Sarah
Después de la tormenta emocional de ayer, acepté la invitación de mi hermana a comer. Necesito normalizar las cosas; no quiero que se preocupe más de la cuenta ni que empiece a hacer preguntas a las que no sabría cómo responder. Nunca he sido buena hablando de lo que siento, y menos con ella, que siempre logra ver a través de mis máscaras.
Nos traen la comida, pero apenas la toco.
—Tenía muchas ganas de pasar un rato contigo —dice Kate, dedicándome una sonrisa luminosa—. Solo tú y yo, como antes.
—Yo también —miento, aunque la palabra me sabe amarga.
Clavo el tenedor en la pasta sin apetito alguno. Kate me observa con esa mirada clínica que tanto me irrita y me reconforta a la vez.
—Has estado muy rara estos días, Sarah.
—He estado como siempre —respondo, intentando mantener la voz ligera, forzando una sonrisa que muere antes de llegar a mis ojos.
Ella niega lentamente, dejando los cubiertos a un lado.
—No. No es verdad. —Su sonrisa se suaviza, volviéndose compasiva—. Parecía que por fin estabas mejor. Saliendo con Lola, riéndote… y ahora vuelves a tener esa mirada perdida, como si estuvieras en otra parte.
La sonrisa se me apaga de golpe. Bajo la vista al plato, sintiendo que el nudo en mi pecho se aprieta.
—Te conozco —añade en un susurro—. Sabes que puedes hablar conmigo. De lo que sea.
Me coge la mano sobre la mesa. Ese contacto debería reconfortarme, pero en lugar de eso, me dispara una descarga de ansiedad. Porque entonces lo veo.
En la entrada del restaurante, Noah acaba de cruzar la puerta con su familia. Ríe con dos niños pequeños que supongo son sus hermanos; se ve relajado, divertido, completamente ajeno a mi existencia. Y aun así, mi mirada se queda clavada en él como si fuera un imán. No debería mirarlo, sé que es una tortura innecesaria, pero no puedo evitarlo. Siento un nudo de hierro en la garganta y una tristeza absurda, un peso que no soy capaz de justificar.
Esbozo una sonrisa frágil, pura actuación.
—¿Sarah? —me llama Kate, preocupada.
Parpadeo, regresando al presente. En ese preciso instante, Noah levanta la vista. Me ve.
Su expresión cambia al instante: ya no hay rastro de la risa de hace un segundo. No es una sonrisa, pero tampoco es frialdad. Es algo más serio, más contenido, como si él también sintiera que el aire entre nosotros se ha vuelto irrespirable.
Aparto la mirada de golpe y cruzo los brazos sobre la mesa, sintiendo cómo el oxígeno empieza a faltarme.
—Cuando quieras hablar, aquí estaré —dice mi hermana.
—Estoy bien —miento, demasiado rápido—. De verdad.
Intento sonreír otra vez, pero es inútil. El ambiente se ha vuelto pesado, asfixiante. Me levanto de repente, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—Voy al baño —anuncio, sin esperar respuesta.
Salgo casi tropezando con una camarera. Entro en el baño, cierro la puerta con llave y me apoyo contra el lavabo, jadeando. Respiro hondo. Una vez. Dos. Pero no funciona. El reflejo en el espejo me devuelve a una chica que apenas reconozco: pálida, con los ojos brillando de ansiedad.
Y entonces, lo siento. Una presencia detrás de mí.
Me giro de golpe y el corazón se me sube a la boca. Noah está ahí.
—¿Qué haces aquí? —susurro, tensa—. ¡Este es el baño de chicas!
Sin decir una palabra, cierra la puerta tras de sí. El espacio se vuelve minúsculo; el mundo parece encogerse hasta reducirse a él y a mí.
—Noah… por favor, sal.
Mi voz tiembla, traicionándome. Él da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con una parsimonia que me desarma.
—No puedo.
—¿Cómo que no puedes? —me aparto un poco, buscando aire—. En serio, vete. Este no es un lugar para…
—¿Quieres que me vaya? —su tono es bajo, peligrosamente tranquilo.
Asiento frenéticamente.
—Entonces me voy yo.
Se gira hacia la puerta, pero antes de que pueda tocar el pomo, me sujeta del brazo con firmeza. En un movimiento rápido y fluido, me arrincona contra la madera, con sus manos a ambos lados de mi cabeza, bloqueándome.
—Noah… —mi voz sale rota, un susurro sin fuerza.
Él no aparta la vista de la mía; sus ojos oscuros recorren mi rostro como si estuviera memorizando cada línea de mi desesperación.
—Dame una razón —exige en voz baja—. Una razón de verdad. Por la que quieras alejarte tanto de mí.
Mi pecho duele. Porque no tengo una respuesta fácil, y porque la verdadera me aterra. Cierro los ojos un segundo, sintiendo el calor que emana de su cuerpo, y cuando vuelvo a abrirlos, sé que no hay marcha atrás.
—Porque nunca debí acercarme a ti aquella noche.
Silencio. Un silencio tan denso que parece físico, pesado como el plomo. Veo cómo algo en su expresión se quiebra: un microsegundo de vulnerabilidad absoluta que se esfuma tan rápido como llegó.
Se aparta. No es brusco, pero es definitivo. Como si mis palabras hubieran sido un cuchillo que, finalmente, ha cortado el hilo que nos unía. Y lo peor es que, en el instante en que me libera, una parte de mí ya se está arrepintiendo.
Abro la puerta lentamente y salgo sin mirarlo. Noah me sigue, lo siento a mis espaldas, pero no vuelve a su mesa. No dice nada. Solo se aleja. Cuando levanto la vista hacia el ventanal del restaurante, lo veo marcharse, caminando hacia el exterior.
Cada paso suyo me vacía un poco más. Por primera vez entiendo que esto no era solo una discusión. Era una grieta. Y acabo de abrirla del todo.