Bajo las luces de Miami

Capítulo 8

Sarah

Llevo dos horas dando vueltas en la cama, atrapada en un bucle mental. La imagen de Noah con Dafne en la fiesta regresa, clara y dolorosamente nítida. Ellos riendo, demasiado cerca, ella inclinándose hacia él con esa confianza que a mí me falta. Me incorporo de golpe, frustrada.

—Mierda… —susurro, mordiendo la almohada para ahogar el nudo que tengo en la garganta. No debería importarme, pero me quema.

Unos golpecitos suaves en el cristal de la ventana me sacan de mi tortura. Me quedo helada. ¿Estoy soñando? Vuelven a golpear, más insistentes. Al apartar la cortina, ahí está él. Un chico con capucha, apoyado en el marco, mirándome como si apareciera a las tres de la mañana en mi habitación fuera lo más natural del mundo.

Abro la ventana de golpe, el pulso acelerado.

—¿Qué haces aquí? —miro a ambos lados, aterrorizada por si alguien lo descubre—. ¡Noah, son las tres de la mañana! Tienes que irte.

—Baja —dice él, con una calma que me irrita y me fascina a partes iguales.

—Estás loco. Vete.

Él junta las manos, exagerando una súplica, y me mira con esa expresión de "gatito abandonado" que sabe que no puedo ignorar. Cierro los ojos, derrotada. Es injusto.

Cuando salgo de la casa, él está apoyado contra el coche, abriéndome la puerta con una caballerosidad que me hace sentir como si fuera la única persona en el mundo. El silencio durante los primeros minutos es espeso.

—¿Por qué te fuiste tan pronto? —pregunta de repente. Su voz ya no es la del chico juguetón, es seria, escrutadora.

—No me van las fiestas —respondo, jugueteando con las mangas de mi sudadera hasta que me duelen los dedos.

—Ya… —murmura—. A mí tampoco me pareció la mejor de todas. Había demasiada gente, demasiado ruido... y tú estabas demasiado lejos.

Lo miro.

Y entonces veo esa pequeña sonrisa que intenta esconder.

Y no puedo evitarlo.

Empiezo a reírme.

Primero suave.

Luego más fuerte.

Él me mira como si hubiera ganado algo.

—¿Qué?

—Nada… —intento parar de reír—. Es que…

Él también se ríe.

—¿Ves? No es tan difícil.

—¿El qué?

—Sonreír.

Me quedo mirándolo.

Y bajo la vista, todavía sonriendo.

—Llevabas todo el camino muy seria —añade—. Igual soy yo. Debería haber venido más arreglado. O traerte flores. ¿Te gustan las flores? Puedo conseguir flores. O...

—Noah.

Me mira.

—Está todo bien.

Sin pensarlo, apoyo mi mano sobre la suya para calmarlo.

El contacto nos sorprende a los dos.

Nuestros ojos se encuentran.

Y retiro la mano demasiado rápido.

El resto del trayecto lo hacemos en silencio.

Pero el aire ya no es el mismo.

Llegamos a una playa vacía.

El sonido del mar es lo único que rompe el silencio.

Noah abre el maletero y saca algo.

Una guitarra.

Lo miro confundida.

—Ven —dice simplemente.

No espera respuesta.

Solo camina.

Y yo le sigo.

Nos sentamos sobre unas rocas cercanas al agua.

El viento es suave.

El sonido de las olas constante.

Él se coloca la guitarra en las piernas.

—Quiero enseñarte algo —dice.

Empieza a tocar. Su voz es grave, cruda, despojada de cualquier filtro comercial. Cada nota parece dirigida a mí, como si estuviera confesando algo entre líneas. Mi pecho se siente desordenado, lleno de esas mariposas que tanto temo. Cuando termina, el silencio es denso, cargado de lo que no hemos dicho.

—¿Qué tal? —pregunta, y noto una inseguridad real en su tono—. No te ha gustado…

—No —lo interrumpo rápido, desesperada porque no piense eso—. Sí. Quiero decir… me ha encantado. Es solo que…

Noah deja la guitarra a un lado y se gira hacia mí, apoyando una mano en la roca, muy cerca de mi muslo. Su presencia es abrumadora.

—¿Es solo eso, Sarah? —me pregunta, bajando la voz—. ¿O es que te da miedo sentir lo que esto te hace sentir?

Siento que me falta el aire. Él se acerca, invadiendo mi espacio, y su mirada cae sobre mis labios un segundo antes de volver a mis ojos.

—Te vi en la fiesta —continúa, directo, sin juegos—. Te vi mirándonos a Dafne y a mí. Y no quiero que vuelvas a pensar que hay alguien más en esa habitación que me importe tanto como tú.

Mi corazón se detiene.




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