Sarah
Estoy en mi habitación al borde del colapso.
La ropa cubre el suelo, los cajones están vacíos sobre la cama y los cojines han terminado apilados en una esquina. Llevo más de una hora revolviendo cada rincón y la pulsera sigue sin aparecer.
La pulsera que me regaló mi madre.
La pulsera que me obligó a prometer que nunca perdería.
Y la pulsera que, si no encuentro, va a conseguir que me mate.
—No puede ser... —murmuro por enésima vez mientras me arrodillo junto a la mesilla.
Entonces escucho una risita.
Levanto la cabeza y encuentro a Lola apoyada en el marco de la puerta, observando el desastre con una expresión divertida.
—¿Qué haces aquí?
—Qué recibimiento tan cálido —responde, cruzándose de brazos—. Venía a hablar contigo. ¿Te encuentras bien?
—No. He perdido algo muy importante. ¿Puedes irte, por favor?
—Creo que no.
Saca el móvil del bolsillo y comienza a deslizar el dedo por la pantalla.
Frunzo el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que tal vez pueda ayudarte.
—¿Ayudarme?
—A encontrar tu pulsera.
Me incorporo de golpe.
—¿La has cogido tú?
—Relájate, muñequita.
Entra en la habitación sin pedir permiso y se deja caer sobre mi escritorio.
—No la tengo yo.
—Entonces deja de jugar conmigo y dime dónde está.
—Depende.
—¿De qué?
Una sonrisa peligrosa aparece en sus labios.
—De que tú me cuentes primero otra cosa.
La observo con desconfianza.
—Lola...
—Primero mi recompensa.
Me enseña la pantalla del móvil.
Y siento que el corazón deja de latirme.
Es una foto.
Yo.
Y Noah Walker.
Saliendo del pub la noche anterior.
Desde el ángulo en que está tomada parece que vamos abrazados.
Parece una cita.
Parece exactamente lo que no fue.
—Por favor... —susurro—. Dime que no se la has enseñado a nadie.
—Todavía no.
—Lola.
—Estoy esperando a ver quién ofrece más por la exclusiva.
La fulmino con la mirada.
Ella rompe a reír.
—Es broma.
—No tiene gracia.
—Quizá no. Pero si he tenido que mentir por ti toda la mañana, creo que me merezco una explicación.
Se acerca un poco más.
—¿Pasaste la noche con él?
El calor me sube hasta las orejas.
Termino sentándome en la cama.
—Sí... bueno... más o menos.
—Sarah.
—No pasó nada.
Lola arquea una ceja.
—Claro.
—Te lo juro.
Ella se acomoda a mi lado.
—Habla.
Suspiro.
—Estaba borracho. Muy borracho. Lo ayudé a volver a casa porque apenas podía mantenerse en pie.
—Qué romántico.
—Lola.
—Perdón.
—Solo... lo ayudé.
Dudo un instante.
—Y nos besamos.
—¡Ah!
—Solo eso.
—Claro.
—Y me quedé dormida en su sofá.
Me tapo la cara con las manos.
—Soy idiota.
Lola se echa a reír.
—¿Por qué te ríes?
—Porque si tu hermana descubre esto, tu funeral será precioso.
—Gracias por el apoyo.
—De nada.
Su sonrisa se suaviza ligeramente.
—Tranquila. No voy a contárselo.
La miro sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque odio a todo el mundo, Sarah. Pero tú empiezas a caerme bien.
Hace una pausa.
—Un poco.
No puedo evitar sonreír.
—Qué detalle.
—No te acostumbres.
Le lanzo un cojín.