Bajo las espinas

Imposible

Una tarde fría, Alex estaba de visita en la casa de Evelyne. Como siempre, nadie le negó la entrada. Llevaba tantos años apareciendo en aquella mansión que los sirvientes ya lo consideraban parte de ella.

Evelyne se encontraba sentada frente a la chimenea. El fuego crepitaba suavemente mientras ella sostenía un libro entre las manos, completamente absorta en la lectura.

—¿Te gusta ese libro? —preguntó Alex desde la puerta.

Ella levantó la vista y sonrió.

—Sí, mucho.

—Ven aquí.

—Ya estoy aquí.

—Entonces tendré que acercarme yo.

Alex caminó hasta donde estaba. Se sentó a su lado y pasó un brazo alrededor de su cintura, atrayéndola contra él. Luego tomó una manta que descansaba sobre un sillón cercano y los cubrió a ambos.

Evelyne se acomodó con naturalidad y apoyó la cabeza sobre su pecho. El sonido tranquilo de los latidos de Alex siempre conseguía relajarla.

—¿Y de qué trata? —preguntó él.

—Habla sobre la vanidad de los deseos humanos. Sobre cómo las personas persiguen cosas creyendo que eso las hará felices, pero terminan perdiendo aquello que realmente importa.

—Creo que lo he leído.

Evelyne alzó la cabeza.

—¿En serio?

—Sí.

Alex apoyó el mentón sobre la cabeza de la joven mientras observaba las llamas de la chimenea.

Durante unos segundos permanecieron en silencio.

Evelyne tomó una de sus manos entre las suyas y comenzó a examinarla distraídamente.

—Tus manos me gustan mucho.

Alex soltó una pequeña risa.

—¿Y eso a qué viene?

—No lo sé. Simplemente me gustan. Se ven bonitas.

—¿Bonitas?

—Sí. Además son manos de pianista.

Los dedos de Evelyne recorrieron las articulaciones de su mano mientras hablaba.

—Siempre me han gustado.

Alex la observó unos segundos en silencio. Después, con la mano libre, levantó suavemente su mentón y la besó.

Fue un beso breve, pero lleno de cariño.

Cuando se separó, permaneció mirándola fijamente.

—¿También te gustan las manos de Liam?

Evelyne parpadeó confundida.

—¿Qué?

—Las manos de Liam.

—No.

—¿No?

—Claro que no.

Alex volvió a besarla antes de que pudiera seguir protestando.

—Tú eres el único para mí.

Alex la observó en silencio. Al escuchar aquellas palabras, algo brilló en su mirada. Una emoción tan intensa que Evelyne no supo cómo interpretarla. Pero desapareció en cuanto volvió a verla sonreír.

—Eso está mejor —murmuró.

—Estás siendo ridículo.

—Y tú sigues hablando demasiado de otros hombres.

—Solo hablé con Liam una vez.

—Fueron dos.

—¿Las estabas contando?

—Por supuesto que las estaba contando.

—Al...

—¿Qué? Me gusta saber quién intenta llamar tu atención.

Ella soltó una risa y bajó la mirada nuevamente hacia sus manos.

Entonces se detuvo.

Entre sus dedos distinguió una herida reciente sobre los nudillos de Alex.

Frunció el ceño de inmediato.

—Alex —dijo en un tono severo.

—¿Sí?

—¿Qué te pasó aquí?

Evelyne levantó su mano para que él pudiera ver la herida en sus nudillos.

Alex observó el raspón apenas un segundo antes de restarle importancia,no parecía una herida grave, pero tampoco algo que hubiera ocurrido por accidente al tocar el piano.

—No es nada.

—Eso no parece nada.

—Solo me golpeé.

—¿Dónde?

Alex no respondió enseguida.

Evelyne levantó la mirada y encontró una sonrisa tranquila en su rostro.

Demasiado tranquila.

—Alex...

—No te preocupes por eso.

—Me preocupó. No me gusta que te lastimes.

Alex la observó durante unos segundos sin responder. La preocupación en la voz de Evelyne era tan sincera que, por un momento, se olvidó incluso de la herida.

Evelyne suspiró y tomó una pequeña campana de plata que descansaba sobre una mesa cercana. La hizo sonar una vez.

No pasó mucho tiempo antes de que Nora apareciera en la habitación.

—¿Desea algo, señorita?

—Nora, ¿podrías traer alcohol y algo para curar la herida de Alex?

—Claro, señorita.

La sirvienta hizo una pequeña reverencia antes de retirarse.

Cuando la puerta se cerró, Alex apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá y sonrió.

—Vaya. Si así me cuidas cuando todavía no nos hemos comprometido, no quiero imaginar cómo será cuando ya seas mi esposa.

Evelyne sintió que el calor le subía hasta las orejas.

—¡Cállate!

—¿Por qué? Es una posibilidad bastante real.

—Alex...

—¿Sí?

—No sigas.

Él soltó una pequeña risa divertida.

—Cada vez que menciono eso te sonrojas.

—Porque dices tonterías.

—Yo no lo llamaría tonterías.

Por suerte para ella, Nora regresó antes de que pudiera seguir insistiendo.

—Aquí tiene, señorita.

—Gracias, Nora. Puedes retirarte.

—Como desee.

La puerta volvió a cerrarse y la habitación quedó sumida en una tranquilidad agradable. El fuego crepitaba en la chimenea mientras el viento golpeaba suavemente las ventanas.

Evelyne tomó el algodón y lo humedeció con alcohol.

—Esto podría arder un poco.

Alex extendió la mano sin oponer resistencia.

—No me importa.

—Eso dices ahora.

—Si eres tú quien lo hace, no dolerá.

Evelyne levantó la vista para mirarlo.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Para mí sí.

—¿Qué pasa? —preguntó finalmente Evelyne al notar que Alex no apartaba la mirada.

—Nada.

—Entonces deja de mirarme así.

—Porque me gustas.

Evelyne estuvo a punto de dejar caer el algodón.

—Alex.

—¿Sí?

—Hablo en serio.

—Yo también.

El calor subió de inmediato a sus mejillas. Para ocultarlo, bajó la vista y continuó limpiando la herida con más atención de la necesaria.

—Solo estoy curando tu mano.

—Lo sé.

—Entonces deja de distraerme.



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En el texto hay: romance, trageida, lovers to enemies

Editado: 22.06.2026

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