Noah
Piso el acelerador a fondo, sintiendo cómo el motor ruge bajo mis pies. Necesito velocidad, necesito distancia, necesito que el paisaje se vuelva un borrón para no ver el reflejo de mi propio fracaso en el retrovisor. Me alejo de esa casa, pero el eco de su voz viaja conmigo, tatuado en el cerebro.
«No quiero que vengas a buscarme. Ni verte. Quiero que te vayas».
«Te crees que el mundo gira a tu alrededor. Que puedes sonreír, aparecer y que todas vamos a seguirte sin más.».
Las palabras de Sarah retumban en mi cabeza como latigazos. Una y otra vez. Por primera vez en mucho tiempo, la máscara de estrella se me cae y no sé cómo volver a ponérmela. Me siento roto, hueco, como si me hubieran vaciado por dentro.
No entiendo qué ha pasado. ¿Qué he hecho mal? Hace solo unos días, sentía que sus defensas bajaban, que por fin fluíamos. Estábamos conectando, de verdad. Y de repente… pum. El muro ha vuelto a levantarse, más alto y gélido que nunca. Pero esta vez no solo se ha protegido ella; me ha expulsado a mí con una violencia que me corta la respiración. Cuando miré sus ojos, no vi la timidez de siempre. Vi dolor. Vi un odio que me quemó las retinas porque no soy capaz de comprenderlo.
Todo me da vueltas. La frustración y la rabia me nublan el juicio. Necesito desconectar, apagar este ruido insoportable que es mi propia mente.
Dejo el coche abandonado frente a la discoteca de siempre y entro sin pensar, buscando la distracción en el caos. La música retumba en mis costillas, una vibración constante que intenta tapar el vacío que siento. Un par de chicas se acercan al verme, buscando mi atención, buscando al "Noah" que todo el mundo cree conocer. Empiezo a beber, sin contar las copas, dejando que el alcohol anestesie mis pensamientos hasta que la realidad se vuelve borrosa y sin importancia.
Cuando quiero darme cuenta, estoy en el baño de la discoteca, contra la pared, con una chica que me busca los labios con desesperación. No es Sarah. El pensamiento me golpea, pero lejos de detenerme, lo uso como combustible. Cierro los ojos, pero mi imaginación juega sucio; mi cuerpo quiere que sea ella, y el hecho de que no lo sea me duele tanto que decido dejar de pensar.
Esta vez, no la detengo. Al contrario: soy yo quien toma el control. Lo agarro con una urgencia que me asusta. Necesito recuperar el mando de mi propia vida, aunque sea por unos minutos de placer mecánico y sin alma. No me importa nada. No pienso en las consecuencias, ni en la prensa, ni en lo que acabo de perder. Solo quiero olvidar. Quiero que el ruido de la música sea lo único que me quede en la cabeza.