Noah
Estoy con Jason tirado en el sofá del salón, los dos enfrascados en una partida a la consola. Aunque ambos tenemos el mando en las manos, hace rato que mi cabeza está en otra parte.
—Tío, no te entiendo... —dice sin apartar la vista de la pantalla.
Me encojo de hombros.
—No hay mucho que entender. Lo pasamos bien sin necesidad de ir más lejos. Le doy su tiempo hasta que esté preparada... y, cuando lo esté, quiero que sea ella quien dé el paso.
Jason suelta una carcajada y por fin gira la cabeza para mirarme.
—Hace unas semanas habrías mandado a paseo a cualquier tía que no quisiera acostarse contigo en la segunda cita. Y ahora vas detrás de esa chica como un perrito faldero. Es más, ni siquiera te habrías fijado en alguien que es virgen. Habrías salido corriendo para no meterte en ese lío.
Resoplo, aunque una sonrisa se me escapa porque sé que tiene razón.
Hace unos meses yo mismo me habría reído si alguien me hubiera dicho que acabaría así.
Pero con ella todo es distinto.
Sin necesidad siquiera de quitarnos la ropa consigue ponerme la piel de gallina. Me gusta que confíe en mí, que poco a poco se vaya soltando, que me permita descubrir partes de ella que nunca había compartido con nadie. No siento prisa. Disfruto cada pequeño avance, cada mirada, cada beso.
Jason chasquea los dedos delante de mi cara.
—Estás pilladísimo.
Parpadeo y me doy cuenta de que llevo varios segundos completamente ido, con el personaje quieto en la pantalla mientras mi amigo se parte de risa.
—Cállate y sigue jugando —murmuro, dándole un leve empujón con el hombro.
—Sí, sí... pero admítelo de una vez.
Niego con la cabeza, aunque ya es inútil fingir. La sonrisa que no consigo borrar de la cara me delata mucho más que cualquier respuesta.