Noah
El sol me golpea el rostro antes incluso de que logre abrir los ojos. El tacto de las sábanas es suave, demasiado cómodo para ser las de mi propia cama. Cuando finalmente despierto del todo y la realidad se asienta, mi cerebro lanza una señal de alarma: Mierda. Otra vez no.
Me incorporo con lentitud, sintiéndome desorientada y un poco vulnerable. Bajo a la cocina en silencio, con los pies descalzos sobre la madera fría, hasta que me detengo en el umbral.
Noah está allí, apoyado contra la encimera, escaneando algo en su móvil con esa postura tan relajada que parece dueño del mundo. Levanta la vista al instante, y sus ojos se curvan en esa media sonrisa que me corta la respiración.
—Buenos días, bella durmiente.
Suelto una pequeña sonrisa, todavía medio dormida y envuelta en la calidez de su ropa, incapaz de fingir indiferencia. La luz de la mañana entra por la cocina, pero él brilla mucho más.
—Buenos días… —murmuro, estirándome con pereza.
—¿Tienes hambre? —pregunta, dejando el teléfono a un lado como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Asiento y me siento en uno de los taburetes. Él no tarda en acercarme una taza de leche con cacao, pero no se aparta. Se queda allí, apoyado en la encimera, invadiendo mi espacio vital con una proximidad que me hace difícil disimular lo mucho que me tiemblan las manos.
—Lo siento —murmuro, bajando la mirada hacia la taza—. Por volver a invadir tu casa… y esta vez, tu cama.
Él suelta una risita baja, un sonido que me hace vibrar por dentro.
—¿Por qué? Si te pasaste toda la noche robándome el edredón.
—Eres un idiota —le digo, intentando ocultar mi risa.
—Y tú no puedes evitar reírte, así que estamos a mano —responde con esa chulería juguetona que me encanta, pero que me pone en alerta—. Además, si eres tú, puedes hasta encadenarte aquí.
Se sienta a mi lado. Demasiado cerca. Mi cuerpo reacciona antes que mi razón: el pulso se me acelera y el calor me sube por el cuello. Él alarga la mano y aparta un mechón de pelo de mi rostro con una suavidad tan abrumadora, tan cargada de cariño, que me tenso de golpe.
Me levanto, buscando aire, apoyándome en la encimera. Él suspira, ladeando la cabeza con esa calma exasperante.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada. Solo... necesito espacio —miento.
Se acerca un poco más, reduciendo el margen de maniobra. Ahora, coloca las manos a ambos lados de mi cintura sobre la encimera, dejándome atrapada. Es una jaula de cristal. Sin escapatoria.
—Necesito que me digas lo que piensas… lo que sientes —murmura. Su voz ya no es la del Noah bromista; es la de un hombre que ha dejado de jugar—. Ya no me sirve el silencio, Sarah. Me está matando.
Trago saliva, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—Lo que yo sienta no importa. Es una locura.
—Para mí es lo único que importa —responde, firme, sin parpadear—. Mírame.
Lo miro. Me muerdo el labio, un gesto que él sigue con la vista, fascinado, antes de volver a mis ojos.
—Siento… miedo —susurro la verdad que me quema la lengua.
—¿De mí? —su voz es un hilo de seda, cargado de incredulidad.
Niego rápido, sintiendo que me falta el aire.
—No… de lo que siento por ti. Es tan fuerte que me hace sentir pequeña, Noah. Y tú... tú eres tan inmenso.
El silencio es denso, lleno de promesas y peligros. No reacciona como esperaba; no retrocede. Solo sonríe un poco, una mueca cargada de un alivio profundo, y me acaricia la mejilla con el pulgar.
—¿No soy suficiente para ti? —susurra, y hay una nota de vulnerabilidad genuina en su pregunta—. Porque para mí, Sarah, tú eres el mundo entero.
—Hablo en serio, idiota —le doy un leve empujón en el pecho, pero él no se mueve. Se ríe, contagiándome un poco de su seguridad—. Esto va a acabar mal.
—Vale, vale —se inclina de nuevo hacia mí, bajando la voz hasta que el sonido es un secreto privado—. Entonces, escúchame bien: ahora mismo, tengo tantas ganas de besarte que me duele.
Me quedo completamente quieta, conteniendo el aliento. Él lo nota, y se detiene apenas a un suspiro de mis labios, dejando que nuestras respiraciones se mezclen.
—No va a salir bien… nunca sale bien cuando te expones tanto —susurro, con los ojos anegados de dudas.
Él niega despacio, con una convicción que me tambalea.
—No lo sabes. Ni yo tampoco —su voz es más honesta ahora, despojada de cualquier máscara de estrella—. Pero sé una cosa: no puedo sacarte de mi cabeza. Que no puedo tocarte sin desear que te quedes para siempre. Que me estás volviendo loco, Sarah. Me importas mucho más de lo que jamás pensé que alguien pudiera importarme.
Se queda a centímetros, acortando la poca distancia que nos separa.
—Mi bella durmiente —susurra, rozando mis labios con los suyos—. Olvida el miedo. Solo por hoy, olvídalo.
Y entonces, todo se rompe. Sin pensarlo, sin planearlo, le agarro del cuello y lo beso. Es un roce corto, cargado de urgencia, pero es el acto de rebeldía más grande que he cometido en mi vida.