Noah
No sé en qué momento me he prestado para esto.
Esta chica debe tenerme completamente loco como para dejarle mi coche sin saber ni conducir.
Acelera y, por instinto, me agarro a la puerta.
Grita de emoción, y eso me arranca una risa que no puedo contener.
Frena de golpe y me giro hacia ella. Tiene las mejillas sonrosadas, brillantes por la adrenalina.
—Ha sido alucinante… —dice aún eufórica, echándose hacia atrás con las manos en el volante—. ¿Estás bien? —me mira de reojo.
—Sí… sólo necesito un poco de aire —respondo mientras bajo del coche.
Ella me sigue, aún riéndose, y bajamos hasta la playa.
—Eres un exagerado —dice, dándome un pequeño empujón con el hombro.
—Creo que no voy a volver a dejarte mi coche.
—Venga ya, no ha sido para tanto —responde, pero esta vez me lanza una mirada dulce, casi coqueta, que me descoloca por completo.
Enseguida se da cuenta y baja la mirada, sonrojándose.
—Me encanta esto… —susurra, cerrando los ojos.
Observo cómo la brisa juega con su pelo.
—A mí también —digo sin apartar la vista de ella.
Sus ojos se encuentran con los míos. No hace falta decir nada más. El silencio se estira entre nosotros como si pesara.
Definitivamente, esta chica me trae loco.
Nos sentamos en la arena. La atraigo suavemente hacia mí, sujetándola por las piernas.
—Sigues poniéndote nerviosa… —digo con una sonrisa ladeada.
—Tú haces cosas que me ponen nerviosa… —responde bajando la mirada, tímida.
—O sea, ¿que te pone nerviosa que te toque? —Me acerco más, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de intención—. Porque me encanta ponerte nerviosa.
Ella levanta la vista, esta vez sin apartarla. Se le nota el rubor, pero no se aleja.
La acerco un poco más, posando sus piernas sobre mi regazo y ella, casi sin pensarlo, rodea mi cuello con los brazos.
La veo vibrar bajo mi tacto. Deslizo una mano por su pierna, subiendo lentamente hasta encontrar el borde de su vestido.
—Noah… —jadea, con la respiración entrecortada.
—Si quieres que pare, paro. ¿Recuerdas? —insisto, dándole el control.
Pero no me detiene. Sigo subiendo hasta que mi mano roza su piel bajo la ropa y ella se estremece con un suspiro.
—Mírame, Sarah —le pido.
Necesito memorizar cada gesto de su cara, cada matiz de su entrega. Noto su respiración volviéndose errática, el modo en que intenta reprimirse hasta que el deseo gana la batalla y sus mejillas arden con una intensidad que me fascina. Mis movimientos se vuelven más decididos hasta que estalla bajo mi mano, apoyando su frente contra la mía, con los ojos brillando en la penumbra.
—Dios, acabo de… —se esconde en mi cuello, muerta de vergüenza.
—Oh, sí —murmuro, rozando su piel.
—Qué vergüenza… —solloza bajito.
—Pues ahora mismo estás preciosa.
Me mira y detecto el deseo, pero también ese pequeño rastro de miedo que la hace ser ella.
—Yo… ¿quieres que…? —pregunta, con los nervios a flor de piel.
—Solo cuando tú sientas que quieres hacerlo. A mí no me importa esperar —le aseguro, acunando su rostro entre mis manos con una ternura que rara vez muestro.
Entonces hace algo que me desarma: toma la iniciativa. Me regala un beso suave, dulce y fugaz, pero que calienta mi pecho más de lo que jamás habría imaginado.