Bajo La Última Corona

Capitulo 37

NYSSA MORELLI

Si alguien me hubiera dicho hace un año que estaría parada en el centro de la avenida más prestigiosa de la ciudad, usando un vestido de maternidad de seda azul cielo que valía más que el sueldo anual de un alcalde, sintiéndome como un dirigible a punto de despegar, probablemente le habría lanzado un rodillo a la cabeza.

Pero aquí estaba. Nueve meses de gestación, nueve meses exactos.

Me miré discretamente en el reflejo de uno de los grandes ventanales de cristal templado de la entrada.

Vale, hay que ser honestas: mi cara seguía intacta, con la piel brillante y los pómulos marcados de los que siempre me he sentido orgullosa. Pero de la cintura para abajo... Santo cielo.

Mi vientre era una esfera gigantesca, perfecta y pesada que me hacía caminar con una elegancia que rozaba la de un pingüino aristócrata. Sentía que en cualquier momento, si estornudaba con demasiada fuerza, este bebé simplemente saldría disparado como un proyectil de cañón.

—Te estás mirando como si estuvieras planeando cobrarle alquiler al bebé por ocupar tanto espacio —la voz baja y profundamente rasposa de Kian resonó justo detrás de mi oreja.

Antes de que pudiera girarme y soltarle una de mis frases habituales, unos brazos fuertes me rodearon con delicadeza. Kian pegó su pecho a mi espalda. Llevaba un traje hecho a medida de tres piezas en color gris marengo, sin corbata, con los dos primeros botones de la camisa desabrochados.

Olía a su perfume de madera de cedro y a ese aroma a café recién molido que siempre lo acompañaba.

Mi esposo no solo era el CEO de la corporación más temida del continente, sino que lucía indecentemente guapo. La cicatriz ligera de su hombro herido ni siquiera se notaba bajo el corte del saco, y su postura erguida trasmitía ese aura de «puedo comprar tu empresa y destruirla antes del almuerzo» que hacía que los ejecutivos temblaran en sus mocasines.

Sin embargo, ahí estaba el tipo más despiadado del mundo corporativo, encorvándose con cuidado para apoyar su barbilla en mi hombro y deslizar su mano grande y tibia sobre la inmensa curva de mi barriga.

—Estoy pensando en que si sigue creciendo a este ritmo, voy a tener que usar un remolque para ir al baño —murmuré, echando la cabeza hacia atrás sobre su hombro—. Y la culpa es tuya, Harrington. Tú y tus genes.

Dejó escapar una risa baja que retumbó contra mi espalda. Inclinó el rostro y presionó un beso tierno en la base de mi cuello.

—Tus análisis dicen que el bebé tiene un tamaño perfecto, princesa. Aunque si quieres demandarme por daños y perjuicios morfológicos, mi equipo legal está a tu entera disposición... aunque sospecho que van a fallar a mi favor.

—Cállate y pásame una tartaleta de frambuesa si no quieres que te muerda la mano —amenacé, aunque una sonrisa boba se me dibujó en los labios.

La puerta de cristal de la pastelería se abrió de par en par, dejando salir un vapor dulce, aroma a mantequilla horneada, chocolate belga y levadura fresca.

«Harrelli Artesanal»

Claro, yo elegí el nombre.

El letrero en letras doradas sobre madera brillaba en la fachada. El local era sencillamente espectacular. Diseñado por los mejores arquitectos del país, por supuesto, financiados sin pestañear por el bolsillo de mi esposo... el lugar combinaba la calidez de una panadería artesanal clásica con el lujo moderno de los ventanales de piso a techo, mesas de mármol blanco, plantas colgantes y una cocina de exhibición con tecnología de punta.

Hoy era la gran inauguración. Pero más allá de la vitrina llena de baguettes, croissant de hojaldre y pasteles de alta repostería, el verdadero corazón del lugar estaba en la parte trasera. En el ala oeste del edificio funcionaba la sede de la fundación. Un espacio equipado con aulas de capacitación donde ya habíamos inscrito a la primera cohorte de veinte mujeres sobrevivientes de violencia y jóvenes. Ellas no solo estaban aprendiendo el oficio de la panadería y la administración conmigo y con el equipo, sino que recibían un sueldo digno desde el primer día y apoyo psicológico completo.

—Nyssa, mi amor, por favor deja de estar de pie tanto tiempo que me vas a matar de un infarto —dijo mi madre, saliendo a la terraza con una bandeja de delantales bordados.

Mis padres andaban por ahí, vestidos impecables, sonrientes y con esa paz en el rostro que me llenaba el alma. Después de años de partirse la espalda trabajando dieciséis horas diarias para mantener la panadería, Kian se había encargado personalmente de reestructurar sus deudas y asegurar sus finanzas. Ahora mis padres no trabajaban por desesperación ni por pagar cuentas atrasadas, se dedicaban a supervisar las recetas familiares, a enseñar a las chicas de la fundación y a disfrutar de la vida sin el estrés persiguiéndolos.

—Mamá, estoy embarazada, no hecha de cristal —protesté, acomodándome el vestido—. Además, si me quedo sentada demasiado tiempo, el bebé se acomoda sobre mi vejiga y tendré que ir al baño por trigésima vez en la mañana.

—Estará bien, yo me encargaré de cargarte hasta el baño si es necesario—intervino la voz alta de Aurora, quien venía cruzando la calle a paso firme, escoltada por dos guardaespaldas de la firma Harrington que parecían armarios de tres cuerpos.

Llevaba un traje de pantalón y chaqueta en tono marfil, tacones altos.

—Hola a todos —saludó Aurora, plantándome un beso en la mejilla antes de dirigirle una mirada fulminante a Kian—. Harrington, tus ancianos del Consejo de Zarien están dementes. Uno de ellos me llamó a las seis de la mañana a preguntarme si podíamos autorizar la compra de un nuevo carruaje ceremonial. Les dije que si querían carruaje nuevo, tenían que recortar el presupuesto de sus banquetes de fin de año. Casi les da un derrame cerebral.

Kian ni siquiera pestañeo. Sacó un pañuelo de su bolsillo y me limpió con extrema delicadeza una miga invisible de la mejilla antes de mirar a Aurora.




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