Sarah
Noah me ha traído a su casa. Nada más entrar, el ambiente cambia; pone música a un volumen envolvente y desaparece un momento hacia la cocina, dejándome allí, rodeada de su esencia. Cuando regresa con algo de beber, yo, impulsada por una confianza que me desarma a mí misma, camino directo a su nevera. Me detengo en seco al abrirla y, al darme cuenta de lo que estoy haciendo —invadiendo su espacio con tanta naturalidad—, siento cómo el calor sube a mis mejillas. Intento ocultar el rubor, pero es inútil.
—Hoy no pienso beber… —suelto, quizás con demasiada rapidez.
Él aparece justo detrás de la puerta abierta de la nevera, bloqueándome el paso. Su cercanía me corta la respiración.
—¿Te da miedo soltarte, bella durmiente? —me dedica una mirada pícara, cargada de una seguridad que siempre me descoloca.
—No… es solo… —murmuro, esquivando su mirada.
Él cierra la nevera de un golpe seco y empieza a acortar la distancia entre nosotros. Yo retrocedo, despacio, como si el instinto de huir fuera mi única defensa ante su magnetismo.
—Vaya —dice él, acortando el paso—, y yo que me había hecho a la idea de que me bailarías otra vez esta noche.
Me refugio junto a la mesa de billar, aferrándome a la botella de agua como si fuera un escudo.
—Cuanto más huyes de mí, más loco me vuelves —añade con voz ronca.
Antes de que pueda procesarlo, me abraza por detrás. Al darme la vuelta, me encuentro acorralada entre su cuerpo y el borde de la mesa. Lo observo, hipnotizada, mientras él baja la mirada hacia mis labios y se muerde el suyo con parsimonia. Con una timidez que me cuesta controlar, levanto los brazos y rodeo su cuello. Siento cómo sonríe al notar mi gesto; sabe perfectamente el efecto que causa.
—Me gusta cuando por fin te dejas llevar… —susurra.
—Me estoy dejando llevar demasiado… —admito, con la voz apenas audible.
Me aparto de él. No es que quiera hacerlo, pero necesito ese pequeño margen, ese respiro, para reunir el valor necesario y volver a acercarme. Le doy un trago a la botella. Es pequeño, apenas un sorbo, pero es la excusa perfecta para bajar la guardia. En cuestión de segundos, la música parece retumbar con más fuerza en la casa y ya estamos bailando, pegados. Demasiado pegados.
Nos dejamos caer en el sofá, envueltos en risas nerviosas. Él me observa un segundo y luego me hace un gesto con la mano.
—Ven —me dice, tirando suavemente de mi muñeca.
—¿Qué? —río, sintiéndome vulnerable pero incapaz de negarme.
—Ven. Confía en mí…
Y hago lo que me pide. Con el pulso acelerado y el cuerpo temblando levemente, me siento a horcajadas sobre él. Mis brazos se cierran instintivamente alrededor de su cuello.
—Sólo quiero demostrarte lo mucho que me encantas… —dice él, acercándose tanto que sus labios rozan los míos antes de morder el borde de mi labio inferior.
Noto sus manos subir por mi falda, deslizándose con una lentitud eléctrica. Mi piel arde bajo su tacto, enviando señales de alerta y deseo a partes iguales.
—Noah… no sé si… —balbuceo, sintiéndome abrumada.
—Me estoy controlando demasiado, princesa —responde él contra mis labios, su voz cargada de una tensión que casi puedo tocar—, mucho más de lo que te imaginas.
Mi corazón martillea contra mi pecho mientras me atrae con más firmeza hacia él. Al moverme, noto contra mi cuerpo el bulto pronunciado de su deseo, una evidencia física de lo que provoco en él.
—Eso es lo que consigues despertar en mí —murmura sobre mi boca—, algo que ya no logro sentir con nadie más.
Estoy aterrada, pero el deseo florece con una intensidad que no conocía. Sé que aún no estoy preparada para dar el siguiente paso, y el miedo me hace dudar.
—Sólo bésame —insiste él—. Sólo bésame. Te prometo que no haré nada que tú no quieras.
Le creo. Siempre lo he hecho; siempre ha respetado mis límites, incluso cuando la tensión entre ambos parece a punto de estallar. Me inclino y lo beso.
El beso empieza lento, pero pronto aumenta su ritmo, volviéndose voraz. Él comienza a moverse rítmicamente debajo de mí, guiándome con una sutileza experta para que yo marque el compás sobre él. No necesitamos quitarnos la ropa; sentirnos así, piel contra piel a través de la tela, es suficiente. Es abrumador.
Estoy dejando que cruce todos los límites conmigo. Estoy sintiendo algo que jamás había experimentado, un fuego que me recorre de arriba abajo. Y, a pesar de mis miedos, creo que me encanta.