Sarah
Por la noche estamos poniendo la mesa para cenar cuando escuchamos unos pasos bajando las escaleras.
Levanto la vista y veo a Lola cruzar el salón con la chaqueta puesta y las llaves en la mano.
—¿Adónde vas? —pregunta Jerry desde la cabecera de la mesa.
—A dar una vuelta.
Ni siquiera se detiene.
—No vas a irte a estas horas. Siéntate y cena con nosotros.
Lola suelta una risa amarga.
—Cenaré algo después.
Se dirige hacia la puerta.
—¡Lola! —la voz de Jerry retumba por toda la casa—. He dicho que te sientes.
Ella se gira lentamente.
—¿Perdona? Creo que no eres mi padre.
El silencio que sigue resulta incómodo.
Jerry aprieta la mandíbula.
—Pero mientras vivas bajo este techo soy quien se preocupa por ti.
—Yo no pedí venir aquí.
Y antes de que nadie pueda responderle, sale de la casa dando un portazo.
Jerry se levanta de golpe.
—Voy a buscarla.
—No.
Todos me miran.
—Yo iré.
Cojo una chaqueta y salgo antes de que puedan discutirlo.
Tardo bastante en encontrarla.
Recorro casi toda la playa hasta que la veo sentada al final del muelle, con las piernas recogidas contra el pecho y la mirada perdida en el mar oscuro.
Me acerco despacio.
—Hola.
Ni siquiera gira la cabeza.
—Márchate.
Su voz suena cansada más que enfadada.
—Tu tío está preocupado.
—Y a mí me apetece estar sola.
Por fin me mira.
Sus ojos son fríos, como si hubiera levantado un muro entre ella y el resto del mundo.
La entiendo demasiado bien.
—Está bien.
Para su sorpresa, me siento a su lado.
Ninguna dice nada.
Nos limitamos a observar las olas romper contra los pilares del muelle.
El viento mueve nuestros cabellos y el silencio acaba resultando extrañamente cómodo.
—¿Cómo puede tratarme así? —murmura finalmente—. Si soy una carga tan grande, podría enviarme con mis padres.
—No eres una carga.
—Claro que lo soy.
—No.
La miro.
—Tu tío te quiere.
Lola suelta una carcajada sin humor.
—¿Y esa es su manera de demostrarlo?
—A veces las personas quieren tanto a alguien que terminan haciéndolo mal.
Baja la mirada.
—Qué bonito suena eso.
—Es verdad.
Ella suspira.
—Vamos, Sarah. A ti también te obligaron a venir aquí.
No respondo enseguida.
Miro mis manos.
Porque tiene razón.
—Sí.
La palabra apenas es un susurro.
—Pero ahora entiendo por qué lo hicieron.
Lola me observa.
—¿Y por qué?
Trago saliva.
Hablar de mí nunca ha sido fácil.
—Porque estaba dejando que mi vida se me escapara.
Mi voz tiembla un poco.
—Me pasaba los días encerrada en mi habitación. No hablaba con nadie. No salía. No hacía nada.
El mar ruge delante de nosotras.
—Pensaba que era más fácil esconderme que enfrentarme a las cosas.
Lola no aparta los ojos de mí.
—Y me obligaron a venir porque yo sola nunca habría dado el paso.
Sonrío con tristeza.
—Tenía demasiado miedo.
Veo cómo su expresión se suaviza.
—Tu tío no quiere controlarte. Solo quiere que tengas algo que él nunca pudo darte.
—¿Y qué es eso?
—Un hogar.
Sus ojos se llenan de lágrimas.
—Que dejes de vivir saltando de un sitio a otro. Que tengas amigos. Personas que te quieran cerca. Que seas feliz.
Lola baja la cabeza.
Una lágrima resbala por su mejilla.
Después otra.
—Llevo un mes sin hablar con mis padres.