Noah
Cuando me despierto, el lado de la cama está frío; Sarah ya no está. Siento un pinchazo de angustia que me hace erguirme de golpe, buscándola con la mirada por toda la habitación, hasta que la veo aparecer.
Se mueve con una tranquilidad que me desarma. Lleva un moño deshecho en lo alto de la cabeza —de esos que parecen a punto de caerse— y mi camisa de lino le queda enorme, deslizándose por un hombro y revelando lo suficiente para acelerar mi pulso al instante. Se ve tan peligrosamente sexy que me quedo sin aliento.
—Buenos días —dice con una media sonrisa, sentándose en el suelo junto a mí y dejando la bandeja con cuidado.
—Ya pensaba que te habías arrepentido de todo y me habías abandonado —bromeo, aunque mis ojos no se despegan de ella.
—Hmm… lo pensé por un momento —responde ella, siguiéndome el juego con un brillo travieso en los ojos.
—No te lo crees ni tú —sentencio. La atraigo hacia mí, acortando la distancia hasta unir nuestros labios en un beso lento y profundo que sabe a mañana.
—Pensé que tendrías hambre —murmura, apartándose apenas unos centímetros, con los labios ligeramente hinchados.
—Muchísima —digo, recorriéndola con la mirada con una intensidad que no pretende ser sutil. Lo que me apetece comer ahora mismo no tiene nada que ver con el desayuno.
Sarah se sonroja de inmediato, escondiendo su timidez tras un gesto juguetón mientras se lleva una fresa a la boca.
—Eres un idiota —dice por lo bajo, aunque no hay veneno en sus palabras.
Coge el tazón de chocolate y juega con la cuchara, dando vueltas al líquido oscuro con una parsimonia que me pone los nervios de punta. Entonces, levanta la vista y me mira de una forma tan ardiente y atrevida que me hace perder el aliento; ya no es solo la chica tímida de siempre, es la mujer que sabe exactamente lo que me hace sentir.
La observo en silencio. Sus dedos se cierran sobre la cuchara, sumergiéndola en el chocolate con una parsimonia que parece detener el tiempo. Cuando levanta la vista, sus ojos brillan con una picardía eléctrica que me desarma, una invitación silenciosa que me acelera el pulso.
—Quiero probar una cosa —susurra, y su voz es un hilo de seda que me eriza la piel, cargada de una promesa que aún no alcanzo a comprender.
Con una precisión casi artística, comienza a deslizar la cuchara, trazando senderos oscuros y dulces sobre mi piel. Siento el contraste del chocolate, tibio y denso, pero es su siguiente movimiento lo que me desconcierta y me cautiva. Se inclina y comienza a lamerlo, con una lentitud tortuosa que parece querer memorizar cada centímetro de mi cuerpo. El deseo, que hasta hace un momento era solo una chispa, estalla en mi interior como un incendio forestal. Mis ojos se oscurecen, nublados por la intensidad de la entrega.
Por un segundo, ella duda, buscándome con la mirada, como si necesitara confirmar que este juego no es solo suyo, sino nuestro. Le devuelvo una mirada profunda, cargada de una devoción hambrienta, y al ver que le respondo con total abandono, una sonrisa tímida se dibuja en sus labios antes de seguir.
Cuando finalmente la siento allí, el impacto es absoluto; una descarga de electricidad recorre mi columna vertebral. Es un juego de texturas y contrastes: besos suaves, caricias que se vuelven reclamos, hasta que el placer me nubla la razón. Cierro los ojos con fuerza, enredando mis dedos en su cabello con una mezcla de reverencia y urgencia, guiándola, dejándome llevar por el ritmo que ella impone. Mi cuerpo empieza a vibrar, un eco de placer que sube desde mis entrañas. La levanto de golpe, incapaz de seguir el ritmo del autocontrol, y atraigo su mano hacia mi entrepierna; el roce es suficiente para que el mundo se reduzca solo a este instante. Me estremezco bajo su toque, mirándola con una intensidad que casi duele.
—Ahora me toca a mí —le digo, con la voz rota, los ojos fijos en los suyos con una voracidad que no pretendo ocultar.
Desabrocho su camisa con lentitud, como si estuviera revelando un mapa prohibido. Beso el arco de su cuello y desciendo, saboreando su piel con la devoción de quien encuentra su hogar. Ella se arquea, soltando gemidos que son la música más hermosa que he escuchado, y mis labios encuentran su pecho, explorándolo con una delicadeza que hace que sus espasmos sean más profundos.
Desciendo por la curva de su vientre hasta alcanzar la seda de su ropa interior, retirándola con una suavidad que contrasta con el fuego que nos consume. Me acerco a ella, sintiendo cómo tiembla, y mi lengua se vuelve un instrumento de provocación. Introduzco un ritmo lento, constante, buscando el punto exacto donde su resistencia se quiebra. Ella me busca, arqueando las caderas para ofrecerme un acceso total, mientras sus dedos se enredan en mi pelo, apretándome contra ella como si quisiera fundirnos en uno solo.
—Mírame —le pido entre besos, queriendo que cada mirada sea una confesión.
Acelero el compás, escuchando cómo su respiración se vuelve un jadeo entrecortado. La veo derretirse, sus facciones relajándose en un éxtasis absoluto, hasta que el placer la supera. Cuando finalmente se deja ir, soltando un suspiro largo y roto, siento que he tocado el cielo a través de ella.
Me tumbo a su lado, invadiendo su espacio personal, y la atraigo hacia mí en un abrazo que nos deja sin aire. Siento cómo se relaja contra mi pecho, y no puedo evitar dejar un rastro de besos suaves en su cuello, disfrutando de cómo su pulso se acelera.