Bajo las luces de Miami

Capítulo 23

Sarah

Le cubro los ojos a Lola con las manos por detrás, guiándola con cuidado por el pasillo.

—¿Esto es necesario? Si ya sé que hay una fiesta, ¡me lo has dicho veinte veces! —protesta ella entre risas.

—Sshh… camina y no protestes, pequeña —respondo, intentando contener mi propia emoción.

La guío escaleras abajo. Cuando llegamos al salón, le retiro las manos y, de repente, todo estalla. Globos por todas partes, guirnaldas, luces cálidas transformando la casa y un cartel enorme de “Felicidades”. He seleccionado sus mejores fotos una por una para decorar las paredes. Su expresión cambia al instante, pasando del desconcierto a la pura emoción.

—Eres increíble… —susurra, antes de que pueda terminar, la abrazo con fuerza.

—Felicidades, pequeña.

Ella se suelta enseguida, lanzándose a saludar a todo el mundo. Yo me quedo un segundo al margen, observando el caos organizado: satisfecha, agotada, pero inmensamente contenta. Me dirijo a la mesa de bebidas para poner algo de música y asegurar que la fiesta no decaiga.

—¡Es hora de la tarta! —anuncia Jerry, apareciendo con el pastel en las manos.

Las luces se atenúan y todos empiezan a cantar. Lola sopla las velas y el salón se llena de aplausos y risas. Y entonces, entre la multitud, lo veo. No debería sorprenderme, y sin embargo, mi corazón da un vuelco. Está ahí. Siempre destaca, siempre tiene esa forma de ocupar el espacio que me hace difícil respirar. Sin querer, una sonrisa pequeña e incontrolable se escapa de mis labios.

Me aparto hacia la mesa de bebidas con un trozo de tarta; el azúcar es mi única vía de escape cuando me siento así de expuesta. Estoy a punto de probarlo cuando noto una presencia a centímetros de mí. Levanto la vista y me quedo helada: Noah.

—Bonita fiesta —dice con esa sonrisa tranquila y depredadora que tanto me descoloca.

Antes de que pueda reaccionar, me quita el tenedor de la mano con una naturalidad pasmosa y prueba la tarta.

—Está buena —murmura, mirándome fijamente—. Aunque creo que yo la habría hecho mejor.

Dejo el plato en la mesa, demasiado rápido, y me giro para huir.

—¿Qué haces aquí?

—Pensé que estaba invitado —dice, dando un paso hacia mí.

Suelto una risa breve, sin rastro de humor.

—Siento decepcionarte, pero no lo estás.

Doy un paso para irme, pero su mano se cierra sobre mi brazo. Su contacto es una descarga eléctrica que me detiene el pulso. Con calma, baja su mano hasta entrelazar sus dedos con los míos.

—Esta vez no me voy a ir —dice en voz baja, acercándose tanto que su aliento me roza la piel—. Aunque me lo pidas.

Trago saliva, sintiendo que mis defensas se desmoronan.

—Yo… —intento articular.

Él no me deja terminar; con una suavidad que me desarma, me guía hacia el centro del salón.

—¿Qué haces? —susurro, tensa, mirando a nuestro alrededor—. No… no puedo.

—Vamos a bailar.

—Noah, hay mucha gente… —mi voz tiembla, traicionándome—. No puedo.

Él se detiene y me mira con una intensidad que baja la temperatura de toda la habitación.

—Nadie está mirando. Nadie más que yo.

Me atrae hacia él. Mis manos, por puro instinto, acaban apoyadas en su cuello; las suyas encuentran mi cintura, reclamando su lugar. Demasiado cerca. Demasiado él. En ese momento, la música cambia a un ritmo lento, meloso, perfecto.

—¿Lo ves? —murmura sobre mi cabello—. Nadie se fija en ti. Solo yo.

Bajo la mirada, intentando ocultar el desorden que está provocando en mi interior. Pero finalmente, lo miro a los ojos. Y por primera vez, dejo de huir.

—¿Por qué te empeñas en buscarme? — pregunto.

—¿Por qué te empeñas tú en alejarme? —responde él, con una honestidad que me hiela la sangre.

El silencio que sigue es peligrosamente honesto.

—Porque… —mi voz se rompe al admitirlo—, no quiero que me hagan daño otra vez.

Él levanta una mano y acaricia mi mejilla con una delicadeza que me quema.

—Nunca te haría daño, Sarah.

Lo dice con tal convicción que, por un segundo, me permito la locura de creerle. Y eso es lo más peligroso de todo.

—Lo siento… —susurro, aterrada por mi propia vulnerabilidad.

Me aparto de golpe, rompiendo el contacto antes de que el hechizo me absorba por completo. Salgo de allí casi corriendo, dejándolo solo en mitad de la pista. Me pierdo entre la gente, buscando la salida, pero incluso cuando ya me he ido, siento sus ojos siguiéndome, como si supiera que, aunque haya huido, una parte de mí se ha quedado atrapada en sus brazos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.