Bajo las luces de Miami

Capítulo 15

Noah

—Buen concierto, tío —me dijo uno de los músicos, dándome una palmada fuerte en la espalda mientras yo me quitaba el micrófono de la oreja.

—Ha salido mejor de lo que esperaba —respondo, devolviéndole una sonrisa cansada pero satisfecha.

Mientras caminaba hacia el camerino, el camino era una procesión de gente felicitándome. Adrenalina, risas, el alivio de haber cumplido… era la misma rutina de siempre, el mismo ciclo que me encantaba. Sin embargo, al girar la esquina, una chica con una acreditación de invitada cortó mi paso. Tenía esa sonrisa segura de quien sabe exactamente lo que quiere.

—¿Noah?

Me giro, deteniéndome en seco con esa chulería natural que me acompañaba a todas partes.

—Depende de quién pregunte —le guiño un ojo—. ¿Vienes a decirme que he desafinado?

Ella suelta una carcajada, acercándose un poco más de lo necesario.

—No. De hecho, venía a decirte justo lo contrario.

—Menos mal. Mi ego ya estaba preparando el discurso de despedida y no quería dejar a mis fans desconsolados.

—Creo que sobrevivirá —replica ella, jugando con un mechón de su pelo.

Le dedico mi mejor sonrisa, esa que sabía que rara vez fallaba.

—¿Así que te ha gustado el concierto?

—Mucho. Aunque creo que lo mejor ha sido el cantante.

—Vaya… —me río, acercándome a su espacio personal—. Eso ha sonado peligrosamente preparado.

—Llevo toda la noche ensayándolo —admite, desafiándome con la mirada.

—Pues ha funcionado.

La conversación fluye con esa ligereza que tanto me gusta. Es divertida, espontánea y ella no se molesta en disimular sus intenciones. Se acerca a mí, invadiendo mi zona de seguridad, y me susurra al oído con un aliento que huele a perfume caro:

—Podría acompañarte un rato… —me dice, dejando un roce húmedo en mi mejilla antes de tomarme de la mano con una decisión que me hizo sonreír.

Llegamos al camerino. Apenas se cierra la puerta, veo cómo se muerde el labio, esperando mi reacción. Sin pensarlo, la atraigo hacia mí y la beso. Mis manos buscan su cintura mientras ella, con una urgencia eléctrica, empieza a desabrocharme la camisa, empujándome contra el sofá. Me mira con esa intensidad peligrosa, empezando a bajar por mi pecho con los labios, y yo cierro los ojos, preparándome para disfrutar de la rutina.

Pero entonces, aparece ella.

De golpe. Sin avisar.

Recuerdo verla desde el escenario, bailando perdida entre la gente. Cada detalle de Sarah empieza a filtrarse en mi mente, desplazando a la chica que tengo delante. Su mirada tímida cuando le digo algo que la pone nerviosa; sus mejillas sonrojándose como si fueran a estallar; el ritmo agitado de su respiración cuando se siente acorralada.

Recuerdo el otro día, cuando bailaba encima de la barra, ajena a que el resto del mundo no existía para mí en ese momento. Su cuerpo, su timidez, cada gesto... era como si Sarah fuera la única imagen real en un mundo de copias.

El clímax me alcanza con una fuerza brutal, pero no por la chica que tengo encima, sino por ella. Por el simple hecho de haber estado pensando en Sarah mientras finjo estar con otra.

La chica empieza a ascender de nuevo, buscando mi reacción, pero la detengo en seco. La aparto con una brusquedad que ni yo mismo espero.

—Tienes que irte —digo, con la voz más seria y cortante de lo que pretendo.

—¿Qué? —rie ella, totalmente desconcertada—. ¿Te pasa algo?

—Que te vayas. Ahora.

La chica me mira, ofendida y frustrada, pero al ver que no voy a cambiar de opinión, recoge sus cosas y sale del camerino dando un portazo.

Me dejo caer en el sofá y me froto la cara con las manos, intentando procesar lo que acababa de pasar. Me golpea la realidad con una claridad pasmosa: ninguna chica volvera a hacerme sentir lo que siento cuando estoy con Sarah. Nadie tiene esa dulzura vergonzosa, nadie sonríe con ese brillo puro, nadie se sonroja tanto cuando nota mi roce.

Y caigo en la cuenta. Me gusta. Me gusta muchísimo, tanto que me asusta. Mucho más de lo que jamás me ha gustado nadie.

No la quiero solo para un rato, ni para una noche de adrenalina. La quiero siempre. La quiero paseando conmigo, sentada entre bambalinas en mis conciertos, comiendo cualquier tontería, bañándonos en el mar, viendo una película en el sofá de su cuarto mientras se pone nerviosa si la miro demasiado… Y, sobre todo, la quiero allí conmigo. En mi cama. Todos los días.




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