpí—. ¿Mientras averigua quién es el fantasma que lleva años manejando los hilos desde las sombras? ¿Mientras intenta desmontar un complot que puede llegar hasta lo más alto de su propio imperio?

—Sí —respondió, y la palabra sonó a derrota—. Mientras hago eso.

Me quedé mirándolo. El hombre que me había aterrorizado durante días ahora me pedía, implícitamente, que confiara en él. Que aceptara su protección. Que me escondiera mientras él arriesgaba todo para descubrir la verdad.

Y lo peor de todo era que estaba considerándolo.

—Tengo una condición —dije, levantando la barbilla.

Él arqueó una ceja.

—¿Tú pones condiciones?

—A partir de ahora, sí. Quiero ver todos los informes. Quiero saber todo lo que descubran. No voy a quedarme en un rincón escondida mientras otros deciden por mí. Ya tuve suficiente de eso.

Leonardo me observó largamente. Por un momento, creí que iba a negarse. Que iba a recordarme quién mandaba allí. Pero entonces asintió.

—De acuerdo —dijo, y su voz había perdido algo de su dureza—. Pero con una condición también.

—Diga.

—No hagas nada por tu cuenta. Si descubres algo, me lo dices a mí primero. No quiero que termine como tu padre.

El escalofrío que recorrió mi espalda no tuvo nada que ver con el miedo. O quizás sí. Pero era un miedo distinto. El miedo a perderlo a él también.

—Trato hecho —susurré.

Y cuando Leonardo extendió la mano para sellar el acuerdo, la tomé sin dudar.

Su palma era cálida. Firme.




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