Corrí por los pasillos, soltando aún más lágrimas de las que ya había derramado.
¿Por qué estaba pasando esto?
¿Qué ganaban ellos lastimándome así?
¿Por qué estaba siendo tan infeliz?
¿De verdad me lo merecía?
No lo sabía… y tampoco podía hacer nada.
Cuando por fin salí, un abrazo cálido y conocido me envolvió. Era Magnus.
No dije nada. Él tampoco.
El silencio fue su disculpa… y yo simplemente la acepté, sin cuestionarla.
Los días pasaron en una calma extraña. La convivencia ya no era la misma, pero la conexión, poco a poco, comenzó a reconstruirse. Pasé semana enteras sin hablar con Sarain. En mi mente, pensaba que se había aprovechado de la debilidad emocional de Magnus y de mi propio dolor para intentar obtener lo que quería, aunque nunca entendí del todo cuál era su verdadero objetivo.
También sabía que no era completamente culpable… aunque sí, en su mayoría.
Una mañana de sábado, mi teléfono vibró con una notificación. Era un mensaje suyo:
—Necesito hablar contigo, por favor. Te lo suplico. Una última vez. Hoy, en la universidad, a las 6:00 p. m., por los viejos tiempos.
Después de leerlo, comencé a debatirme internamente. Y cuando faltaba solo una hora para la cita, decidí ir. Aprovecharía que Magnus no estaba en casa.
Me alisté rápido, tomé mis llaves, salí de mi habitación y me dirigí a la entrada, cuando una voz me llamó desde la cocina.
—¿Vas a salir, linda? —preguntó.
Me giré y asentí.
—Sí, señora.
—Creí que hoy saldrían a cenar con mi hijo. Sé que las cosas no están bien entre ustedes últimamente.
Tragué saliva y llevé la mano a la nuca.
—Sí… algo así. No se preocupe, volveré pronto. Solo tengo que arreglar las cosas con un amigo.
Ella me sonrió con suavidad.
—Con cuidado.
Tomé un taxi y, en cuestión de minutos, llegué frente a la universidad. El campus estaba en completo silencio, vacío, con apenas unos rayos de sol iluminando el gran edificio… tan distinto al ajetreo que solía conocer de ese lugar.
Avancé unos cuantos pasos antes de distinguir una figura que ya me esperaba, con las manos en los bolsillos y una expresión cansada.
—Viniste… —susurró, como si no hubiera estado seguro de que yo aparecería.
—Vine…
—Me enteré de que solicitaste tu traslado, ¿es cierto? —preguntó con tranquilidad. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras oscuras que delataban noches en vela, haciéndome creer que quizá no había dormido ni un solo instante desde aquella noche.
—Sí. Comprenderás que, después de lo que pasó, es muy incómodo para mí…
No pude continuar. Sarain me rodeó con los brazos y hundió el rostro en mi cuello, como alguien que se aferra al último lugar seguro que conoce. Su cuerpo temblaba. Lloraba en silencio, como si incluso eso le avergonzara.
—No te vayas… —murmuró—. Llevo días sin dormir. Cada vez que cierro los ojos te veo llorando… sabiendo que fui yo el culpable. Te extraño incluso cuando estás aquí, tan cerca y a la vez tan lejos. No lo entiendes… te necesito.
Sus dedos se aferraron a mi espalda con una desesperación que me inmovilizó. No era un abrazo para retenerme, sino un ruego por no quedarse solo.
—Cuando mi madre murió, papá dejó de mirarme como antes… —confesó—. Luego llegaron Cecilia y Amanda. Ellas me trataron como a un hijo, me hicieron creer que aún podía pertenecer a alguien. Yo pensé que por fin tenía una familia…
Su voz se quebró.
—Hasta que Magnus llegó. Poco a poco me fue desplazando, como si yo estorbara. Y después… lo destruyó todo.
Respiró hondo, intentando recomponerse, pero ya no quedaba nada que arreglar.
—Desde entonces, nadie se quedó. Nadie me eligió. Nadie… hasta que llegaste tú.
Se separó apenas para mirarme. Sus ojos estaban rojos, suplicantes, llenos de un miedo infantil que no sabía ocultar.
—Si te vas ahora… me quedo solo otra vez. Por favor. No me abandones.
Entonces lo entendí.
Sarain no pedía perdón.
No intentaba justificarse.
Solo rogaba que, por una vez en su vida, alguien decidiera quedarse con él.
Yo no podía hacerlo…
pero pensar en irme empezó a sentirse como una traición imperdonable.
—Sarain, yo… yo no puedo. Lo que hiciste estuvo mal, muy mal —tragué saliva, apartándolo con cuidado—. Lo mejor es que nos mantengamos lo más lejos posible.
Me acerqué apenas y dejé un beso en su frente, como tantas veces lo había hecho él conmigo. Luego me di la vuelta y comencé a bajar los escalones.
—Sé feliz… —susurré.
—Aurora… tú eres mi felicidad —escuché a mi espalda.
No alcancé a girarme.
Un paño cubrió mi nariz y mi boca. El mundo se volvió inestable; mis piernas flaquearon y el suelo pareció alejarse. Intenté reaccionar, pero mis fuerzas me abandonaron demasiado rápido.
Antes de perder el control de mi cuerpo, sentí sus brazos rodeándome, sosteniéndome con desesperación, como si temiera que incluso inconsciente pudiera escaparme.