En la limusina iba Dimitri Volkov con su chófer por la calle de Moscú, sus ojos grises profundo como dos abismos, escudriñaban unos documentos. Mientras su chófer no se detenía por nada y nadie en medio de la noche oscura. Dimitri recordó en ese momento lo ocurrido con Anna, y el embarazo que sus ojos se llenaron de lágrimas. En ese momento algo hizo frenar a su chófer.
Anya estaba tan sumida en sus pensamientos que ni siquiera se dio cuenta de que estaba acercándose a un cruce de caminos. Tampoco se percató del resplandor de los faros de un coche que se le acercaba por la derecha... Entonces, el chirrido de los neumáticos al frenar la alertó del peligro en que ella estaba. En décimas de segundo Anya desgraciadamente, pierde el equilibrio y caer de espaldas. Sintió una explosión de dolor en la base del cráneo y luego una oscuridad absoluta fue apoderándose de ella.
En aquel momento, Dimitri Volkov saltó de la limusina.
— ¿La hemos golpeado? —le preguntó a Georgio que había salido del vehículo tras él.
— No señor Dimitri. —respondió el hombre.
— No la hemos golpeado... Georgio en serio.
El chófer la había visto antes y ya había aminorado bastante la marcha. Sin embargo, esa Anya empezó a cruzar sin mirar.
— Llama a una ambulancia, una privada de la fundación. Será más rápido —le ordenó Dimitri.
Entonces, se agachó al lado de la mujer y le tomó el pulso. Cuando descubrió que seguía viva, respiró aliviado, a pesar de que la piel de la mujer se mostraba demasiado fría.
— No está muerta —añadió, para que Georgio, que había vuelto a la limusina, pudiera escucharlo.
A continuación, se quitó su abrigo y la cubrió suavemente con ella. Fue en aquel momento cuando vio el rostro de la mujer por primera vez.
— Dios mío... ¡Pero si es casi una niña!
Dimitri tuvo que admitir que se trataba de una niña muy hermosa. Tenía delicada estructura ósea y unos cabellos rojos como el carmesí, y mechones que le rodeaban el rostro hermoso. Con su vibrante color solo conseguía acentuar su extremada palidez. Entonces Dimitri mira a su abdomen y ve un vientre abultado.
— ¿Estás embarazada? ¡Por Dios! Georgio llama rápido que venga la ambulancia.
— ¡Qué está diciendo, señor Dimitri! —exclamo su chófer colgando el teléfono tras hacer la llamada. — No, puedo creer que esté embarazada, es muy joven, señor Dimitri, casi es una niña.
— Es deprimente, pero hoy en día hay cada vez más niñas que se quedan embarazadas.
Dimitri miró a la joven. Efectivamente, podría tener unos diecisiete o dieciocho años, pero parecía tan inocente, tan virgen... Además, no llevaba ninguna alianza. En aquel momento, Georgeo se inclinó para retirar el abrigo que Dimitri había colocado sobre la joven.
— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó él.
— He sacado una manta del auto, señor. Le dará más calor a la joven. Además, está nevado y haciendo mucho frío señor para que no tenga su abrigo encima.
— Yo estoy bien. Ojalá pudiéramos meterla en la limusina... —dijo Dimitri.
— Está helada mujer...
— ¿Mi bebé? —susurró Anya, de repente. Sentía la cabeza a punto de estallar. — ¿Por favor ayúdeme?
Dimitri se inclinó sobre ella y la miró a los ojos, tan rojos como el fuego eran color violeta.
— Estará bien. Quédese quieta. Ya viene de camino una ambulancia...
— Por favor salve a mi hijo. —exclamó Anya, con dolores de parto que eran ahora más fuerte.
— Por Dios, Georgeo está con dolor.
Su chófer se acercó a ellos, y al ver a la chica con dolor sabía que era la hora de dar a luz. Él había asistido varios partos de sus hijas. Y sabía cuando era el momento, así que miro a su jefe y le dice.
— Jefe está por dar a luz, y la ambulancia aún no ha llegado.
— Por favor se lo ruego salve a mi hijo, no le deje morir. —Dimitri al verla sufrir por su hijo.
— Tiene algún familiar que llamar, amigo, un pariente…
— No tengo a nadie. Ayyy duele mucho.
Dimitri la estudió. No era de Moscú. Tenía un pronunciado acento que no podía localizar. Sin embargo, decidió que aquello podía esperar. Lo primero era lo primero.
— ¿Cuántos años tiene?
— Veinte. No quiero que mi hijo muera... ¿Me oye?
— Lo sé, pero deben darle atención médica. Le prometo que estaré con usted hasta saber que su hijo esté bien.
— ¿Cómo puede prometerme eso?
Al fin llegó la ambulancia, entre un estruendo de sirenas y de luces. El equipo médico se bajó inmediatamente y obligaron a Dimitri a apartarse.
— ¡Mi hijo por favor! No permita que muera. —exclamó Anya, cuando se la llevaban en una camilla.
— Yo la seguiré al hospital no se preocupe estará bien. —le aseguró Dimitri.
— No lo conozco de nada… Señor, pero por favor no deje que nada le pase a mi hijo. —en ese momento le llegaron más contracciones seguidas.