NYSSA MORELLI
Tres años después...
No creí que el invierno en Zarien terminaría gustándome. Pero ahí estaba, envuelta en mi abrigo camel de lana ajustado a la cintura, con mi cabello rubio peinado en ondas suaves sostenido por un broche dorado en la parte trasera, caminando por el mercadillo navideño del reino como si fuera la dueña del lugar. Bueno, técnicamente mi esposo financiaba la mitad de los puestos, así que un poquito sí lo era.
El aire helado de la tarde olía a pino fresco, canela, manzana asada y ponche. Las luces cálidas colgaban de puesto en puesto, iluminando la nieve bajo los pies de cientos de personas que abarrotaban la plaza principal.
A mi lado, dando saltitos torpes y aplaudiendo con unas manoplas peludas que parecían dos patas de oso blanco, iba uno de mis mayores logros en la vida: Astrid.
Mi hija de tres años era una fuerza de la naturaleza. Estaba vestida para el frío como una auténtica bolita de nieve: llevaba un abrigo blanco afelpado súper esponjoso con botones de madera, pantalones de lana crema, botas cafés y unas orejeras de peluche blanco gigante sobre su cabeza.
Su cabello rubio dorado, idéntico al mío, estaba recogido en dos moñitos diminutos a cada lado que se sacudían con cada salto que daba. Pero cuando abría sus ojos gris tenía la mirada de Kian.
Una combinación peligrosa. Básicamente, una dictadora en miniatura con dos moños.
—¡Mami, mira! ¡Eté, eté! —gritó Astrid con su vocecita aguda, señalando con emoción desbordante un puesto de peluches gigantes donde un oso polar con bufanda roja parecía mirarla fijamente.
—Es un oso, pequeña —me reí, agachándome un poco para acomodarle la orejera que se le estaba deslizando hacia la ceja—. Y ya llevamos tres en el castillo. Como le llevemos uno más a tu abuelo Benjamín, va a tener que desalojar su despacho para guardarlos.
—¡Podar! —exigió ella, plantando los piecitos en la nieve y cruzándose de brazos con una terquedad que me resultaba aterradoramente familiar—. ¡Oso podar, mami!
—No me pongas esa cara que le aprendiste a tu padre, Astrid —la regañé, sacándole una brocheta de fresas bañadas en chocolate caliente que traía en la mano izquierda—. Toma, come una fresa y camina.
La dictadora no lo pensó dos veces. Le dio una mordida gigante a la fresa, manchándose la comisura de los labios con chocolate oscuro mientras soltaba un gruñidito de satisfacción pura.
Paseamos entre los puestos de juguetes de madera y adornos de cristal. Astrid iba masticando feliz, entretenida mirando los títeres y los copos de nieve que caían despacio sobre la plaza. Nos abrimos paso entre la gente hasta llegar a la zona principal de las oficinas administrativas del evento, donde vi una figura coordinando a los guardias con un walkie-talkie en la mano.
Aurora. La Gran Administradora de Zarien se veía ridículamente profesional. Manejaba a los lores del Consejo con una mano de hierro y una sonrisa astuta que dejaba a los viejos temblando cada vez que aprobaba los balances trimestrales.
—Si no ponen la valla de seguridad en el escenario de las esculturas de hielo antes de las cuatro, les voy a descontar el bono de Navidad a todos —estaba diciendo Aurora por el radio cuando me acerqué.
—Vaya, qué miedo. La tirana de la dinastía en su hábitat natural —solté a modo de saludo.
Aurora cortó la transmisión, rodó los ojos con una sonrisa pícara y guardó el radio en su abrigo antes de mirarnos.
—Por favor, Nyssa, alguien tiene que mantener el orden aquí mientras tu esposo juega a ser el héroe de la ciudad —suspiró Aurora, agachándose de inmediato para ponerse a la altura de la pequeña—. ¡Hola, mi reina hermosa! ¿Cómo está la dueña absoluta de Zarien?
—¡Tía Aulora! —chillo Astrid, dando un salto en su sitio. Intentó decir algo más pero se le trabó la lengua en el proceso—. ¡Comí fese... fese con chocate! ¡Mira!
—Veo que te dejaste la mitad del chocolate en los mofletes —se rió Aurora, limpiándole suavemente la mejilla con la punta de su guante.
—Oye, Aurora, ¿has visto a Kian? —pregunté, mirando por encima de la multitud de la feria—. Se supone que nos alcanzaría en la plaza hace veinte minutos, pero dijo que iba a averiguar por qué no habían iniciado con la función del teatro de Santa Claus y su lista para los niños, y desapareció. No ha regresado.
—Ah, sí... Kian fue a "resolver" el problema personalmente. Te sugiero que vayas al escenario principal del teatro de títeres. Creo que te va a encantar la solución corporativa que le dio al asunto.
Fruncí el ceño, mirándola con sospecha.
—¿Qué hizo ahora? No me digas que compró la compañía de teatro o que amenazó al actor de Santa Claus con demandarlo si no actuaba a tiempo.
—Ve a verlo tú misma —dijo Aurora con guiño complaciente—. Por cierto, los balances de la fundación de la pastelería en la ciudad cerraron con un incremento del cuarenta por ciento en empleos para este año. Te firmé la aprobación de la nueva sede esta mañana.
—¡Eres la mejor! —exclamé, dándole un abrazo rápido.
En ese momento, Astrid tiró de mi abrigo con insistencia, poniendo sus manitas cubiertas por las manoplas en el aire.
—¡Mami! —pidió con su vocecita dulce, estirando los brazos—. ¡Caga, porfa! ¡Pies de hielo!
—Ah, claro, porque la reina tiene los pies de hielo y la sirvienta tiene que llevarla en bandeja de plata —murmuré rodando los ojos, aunque me incliné de inmediato para levantarla.
Acomodé a Astrid sobre mi cadera. Su abrigo blanco esponjoso chocó contra mi abrigo camel, y ella apoyó su cabeza sobre mi hombro, soltando un suspiro de cansancio mientras me rodeaba el cuello con sus brazos diminutos. Olía a chocolate, a nieve y a ese perfume de bebé que me derretía el corazón.
Caminé con mi pequeña en brazos hacia el gran anfiteatro de madera decorado con guirnaldas y luces doradas, donde una multitud de niños y padres estaban sentados en las gradas de nieve, aplaudiendo y riendo a carcajadas.
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Editado: 22.09.2026