NYSSA MORELLI
Lo primero que regresó no fue la vista, sino las terribles náuseas.
Un espasmo me sacudió desde el centro del estómago, forzándome a tomar una bocanada de aire rasposa que me dolió la garganta como si me tragara un puñado de agujas. El aire no olía a humedad, moho o tierra podrida. Olía a antiséptico, a sábanas limpias y a una mezcla sutil de lavanda y otras flores.
Abrí los ojos de golpe.
La luz blanca y tenue de la habitación me cegó por un segundo. Un pitido, pausado resonaba cerca de mi oído izquierdo, acelerándose drásticamente a medida que el pánico comenzaba a tomar el control de mis pulsaciones.
Desvié la mirada despavorida por el techo blanco, las cortinas pesadas de seda gris que dejaban pasar la luz de la tarde y el soporte del suero que goteaba una sustancia transparente directo a la vía intravenosa en el dorso de mi mano.
Me llevé la mano libre a la barriga de forma frenética. La presión que sentía en el vientre era extraña: tensa, dura, adolorida. Mi estómago estaba completamente vacío, revolviéndose en un espasmo amargo producto de condición que llevaba semanas consumiéndome.
Pasé la mano por encima de la tela suave del camisón de algodón que me habían puesto. Sentía el útero demasiado tenso, como una piedra rígida bajo mi piel. La angustia me estranguló los pulmones, el monitor cardíaco al lado de la cama comenzó a emitir pitidos agudos y desbocados.
—¿Bebé? ¡No, no, no! —grité en un murmullo sofocado, intentando incorporarme.
Un tirón punzante en las costillas y una punzada ardiente en el bajo vientre me obligaron a replegarme sobre la almohada.
—Nyssa. Tranquila, mi amor, mírame. Estoy aquí.
Una mano grande y caliente envolvió la mía, giré la cabeza con torpeza. Kian estaba sentado a un costado de la cama, tenía el rostro demacrado, surcado por ojeras profundas que le oscurecían la cuenca de los ojos. Llevaba el torso envuelto en vendajes compresivos que se entreveían por la solapa de una bata oscura, y el hombro izquierdo descansaba sujeto por una inmovilización médica. Sin embargo, su mirada oscura estaba fija en mí.
—Kian... El bebé, Kian, no siento nada, no se mueve. ¡Por favor, dime qué pasó!
—Oye, oye... mírame —se erguió sobre la silla, ignorando la rigidez de su propio cuerpo herido, y apoyó su mano sana sobre mi mejilla, obligándome a fijar los ojos en los suyos—. Respira conmigo, princesa. El bebé está bien, sigue aquí con nosotros.
La paranoia de haber estado al borde de perderlo todo me impedía procesarlas con claridad.
—¡Me mientes! ¡Lo dices para que no me altere! —hipé, tratando de retirar la mano para tocarme el vientre de nuevo, buscando alguna señal, cualquier cosa que me confirmara que mi hijo no se había ahogado en la sangre y el frío de esa celda—. Sentí un tirón muy fuerte antes de caer al césped.
—Te lo juro por mi vida, Nyssa. No te mentiría con esto, nuestro hijo está vivo. Tuviste una amenaza severa de parto prematuro, pero los médicos lograron detener las contracciones.
Me quedé inmóvil sobre la cama, mirando su rostro, la forma en que su pulgar acariciaba mi pómulo limpio, empezó a disipar la bruma de terror que me aplastaba la cabeza.
Dejé caer la nuca contra la almohada, soltando un sollozo largo y entrecortado que me liberó de una parte del peso del aire.
—¿De verdad...? —susurré, cerrando los ojos mientras las lágrimas se deslizaban hacia mis orejas.
—De verdad —repitió él, inclinándose para presionar sus labios firmes en mi frente durante varios segundos largos, dejando que su aliento cálido me regresara a la realidad—. Está resistiendo. Es un luchador, igual que su mamá.
Se produjo un silencio pesado en la estancia, interrumpido únicamente por mi respiración entrecortada y el goteo constante de la solución salina. Kian no soltó mi mano ni un solo segundo.
Un suave golpe en la puerta nos hizo desviar la mirada.
Kian se recompuso levemente, aunque no se alejó de mi lado. La puerta se abrió para dar paso a una mujer de mediana edad, de postura recta, cabello recogido en un moño pulcro y bata médica blanca. Traía una carpeta metálica bajo el brazo y una expresión profesional que combinaba la serenidad con una evidente gravedad.
—Buenos días, Sra. Harrington. Soy la jefa del equipo médico de la residencia. Es un alivio ver que ha recobrado el conocimiento.
Tragué saliva, sintiendo la garganta áspera y seca. Kian acercó un vaso de agua con una pajilla a mis labios, permitiéndome sorber un par de gotas para aliviar el ardor antes de que la doctora hablara.
La mujer ajustó sus anteojos y abrió la carpeta, observando las lecturas del monitor antes de mirarnos a ambos.
—Seré completamente transparente con ustedes, el estado en el que ingresó a esta unidad hace doce horas era sumamente crítico. La combinación de una privación prolongada de nutrientes y fluidos, sumada al cuadro previo de hiperémesis gravídica que ya padecía, provocó una deshidratación severa y un desequilibrio electrolítico peligroso tanto para usted como para el bebé.
La doctora hizo una pausa, revisando los gráficos de las imágenes diagnósticas.
—Sumado a eso, el estrés desencadenaron una dinámica uterina anómala. El cuadro que presentó al llegar fue un hematoma retroplacentario pequeño por desprendimiento parcial de placenta. El feto estuvo expuesto a una hipoxia transitoria, sufría dentro del vientre debido a la falta de irrigación adecuada y al frío prolongado que desaceleró su ritmo cardíaco a niveles alarmantes.
A medida que la doctora pronunciaba cada término médico, sentí que la mano de Kian a mi lado se apretaba más.
Los músculos de su brazo se tensaron tanto que las venas de su antebrazo sobresalieron bajo la piel. Giré la mirada hacia él, mantenía la vista fija en la doctora, pero las facciones de su rostro se habían petrificado en una máscara de rabia tan oscura que me heló la sangre.
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Editado: 22.09.2026