NYSSA MORELLI
Mi mente, desgastada por horas de aislamiento y terror, flotaba entre la inconsciencia y breves chispazos de lucidez.
De pronto, un ruido metálico, era el sonido de alguien embistiendo la estructura.
—¡Nyssa!
Mi corazón dio un vuelco tan violento contra mis costillas que el dolor me hizo ahogar un gemido. Conocía esa voz. La reconocería incluso en la antesala de la muerte.
—K-Kian... —intenté articular, pero de mi boca seca solo salió un soplo de aire imperceptible.
La pesada puerta de hierro fundido de la celda se abrió de golpe con un estruendo metálico. Un haz de luz tenue cortó la penumbra y, en el umbral, apareció su figura.
Tenía la camisa desabotonada en el cuello, el cabello oscuro completamente despeinado y los ojos fijos en mí con una mezcla de insomnio, demencia y un horror puro que le desencajó el rostro por completo al verme colgada. Tiró la linterna al suelo sin importarle dónde caía y cruzó hasta mí.
Se sentó sobre la roca helada y me acomodó en su regazo, abriendo su pesado abrigo para envolverme por completo, pegándome a su torso en un intento desbocado de traspasarme su propio calor corporal.
Mis manos, con las articulaciones hinchadas y las muñecas en carne viva por el roce del cuero, apenas podían doblarse para intentar aferrarme a su ropa.
—Kian... —sollocé, apoyando la mejilla contra su pecho, escuchando el galope desbocado de su corazón retumbando contra mis costillas.
Por un segundo efímero, el frío infernal del calabozo pareció retroceder, sosteniéndome entre sus brazos como si fuera la joya más valiosa de su universo, volví a sentirme humana. Volví a creer que la pesadilla había terminado.
—Qué escena tan conmovedora, Kian —la voz de Axel flotó en la oscuridad, desprovista de cualquier atisbo de emoción—. De verdad que casi logras el milagro.
La calidez que me rodeaban se evaporaron en un milisegundo, transformándose en una masa de músculo y furia. Sintiendo el peligro inminente, Kian me giró con cuidado, acomodándome detrás de él contra la pared para usarse a sí mismo como un escudo entre Axel y yo. Su mano derecha se deslizó instintivamente hacia el interior de su chaqueta, buscando la empuñadura de su arma.
—No movería esa mano si fuera tú, Harrington —advirtió Axel, dando un paso al frente para salir de las sombras.
La luz tenue de la linterna abandonada en el suelo iluminó su silueta. En su mano derecha sostenía una pistola de alto calibre con silenciador adaptado, apuntando directamente al pecho de Kian.
—Eres un maldito perro traidor —espetó Kian, comenzando a levantarse despacio del suelo, sin quitarle los ojos de encima, manteniendo su cuerpo enorme bloqueando por completo la línea de visión hacia mí—. Te abrí las puertas de mi casa, te di el mando de la guardia, te traté como a un igual... ¡y metiste a mi esposa y mi hijo en un pozo de tortura!
—Tú no me diste nada que no me perteneciera por derecho, Kian. Siempre fuiste el primogénito mimado, el heredero de la dinastía Harrington, el favorito del Consejo. Yo tuve que limpiar tus destrozos y hacer el trabajo sucio en las sombras para que tú pudieras jugar al líder noble. Y cuando por fin tenía el camino despejado para tomar el control... la trajiste a ella y luego un hijo.
Axel desvió apenas un milímetro la mirada hacia la esquina donde yo permanecía encogida, tiritando de frío y terror.
—Para consolidar tu posición, y ahora un bastardo en camino para cerrar la línea de sucesión por los próximos cincuenta años —continuó Axel en un susurro gélido—. No podía permitirlo.
—Si das un solo paso más hacia ella, te voy a arrancar la cabeza con mis propias manos —amenazó Kian. El tono de su voz era una promesa de muerte tan real que el aire parecía chispear entre ambos.
—No vas a hacer nada, porque si tu mano toca ese gatillo, la primera bala irá directamente a la cabeza de tu esposa —replicó Axel, esbozando una sonrisa torcida—. Pensé que tardarías al menos doce horas más en descifrar la ubicación. Debo reconocer que sobreestimé la inteligencia de la pequeña Aurora D'Aubigny. Asumo que fue ella quien te abrió la puerta de este pozo.
—Aurora no tiene nada que ver con esto. Esto es entre tú y yo, Axel. Suelta el arma y arreglemos esto como hombres.
Axel soltó una carcajada corta y seca que resonó fúnebremente en la bóveda de piedra.
—¿Arreglarlo como hombres? ¿Crees que esto es un duelo de honor en el patio del palacio, Kian? Esto es una toma de poder. El Consejo ya tiene el reporte de que fuiste atacado por un grupo insurgente en la frontera este. Para cuando encuentren sus cuerpos en estas ruinas abandonadas, yo seré el único capaz de restablecer el orden y asumir la regencia de la casa Harrington.
—¡Estás loco! —grité desde el suelo, obligando a mi garganta lacerada a producir sonido—. ¡El Consejo no te va a creer! ¡Kian sabe la verdad!
—Kian va a estar muerto en los próximos tres minutos, mi querida Nyssa —dijo, fijando la mira de la pistola exactamente en el centro del frente de Kian—. Y tú no sobrevivirás a la hipotermia ni a la pérdida de tu embarazo antes de que alguien se dé cuenta de que este lugar existe.
—Tócala... intenta tocarla una sola vez más y te juro que te voy a quemar vivo —retó Kian, dando un paso lateral imperceptible para cortar la línea de tiro directa hacia mí.
—Se acabó el tiempo de los discursos, primo —susurró Axel.
El chasquido del martillo del arma al ser martillada de forma manual sonó espantosamente claro en el silencio de la celda.
Podía ver la intención en los ojos de Axel, no iba a dudar. Iba a apretar el gatillo.
—¡KIAN, NO! —grité con todas las fuerzas que me quedaban en los pulmones.
En el preciso instante en que el dedo de Axel comenzó a ejercer presión sobre el disparador, Kian no intentó esquivar la bala ni buscar cobertura. Se lanzó de frente hacia él, usando todo el peso de su cuerpo para embestirlo antes de que el disparo pudiera ser certero.
#147 en Novela romántica
#69 en Novela contemporánea
matrimonio forzado realeza, fakedating, matrimonioporconveniencia
Editado: 22.09.2026