Bajo las luces de Miami

Capítulo 19

Sarah

Se acabó el llorar. Se acabó el permitir que el vacío me consuma.

Él tiene su vida, una vida de focos y ruido; yo tengo la mía, una que estoy intentando reconstruir desde los cimientos. He venido aquí a despejarme, a reencontrarme con ese verano que prometía ser inolvidable, y eso es exactamente lo que voy a hacer.

Me ducho, me maquillo con cuidado y me visto con la ropa más alegre que encuentro. Kate me espera abajo, rebosante de energía.

—Bueno —dice mientras salimos al sol radiante—, la comida de ayer no salió como esperábamos, pero una tarde de compras siempre arregla cualquier desastre.

Sonrío, aunque siento que es una máscara que podría romperse en cualquier momento.

—Eso espero.

Llegamos al centro comercial y Kate se lanza a los escaparates con una determinación casi militar. En un momento de calma, mientras ella examina unos vestidos, me detengo.

—Kate…

—¿Sí? —me mira sin dejar de caminar.

—Siento haber estado tan rara estos días.

Su expresión cambia al instante, esa coraza de hermana mayor se suaviza.

—Oh, cielo… no pasa nada. Estás pasando por un mal momento, es normal. No siempre tienes que estar bien.

Me abraza sin dudarlo, envolviéndome en un refugio de seguridad. Durante unos segundos, me permito soltar el peso que llevo cargando.

—Aquí me tienes, ¿vale? Siempre.

Asiento, tragándome el nudo en la garganta.

—Lo sé… lo repites bastante —digo, intentando bromear.

—Porque es verdad.

Entramos en tiendas, nos probamos ropa, reímos con ganas... Por unas horas, la magia funciona. Me siento ligera, casi normal. Casi como la chica que solía ser antes de que todo esto empezara.

—Voy al baño —le digo—. Espérame abajo.

—Vale, pero no tardes mucho. Tenemos hambre.

—Prometido.

Le lanzo un beso al aire y me pierdo entre la marea de gente. Cuando salgo, me doy cuenta de que estoy en la planta superior. Pulso el botón del ascensor, esperando con paciencia. Las puertas se abren y, justo antes de cruzar el umbral, me quedo paralizada.

Noah.

Mi cuerpo se tensa tanto que casi me duele. Él también se queda helado al verme, su sonrisa desvaneciéndose en una fracción de segundo. Entra en el ascensor sin decir nada, con una frialdad que me congela el alma. Yo entro después, colocándome en la esquina opuesta, intentando ocupar el menor espacio posible.

Las puertas se cierran. El espacio, que ya era pequeño, se vuelve claustrofóbico.

El ascensor empieza a descender, pero de repente, se sacude con violencia. Un chirrido metálico retumba en el hueco y nos quedamos suspendidos en la nada. La luz parpadea y muere, dejándonos en una penumbra inquietante.

—Joder… —murmura Noah, pulsando el botón de emergencia con brusquedad.

—Hola… ¿hay alguien? —su voz resuena contra las paredes metálicas—. El ascensor se ha quedado parado.

Silencio absoluto. Nada. Vuelve a intentarlo, pero el sistema no responde. El aire empieza a volverse espeso, cargado de estática. El pánico, que llevaba días escondido, sube por mi garganta como una marea negra.

—No… no, no, no… —susurro, mientras mi respiración se fragmenta.

Golpeo las puertas con los nudillos, desesperada.

—¡Hola! ¡Ayuda, por favor!

—¡Sarah! —Noah se acerca rápido, intentando sujetarme los hombros—. Para. Así solo vas a conseguir agotarte.

Me aparto de un empujón, sintiendo que las paredes se acercan.

—¡Necesito salir de aquí!

—Respira —ordena él, aunque su propia voz suena tensa.

—¡No puedo! —mi voz se quiebra—. ¡No puedo respirar!

Todo empieza a dar vueltas. El calor es asfixiante, un fuego que me quema los pulmones. Me deslizo por la pared metálica hasta quedar hecha un ovillo en el suelo, con las manos temblorosas.

—Sarah… —Noah se agacha frente a mí. Su voz es distinta, ya no es juguetona, es una súplica—. Ey, mírame.

Intento obedecer, pero mi visión es un túnel.

—Es un ataque de pánico —dice, más para sí mismo que para mí.

—¿Ah, sí? ¿Tú crees? —sarcasmo, mi último mecanismo de defensa.

—Respira conmigo. Vamos.

Me quito la chaqueta con movimientos torpes, necesitando aire, sintiendo que me desmayo.

—Lo sé… pero tienes que calmarte.

—¡Eso es lo que intento! —grito.

Él se queda en silencio un segundo. Suspira, una rendición que no entiendo. Entonces, hace algo inesperado: me sujeta el rostro con ambas manos, obligándome a dejar de luchar. Y me besa.

No es un beso suave. Es un golpe de realidad. Es desesperación, es choque térmico.

El mundo exterior se detiene. Todo el ruido en mi cabeza —los miedos, las inseguridades, el dolor de ayer— se silencia de golpe. Mi respiración, antes caótica, se sincroniza con la suya. Me agarro a su camiseta, hundiéndome en el beso, buscando en él un ancla mientras el pánico se disipa.

Pero entonces, el ascensor retumba de nuevo. Las puertas se abren de golpe, inundando el habitáculo con la luz artificial del centro comercial.

La realidad me cae encima como una losa. Me separo bruscamente, con el rostro ardiendo y el corazón a punto de salirse de mi pecho. No digo nada; no puedo. Salgo del ascensor casi corriendo, perdiéndome entre los clientes, escondiéndome tras una columna para intentar recuperar la compostura.

Esto no debería haber pasado. No ahora. No así.

Durante la comida, las voces de Kate suenan como si estuvieran bajo el agua. Mi mente es un bucle infinito que vuelve una y otra vez a ese espacio cerrado.

¿Qué fue eso?

No fue real. No significó nada para él. La primera vez fue el alcohol; esta vez, fue el miedo. Siempre hay una excusa para Noah. Siempre hay algo que lo justifica todo, excepto el compromiso real de elegirme.

—¿Sarah? —Kate me mira con sospecha—. Decíamos de ir a los karts esta tarde. ¿Te apuntas?




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