Bajo las luces de Miami

Capítulo 16

Sarah

Creo que me he pasado toda la tarde caminando por la playa. No me he dado cuenta de cómo ha caído la noche hasta que el cielo se ha vuelto de un negro profundo y el aire se ha vuelto punzante y frío.

Cuando entro en casa, me dirijo directamente a la cocina. Me quito los auriculares, dejando que el silencio me golpee, y cojo una uva del frutero por inercia. Es entonces cuando veo el cartel sobre la mesa. Lo levanto, observándolo bajo la luz tenue.

De pronto, escucho voces discutiendo en el pasillo.

—Vamos, por favor, entendedlo —escucho decir a Lola.

Lola y Jerry entran en la cocina en ese instante.

—No puedo dejarte ir sola —dice Jerry, con el ceño fruncido—. Ese tipo de sitios no son seguros, menos a esas horas.

Lola suelta un suspiro exagerado, rodando los ojos.

—No voy a beber alcohol. No voy a irme con desconocidos. Y no voy a volver tarde. ¿Es tan difícil de entender?

—Entonces, ¿para qué quieres ir? —insiste él—. ¿Para estar sola entre tanta gente?

—Voy a ver a gente… conozco a gente allí.

—¿A quién, Lola? ¿A quién conoces?

Su tono inquisidor me aprieta el pecho. Vuelvo a mirar el cartel que tengo en la mano. Festival en la playa. Entre la lista de artistas, un nombre destaca sobre todos los demás, escrito en una tipografía elegante. Noah. Trago saliva, sintiendo que el aire se vuelve escaso.

—A mí —digo, interrumpiendo la discusión.

Todos se giran hacia mí. La sorpresa de Kate, que estaba apoyada en el marco de la puerta, es total.

—¿Qué acabas de decir? —pregunta ella.

Respiro hondo, obligándome a sostenerles la mirada.

—Que voy a ir al festival.

—Ni hablar —zanja Jerry de inmediato—. No puedo dejaros ir.

Lola interviene, usando su mejor arma de persuasión.

—Vamos, Jerry. Ya no somos unas niñas. No va a pasar nada.

—Claro que no —añado yo, intentando que mi voz no tiemble—. Nos cuidaremos.

Después de una batalla de quejas y súplicas, Jerry acaba cediendo, aunque no parece muy convencido. Lola me abraza con fuerza, emocionada.

—Esto va a ser genial.

Más tarde, en su habitación, Lola rebusca entre su ropa mientras yo me siento en la cama, esperando a que el tiempo pase.

—Así que de repente te apetece salir —dice ella, sacando un top del armario con una media sonrisa.

—Sí.

—Ajá… —asoma la cabeza por la puerta del baño, mirándome con picardía—. Y no tiene absolutamente nada que ver con un chico alto, moreno y sospechosamente guapo que va a actuar esta noche, ¿no?

El calor me sube a las mejillas al instante.

—No.

—Por supuesto que no —se ríe ella, divertida.

El festival está lleno; demasiado lleno. Luces de neón se cruzan en el aire, la música vibra bajo mis pies y la gente baila como si el mundo se fuera a acabar al amanecer. Por primera vez en mucho tiempo, me siento bien. Bailo con Lola, me río, me dejo llevar. Me olvido de quién soy y simplemente existo.

Cuando Noah sale al escenario, el estadio ruge. Y yo, sin poder evitarlo, fijo la vista en él. Es como si una fuerza invisible me tirara de los hilos. Sonríe bajo los focos, y durante unos segundos, el resto desaparece. Solo él. Esa punzada extraña en el pecho vuelve con más fuerza que nunca.

Algo se activa en mi interior. Una idea absurda: quiero sorprenderlo. Quiero que me vea aquí.

Antes de pensarlo dos veces, me escabullo hacia el backstage. El corazón me late a mil por hora. Me escondo cerca de una esquina al oír voces, y me asomo con cautela.

Lo veo. Noah.

Está con una chica. Muy cerca. Demasiado cerca. Ella le acaricia la mejilla mientras él sonríe con esa complicidad que yo tanto deseaba. Se ríen, coquetean… y entonces, ella le rodea la cintura y le da un beso en la mejilla.

En ese momento, algo dentro de mí se quiebra. No es solo tristeza; es como si me hubieran robado el oxígeno. El suelo se vuelve inestable. Las lágrimas aparecen sin permiso, una tras otra, nublando mi visión. Me doy la vuelta antes de que él pueda descubrirme y salgo de allí tropezando, sintiendo que todo lo que había construido en mi cabeza se desmorona de nuevo.

—¿Eh? ¿Qué pasa? —choco con Lola.

—Me… —intento hablar, pero la voz se me rompe—. Me voy a casa.

No espero respuesta. Salgo de allí llorando, sin fuerzas para disimular.

A la mañana siguiente, me despierto aún vestida, con la almohada húmeda y el alma hecha pedazos. Me obligo a levantarme, a ducharme, a recomponerme como si el agua pudiera lavar lo que vi anoche. Bajo las escaleras con una sonrisa forzada.

—Buenos días —digo.

—Buenos días —responde Kate.

Lola entra con una bolsa de pastelería, pero al verme, su expresión cambia.

—Sarah… ¿podemos hablar un momento?

Me agarra del brazo y me arrastra hacia la puerta.

—¿Qué pasa?

No responde. Al abrir, me quedo helada.

Ahí está él. Apoyado en su coche, con gafas de sol y esa sonrisa relajada, como si el mundo no se hubiera terminado para mí hace doce horas.

—No es mi problema ahora —susurra Lola, empujándome ligeramente hacia delante.

Cada paso pesa una tonelada.

—Buenos días —dice él, sonriendo.

No le devuelvo el gesto.

—¿Qué haces aquí?

Su sonrisa flaquea un poco.

—Te vi ayer… pensé que vendrías a verme después del concierto. Pero no apareciste.

Aprieto los puños, conteniendo la rabia.

—Me fui a casa. Estaba cansada.

—¿Cansada? —pregunta, confundido.

—Sí.

El silencio se hace eterno, tenso.

—Quería verte —dice él al fin, con un tono más bajo, más real—. Pensé que podríamos hacer algo hoy.

Suelto una risa seca, desprovista de humor.

—No.

Él frunce el ceño, molesto.

—¿Qué?

Trago saliva, sintiendo que el nudo en mi garganta explota.

—No quiero que vengas a buscarme. Ni verte. Quiero que te vayas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.