Bajo las luces de Miami

Prólogo

Sarah

Esta soy yo. Sí, la chica de los ojos castaños, la que siempre verás sonriendo, con sus auriculares puestos mientras la música se escapa por los bordes o inmersa en alguna historia de amor. La de estilo singular que lleva sus pequeños poemas a todas partes.

Para mí, tocar el cielo significa llegar a lo alto, a ese punto donde ya apenas queda oxígeno. Es el destino final después de haber superado cada obstáculo, miedo, inseguridad y problema que la vida puso en mi camino. Y aunque todos crean que soy fuerte y valiente —supongo que esa es la imagen que proyecto, la de alguien capaz de enfrentarse a todo—, cuando llega el momento de la verdad, me siento tan pequeña y vulnerable. En realidad, estoy llena de miedos, y no siempre sonrío porque quiera; a veces, uso mi maquillaje como una armadura para ocultar mi agotamiento y esos ojos ojerosos que delatan mis noches de insomnio. Intento proyectar la imagen de una chica feliz para evitar que nadie sienta lástima por mí.

Me agobio y me estreso con facilidad; sé que hay tantas cosas que debería cambiar o mejorar.

A veces, simplemente necesito alejarme del mundo. Me pongo los auriculares al máximo y sonrío a la nada mientras las canciones retumban en mis oídos. En esos momentos, el ruido de los coches y de la gente desaparece; me olvido de todo y me sumerjo en la melodía, como si estuviera protagonizando mi propio vídeo musical. De repente, nada importa y me siento feliz, aunque no sepa bien por qué. Me gusta sentarme junto a la ventana, cerrar los ojos y escuchar el repiqueteo de la lluvia. Me imagino bajo las gotas —aunque no me guste mojarme, ni el frío— porque, para mí, es como respirar sin presión. Sí, intento escapar de la realidad; me gusta creer que, al abrir los ojos, todo será distinto, o que quizás yo misma pueda hacer que lo sea.

Miro atrás y veo a una niña pequeña, tímida y muerta de miedo. Esa niña ha crecido y está aprendiendo a ser valiente. Todos nos tropezamos mil veces, pero la clave está en aprender a levantarnos mil y una más. Al fin y al cabo, la vida es una toma de decisiones constante, una lucha y un aprendizaje continuo sobre el coraje.

No siempre me siento fuerte; a veces, el miedo a no poder salir de mi propia prisión me empuja a querer rendirme. Pero miro la montaña que tengo delante y sé que debo enfrentarme a ella, seguir escalando, por más piedras que encuentre en el camino. Sé que, al llegar a la cima, no todo será perfecto, pero yo seré alguien diferente, alguien más resistente. Tendré el valor de lanzarme al vacío y, en lugar de caer, echaré a volar para luchar contra cualquier tormenta que se cruce en mi camino.

Sé que soy distinta, tal vez especial: una soñadora, torpe, imperfecta y sensible, a veces un poco loca. Sé que aún me queda mucho por vivir y que, dentro de mí, hay una pequeña princesa con muchas ganas de comerse el mundo. Sé que ha empezado a salir y que intentará no volver a encerrarse jamás.

Este es mi momento de cambiar, de transformar mi vida y darme una nueva oportunidad. Te contaré lo que fue el mejor verano de mi vida: con sus altos y sus bajos, sí, pero fue el lugar donde aprendí a decirle adiós a todos mis miedos e inseguridades. Fue el verano en el que, por fin, decidí ser feliz.




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