Sarah
Día de playa. El sol cae a plomo, transformando la arena en un lecho de fuego, mientras el murmullo constante del mar envuelve todo en una calma casi perfecta. Lola y Sophie no paran de reír, enzarzadas en alguna broma pesada, y yo no puedo evitar soltar una carcajada al verlas. A unos metros, Kate está sumergida en el agua, y tengo la sensación de que, si no se la lleva la corriente, no saldrá en horas.
Esto era justo lo que necesitaba: distracción, silencio en la cabeza y un poco de normalidad. Me concentro en el libro que tengo entre las manos, dejando que las letras me absorban hasta que todo lo demás desaparece.
O al menos, eso intento.
Un libro sale volando de mis manos con un golpe seco sobre la arena.
—Vaya… este no lo conocía. ¿Es de esos que te hacen llorar o de los que te mantienen despierta toda la noche?
Levanto la vista de golpe, con el corazón saltándome un latido. Noah está de pie frente a mí, sosteniendo mi lectura como si fuera un trofeo mientras escanea la contraportada con esa curiosidad peligrosa que siempre tiene. Se ve insultantemente bien bajo el sol, sin camiseta, con el agua salada brillando en su piel.
Me quedo paralizada, con la garganta seca.
—¿Te está gustando? —pregunta, agachándose a mi lado. Su presencia inunda todo mi espacio vital.
Intento mantener la compostura. Le arrebato el libro de las manos con un movimiento rápido y vuelvo a bajar la vista, fingiendo que no existe.
—¿Ahora me vas a ignorar? —su voz es un susurro divertido, un desafío que me quema.
Sigo leyendo, o eso pretendo, porque no entiendo ni una palabra. Él suelta un suspiro teatral y, sin previo aviso, vuelve a quitármelo.
—¡Oye! —protesto, lanzándome a por él.
En el forcejeo, mis dedos resbalan, pierdo el equilibrio y, por una jugarreta del destino, termino cayendo justo encima de él. Mis manos se hunden en sus hombros, sintiendo el calor de su piel.
—Hola, bella durmiente. Te has hecho esperar.
Intento incorporarme, pero sus manos encuentran mi cintura y me mantienen cautiva. Está demasiado cerca. Demasiado Noah.
—Suéltame —susurro, aunque mi voz suena más a ruego que a orden.
Nuestros ojos se encuentran. Por un segundo, todo el ruido de la playa se apaga. Mi mirada baja inevitablemente a sus labios, y el recuerdo del beso en el ascensor me golpea como una marea alta. El calor sube por mi cuello, una quemazón que no tiene nada que ver con el sol. Me aparto, tensa y nerviosa.
—Noah… por favor.
Él se queda quieto un segundo, detectando mi pánico, y entonces me suelta. Me siento en la arena, intentando recuperar el aire que él siempre me roba.
—Oye… sé que estás enfadada por lo de ayer —dice, su tono ha cambiado, ahora es más sosegado.
—¿Ayer? —digo, demasiado rápido, con la voz cargada de nervios—. Ayer no pasó nada.
Noah me mira en silencio, con esa intensidad que parece leer mis pensamientos más ocultos.
—Sí pasó, Sarah. Y negarlo no va a hacer que desaparezca.
Abro la boca para replicar, pero no me sale nada. Las palabras se me atragantan.
—No pasa nada —me interrumpe, más suave—. Está bien.
Pero nada está bien. No cuando lo tengo ahí, tan cerca, desprendiendo ese olor a mar y libertad, mirándome como si yo fuera lo único real en su mundo. La tensión es tan palpable que me quema. Me levanto de golpe, necesitando espacio, necesitando huir. Pero antes de que pueda dar un paso, me atrapa de la mano.
—Odio que estemos así.
Lo miro. Y por un segundo, mi voluntad se desmorona.
—Ahora mismo… no puedo —susurro, sintiendo que los ojos me escuecen.
Él asiente despacio, apretando apenas un instante mi mano antes de soltarla. Y justo cuando creo que la tortura ha terminado… me levanta en brazos de golpe.
—¡Noah! ¡No, suéltame!
Empieza a correr hacia el agua.
—¡No te soltaré hasta que admitas que también me echas de menos! —grita riendo, con esa chispa de arrogancia que lo hace irresistible.
—¡Noah, basta! —chillo, pero ya estamos dentro.
El agua gélida nos golpea y el choque térmico nos envuelve. Una ola nos alcanza de lleno y, para no caer, me aferro a su cuello. Él se ríe, y yo, contra todo pronóstico, también lo hago. Por un segundo, todo es fácil. Demasiado fácil. Demasiado peligroso.
—Llévame a la orilla, por favor —suspiro, apoyando la frente contra la suya.
Él asiente, cargando con mi peso hacia la arena con una facilidad que me desconcierta. Me deja en el suelo con cuidado, pero seguimos cogidos de la mano. Ese simple contacto me desarma más de lo que admitiré nunca. Lentamente, la suelto. El vacío llega de inmediato, un frío que recorre mis dedos.
—Tengo que volver con Kate.
—Claro… podríamos repetir otro día… —dice él, con un deje de esperanza que me atraviesa.
—Adiós, Noah.
Lo corto antes de arrepentirme. Me voy, sin mirar atrás, porque sé que si me giro una sola vez, seré incapaz de irme de verdad. Camino hasta donde están mis amigas, clavándome una sonrisa en el rostro, actuando como si no me estuviera rompiendo en pedazos por dentro.