Bajo las estrellas

Sarain: El plan perfecto

Pasaron los días con ella envueltos en el silencio. Aurora se desplazaba por el departamento como una sombra errante, apagada, sin la menor intención de volver a bromear. Me acostumbré a seguirla con la mirada, a registrar cada movimiento suyo. No era vigilancia; era cuidado. Cada paso. Cada respiración.

Su risa me hacía falta… y verla quebrada por alguien que no supo valorarla me dolía más con cada hora que pasaba.

Aunque aún buscaba refugio en mis brazos, esos abrazos ya no me ofrecían consuelo cuando su cuerpo temblaba y la humedad de su pena se quedaba en mi cuello. No eran lágrimas mías; si lo hubieran sido, habrían nacido de la felicidad y no de la tristeza.

Cuánto peso cargaba mi pequeña princesita por haber amado a quien no debía.

Y no, yo no era el cruel.
No era el origen de su herida.
Yo era quien permanecía.

El responsable tenía nombre. Siempre el mismo.
Magnus.

Ella aún lo guardaba en algún rincón del alma, protegiéndolo. Lo sabía porque su voz lo traicionaba incluso dormida, pronunciando su nombre como si todavía le perteneciera… como si no entendiera que ya no era así. Aquello me ardía por dentro. Pero no sería por mucho tiempo.

No permitiría que siguiera atada a quien la había destruido.
Yo la amo, y eso bastaba para intervenir.

—Aurora, tienes que comer algo —le dije, acercándome con el plato de panqueques, obligándome a mantener la voz suave.

En los últimos días apenas se alimentaba. En la universidad solo probaba pequeños bocados, como si castigarse fuera más sencillo que sanar. Al regresar, el llanto ocupaba el lugar de la comida.

Yo lo veía todo. Y entendía algo con absoluta claridad: si ella no sabía cuidarse, alguien tenía que hacerlo por ella.
Y ese alguien era yo.
Porque yo la amo.

—No tengo hambre —murmuró, con la mirada perdida en la televisión. Su expresión delataba que no estaba viendo nada.

—Por favor, hazlo por mí, ¿sí? —pedí.

Suspiró. Luego me dedicó una sonrisa breve, frágil, como un maquillaje mal aplicado para ocultar el sufrimiento. Tomó el plato de mis manos y comenzó a comer despacio.

—Volvió a buscarme —dijo, sin necesidad de explicarme a quién se refería.

—¿En la universidad? —pregunté, manteniendo la calma. No era posible; yo me encargaba de mantenerlo a raya cuando la esperaba en la entrada. Conformarse con verla de lejos era todo lo que le permitía. En el fondo, estaba seguro de que él sabía que había arruinado todo.

—No… volvió a llamarme —respondió, con la vista fija en el plato—. Lo bloqueé en todas partes, como me dijiste, pero siempre consigue contactarme…

Alzó el rostro. Sus mejillas estaban encendidas, los cachetes hinchados por la comida, y sus ojos comenzaban a llenarse de agua salada.

—¿Por qué me tortura así?

No respondí de inmediato.
Lo comprendí entonces: su angustia no desaparecería por sí sola.
Alguien tenía que poner un límite.
Y si para protegerla debía hacerlo yo… entonces lo haría. Ya estaba decidido.

Después de unos cuantos minutos, a eso de las 12:30 a. m., Aurora por fin se quedó dormida. Su respiración constante marcó el inicio de lo inevitable. La calma que la envolvía no me provocó nada; era solo una señal clara de que el tiempo había llegado. Todo estaba en su lugar.

Era el momento de actuar, de resolver aquel cabo suelto que no dejaba de causarle dolor a mi princesita. El efecto que había previsto estaba funcionando perfectamente en ella. No habría interrupciones.

Cerré la puerta de la habitación con precisión, sin apresurarme. Cada movimiento tenía un propósito, y para que este se cumpliera debía conservar la calma. En la sala, el plástico sobre la alfombra seguía exactamente donde lo había dejado, cubriendo el suelo bajo la mesa de centro: discreto, funcional. Nada fuera de lugar.

Tomé el teléfono y marqué sin vacilar.

—¿Hola…? —respondió desde el otro lado.

—Ven. Ella quiere hablar contigo. En mi casa. En quince minutos —dije, con un tono firme, definitivo. No era una invitación.

—Tu casa está a veinte minutos de la mía —replicó.

—¿Le digo eso a ella? —respondí, midiendo cada palabra, sabiendo exactamente dónde tocar y dañar su absurdo orgullo.

Hubo una pausa mínima.

—Estaré ahí en diez.

Bingo.
El pez había mordido el anzuelo; ahora solo quedaba esperar. Y mientras lo hacía, me comería un pequeño emparedado, me dije, tomando todo lo necesario de la cocina para llevarlo a la sala.

—Ven, Magnus —murmuré al dejarme caer en el sofá. Llevé el pan con mantequilla de maní a mis labios y arrojé el cuchillo a la mesa—. Ven… y deja de ser una molestia.

A las 12:42 a. m., el timbre sonó. Había llegado. Me lamí los dedos antes de caminar hacia la puerta y abrirla.

—Llegaste… —murmuré.

No saludó. No me miró. Simplemente entró, haciéndome completamente a un lado.

—¿Dónde está? —preguntó sin más.

—Está dormida. ¿Qué esperabas? Ya es más de medianoche —contesté mientras cerraba la puerta.

—¿A qué te refieres? Deja de jugar. Dijiste que ella quería hablar conmigo —dijo, girándose hacia mí.

—Bueno… quizá mentí —respondí, haciendo un pequeño ruido con los dientes y sonriéndole—. Pero calma, no viniste en vano. Yo sí quiero charlar un poco.

Aclaré en cuanto vi surgir su enojo a través de su ceño fruncido.

—Y no vas a ver a Aurora —añadí—. Te repito que está dormida. Le di un par de somníferos.

—¡¿Qué hiciste, Sarain?! —gritó, casi histérico.

—Lo que oíste. Le puse un par de somníferos en el café —contesté con calma.

Noté la confusión cruzar su rostro antes de que estallara casi a gritos:

—Bien. ¿Quieres hablar? Hablemos.

Ah… qué fastidio. Mi hermanito no dejaba de ser un escandaloso, pero ¿qué se podía esperar considerando las amistades que tenía?

—Shh. Cállate y siéntate —señalé el sofá.

Y, extrañamente, obedeció.



#8258 en Novela romántica

En el texto hay: boxeo, medicina, sentimental

Editado: 29.01.2026

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