Bajo las luces de Miami

Capítulo 26

Sarah

No sé en qué momento me dormí, pero cuando despierto, el lado de la cama que ocupaba Noah está vacío y frío. Me paso el resto del día encerrada en mi habitación, sentada junto a la ventana, observando cómo la lluvia golpea el cristal. Lluvia en verano; casi parece sacado de una película melancólica de esas que tanto me gustan.

No dejo de pensar en él. Por mucho que intente distraerme, su voz, su mirada y la forma en que el mundo parece distorsionarse cuando está cerca se cuelan en mis pensamientos. El problema es ese: lo siento demasiado. Y el miedo, siempre presente, me mantiene encadenada. Pero mientras veo las gotas resbalar, algo en mi interior hace clic. Me levanto. No quiero seguir teniendo miedo, no quiero vivir con la duda de qué habría pasado si me hubiera atrevido a hablar.

Me detengo frente a la puerta de Lola.

—¿Puedes cubrirme con los demás? —le pido.

Ella me mira y, sin necesidad de explicaciones, lo entiende todo. Asiente con complicidad.

—Ten cuidado, Sarah.

Le dedico una sonrisa agradecida y salgo al diluvio.

Cuando me doy cuenta, estoy frente a su puerta. La lluvia cae con fuerza, empapando mi ropa, mi pelo, mi piel, pero no siento el frío; solo siento la urgencia. Toco el timbre. Una vez. Espero. El frío empieza a calarme los huesos. Toco otra vez, con más insistencia.

La puerta se abre.

—¿Sarah? —Su voz suena aturdida, pero en cuanto me ve, toda la calma de Noah desaparece.

No sé qué decir. No tenía un plan, mi mente se ha quedado en blanco. Entonces, sin pensarlo, me abalanzo sobre él y lo abrazo. Fuerte. Como si estuviera sosteniéndome a mí misma para no desmoronarme. Siento cómo se queda quieto un segundo, sorprendido, y después sus brazos me rodean, apretándome contra él con una intensidad que corta el aliento. El mundo, ahí fuera, deja de importar.

—Estás helada… —murmura sobre mi pelo, con una mezcla de frustración y ternura—. Ven, entremos.

Mientras me cambio, la ropa de Noah me envuelve en su aroma. Es una armadura cálida que me da el valor que me ha faltado siempre. Cuando bajo al salón, lo encuentro esperándome, y su mirada —fija, hambrienta, cargada de una verdad que ya no puede ocultar— me atraviesa como un rayo.

—Te queda mejor que a mí —dice con una media sonrisa ladeada, pero hay una seriedad en sus ojos que me desarma.

Suelto una risa nerviosa y me siento a su lado, aunque la distancia entre nosotros es casi inexistente.

—No digas eso —susurro.

Noah no sonríe esta vez. Se acerca, invadiendo mi espacio, y sus ojos recorren mi rostro con una devoción que me asusta por lo real que parece.

—No sabes la falta que me haces, Sarah —dice, y su voz, antes juguetona, ahora es grave y sincera—. No soporto pasar un día sin ver qué haces, sin saber qué piensas. Te has metido en mi cabeza de una forma que ni siquiera yo puedo controlar.

Trago saliva, sintiendo que el corazón me late en los oídos. La sombra de la otra noche vuelve a aparecer.

—Lo siento… —bajo la mirada—. Pero te vi con aquella chica. Ella… ella es todo lo que tú eres. Brillante, segura… ¿qué pinto yo en tu mundo de flashes?

Noah suspira, frustrado, y me coge la mano. Sus dedos, callosos y cálidos, obligan a que mis ojos se encuentren con los suyos.

—No es nada para mí. Te lo aseguro.

—No lo parecía —insisto, sintiendo un nudo en el pecho.

—Ella se acercó —dice, firme—. Pero yo solo pensaba en si habías cenado, en si estabas escondida en algún rincón leyendo… No hay nadie más, Sarah. Ni nadie que me haga cuestionarme quién soy cuando me mira, excepto tú.

—No tienes que darme explicaciones… —mi voz tiembla—. Yo no soy nadie para impedirte nada.

Él frunce el ceño, con un gesto de impaciencia, y se inclina, acortando la distancia hasta que nuestras narices casi se rozan.

—¿No puedes? ¿O quieres, pero te da miedo admitir que me quieres solo para ti?

—Noah… —susurro, sintiendo cómo mis barreras se tambalean—. Es tu vida. Es demasiado complicada para alguien como yo.

—Y tú estás en ella —responde, y su voz es una caricia contra mis labios—. Estás en cada maldito segundo de mi día. Así que deja de ignorar lo que sientes. Deja de esconderte.

—El corazón también se equivoca —susurro, aterrada de la verdad que estoy a punto de dejar escapar.

Noah da el último paso que nos separaba, su aliento cálido mezclándose con el mío.

—Entonces que este sea el mejor error de todos. Porque ya no puedo fingir que esto es solo curiosidad.

El silencio que sigue es peligrosamente suave. Me apoyo lentamente en su hombro, buscando su calor, y esta vez, él no me suelta. Me rodea con su brazo, atrayéndome hacia su regazo como si fuera lo más preciado que ha tenido jamás. Por primera vez, el miedo a "salir" se queda fuera, perdiendo la batalla contra el latido tranquilo y firme de su corazón bajo mi mejilla. He dejado de esconderme; ahora, él es mi refugio.




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