Bajo las estrellas

Sarain: El precio del amor

—Aún no comprendo por qué estás aquí —soltó con clara sospecha Mauricio.

No me sorprendía. De las pocas veces que hablé con él, siempre me pareció un hombre en constante estado de alerta, atento a cada detalle de forma casi minuciosa. Me disgustan ese tipo de personas… quizá porque se parecen demasiado a mí.

—¿Qué te parece tan extraño? Estamos hablando de mi hermano… —dije, antes de ser interrumpido por una risa sarcástica de su parte.

—¿En serio, Sarain? ¿Esperas que te crea que haces esto por él? —cruzó los brazos sobre su pecho y se acercó a mí hasta que sentí su aliento rozar mi rostro.

—Me importa un carajo lo que pienses. Magnus es mi hermano, me importa lo que pase con él y con Aurora.

—Ahí está… Aurora —volvió a interrumpirme Mauricio. Qué tipo tan maleducado—. Esto es por ella, a mí no me engañas.

—¿Qué insinúas? Ella es mi mejor amiga. Por supuesto que me preocupa, pero nada más que eso.

—No insinúo nada, solo digo lo que veo. Tú no la ves solo como una amiga. —Se giró sobre sus talones, pero un segundo después volvió hacia mí y me acorraló contra mi auto—. Te gusta, ¿cierto?

Tragué saliva, tenso. ¿Qué le pasaba? ¿Quién se creía para hablarme así?

—Si es así, ¿qué más te da a ti? Uno no controla lo que siente, ¿sabes? Y no… no solo me gusta. La amo. Y la amo demasiado. Pero Magnus me la quitó, me la ganó. Aun así, estoy dispuesto a renunciar a ella si él es capaz de hacer siquiera la mitad de lo que yo haría por verla sonreír —escupí, con la rabia ardiéndome en la garganta.

—Magnus no hará eso, ¿sabes por qué? —replicó con desprecio—. Porque no es una escoria como tú, capaz de cualquier canallada con tal de salirse con la suya.

—No dije que yo no fuera una basura —respondí, bajando la voz, pero sin ceder—. Dije que solo me rendiría ante alguien verdaderamente digno de su amor.

Nos sostuvimos la mirada apenas unos segundos antes de que mis ojos la encontraran a ella. Aurora avanzaba rápido hacia la salida, con la cabeza gacha, como siempre que quería esconder el brillo de sus lágrimas. Ya había sucedido.

—¿Ves? Le ha roto el corazón —murmuré al oído de Mauricio antes de empujarlo y echar a correr hacia ella, que ya estaba siendo abrumada por las excusas vacías de aquel idiota que juraba amarla.

—¿Sabes que eres un cobarde? ¿verdad? —me gritó Mauricio, obligándome a detenerme.

—No —respondí, girándome—. No lo soy. No le dije nada de lo que sentía por miedo a herirla. Tal vez fui un imbécil por permitir que alguien más lo hiciera, pero no un cobarde. Al final, solo soy un hombre desesperadamente enamorado.

Vi cómo la furia le tensaba el rostro.

—Qué poético, Sarain —escupió—. Pero eso no te quita lo despreciable. Eres un buitre al acecho, esperando el momento perfecto para arrancarle todo a Magnus.

Lo entendí entonces. Ahora mi querido hermanito tenía un perro guardián. Como si el no fuera suficiente problema.

—Si ese fuera el caso —respondí, sin mirarlo—, él lo hizo primero.

Seguí mi camino hacia Aurora.

—Déjala en paz — grite y rodeé sus hombros con un brazo—. Ve al auto. Ahora.

—Esto no es asunto tuyo —rugió Magnus, sujetándome del brazo.

—¡Claro que lo es! —estallé—. Desde el momento en que te atreviste a lastimarla. Le juras amor y no te importa verla romperse. No te duele llenar sus ojos de lágrimas ni quebrarle la voz —lo empujé; Magnus parecía atrapado en un trance de rabia y culpa—.

—¡Basta! —Mauricio se interpuso entre nosotros—. Deja de gritarle, ¿no ves que lo estás hiriendo?

—¿Y el daño que él le hizo a ella qué? —grité—. ¿Eso no cuenta? Te lo advertí, Magnus. Ella no era como las demás, y aun así decidiste destruirla. Eres patético.

No esperé respuesta. Me di la vuelta y subí al coche, arrancando sin mirar atrás. Aurora no dijo nada. Ese silencio suyo era el peor castigo: significaba que se estaba desmoronando por dentro, ahogándose sin pedir auxilio. La llevé hasta mi casa y le preparé un té de valeriana, buscando devolverle un poco de la calidez que el acababa de arrebatarle, dejando su rostro frío y ausente.

Qué extraño era verla así. Ver cómo alguien que siempre parecía llena de luz se quebraba de ese modo: temblando, sollozando en silencio, con el espíritu ahogándose mientras una taza de té se convertía en su único refugio. Y por eso no pude evitar odiar aún más a Magnus.

—¿Por qué? —preguntó, con los ojos fijos en el líquido humeante.

—¿Qué cosa? —respondí, sentándome a su lado.

—¿Por qué lo hizo? —murmuró, con la voz rota por la amargura—. ¿No fui lo suficientemente buena para él?

Apoyó la cabeza en mi hombro y me mostró un rostro dolorido, empapado de tristeza. ¿Qué podía decirle? Yo tampoco lo entendía. No tenía las respuestas que ella necesitaba, solo la certeza de su dolor.

—No lo sé, Aurora —admití—. No lo sé de verdad. Pero hay algo que sí sé: tú no hiciste nada malo.

Ella se acercó y me abrazó, derrumbándose en mis brazos. No fue un gesto dramático, sino uno cansado, como si ya no tuviera fuerzas para sostenerse sola. Entendí entonces que, una vez más, yo era su lugar seguro.

—Gracias por estar aquí —susurró, hundiéndose un poco más en mi pecho.

Verla así me dejó un frío pesado en el alma.

—Te quiero… Sarain —dijo entre sollozos, sin mirarme—. Te quiero tanto.

No supe qué responder. Solo la abracé con más fuerza. Y, por un instante, pensé que tal vez —solo tal vez— yo podría convertirme en alguien aún más importante para ella. Y que ella, sin darme cuenta, ya se estaba volviendo todo lo que me importaba en este mundo.

Al poco rato se quedó dormida. La llevé con cuidado hasta mi habitación, la acomodé en la cama y la cubrí con una manta para que no pasara frío. Cerré la puerta despacio, como si cualquier ruido pudiera romper la calma que tanto le había costado encontrar.

Entonces mi teléfono vibró en el bolsillo.

Estoy abajo. Sal. Hace frío.



#7561 en Novela romántica

En el texto hay: boxeo, medicina, sentimental

Editado: 04.01.2026

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