Noah
El despacho esta impecable. Demasiado impecable para mi gusto. Las paredes de cristal dejan ver la ciudad iluminada, un mar de luces frías que se extienden bajo mis pies mientras permanezco de pie, con las manos hundidas en los bolsillos.
John, mi agente, se encuentra frente a mí. Con un movimiento calculado, desliza una carpeta sobre la mesa.
—Siéntate, Noah.
—Prefiero quedarme así.
Suelta un suspiro, uno de esos que siempre reserva para cuando me pongo difícil.
—Ya imaginaba que esta conversación no te iba a gustar.
Arqueo una ceja, manteniendo el tono gélido.
—Entonces no le des tantas vueltas y ve al grano.
John apoya los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos.
—¿Qué está pasando con esa chica?
No respondo de inmediato. Me quedo mirando el horizonte, buscando una salida que no se convierta en una confrontación.
—¿Hace falta que te conteste?
Silencio. El aire en la sala se vuelve denso.
—La pregunta es otra, Noah. ¿Hay algo real entre vosotros?
Lo miro directamente a los ojos, sin parpadear.
—¿Y si lo hubiera?
John suelta una carcajada que no llega a sus ojos.
—Entonces tienes un problema. Me ha costado mucho dinero y muchos favores evitar que salgan a la luz ciertas fotografías vuestras. Iban a ser un desastre.
Me cruzo de brazos, sintiendo cómo la irritación empezaba a hervir bajo mi piel.
—Habla claro.
John abre la carpeta. Esta llena de recortes de prensa, impresiones de campañas publicitarias y contratos marcados con notas adhesivas de colores.
—Tu imagen está construida alrededor de una narrativa muy concreta —dice, señalando una fotografía de Dafne y mía en una alfombra roja—. La pareja perfecta. Dos nombres conocidos. Dos carreras que se potencian, no que se estorban.
Desvio la mirada, sintiendo que me faltaba el aire. John se inclina hacia delante, bajando la voz.
—Escúchame. Esa chica parece encantadora, no tengo nada contra ella. Pero no es una figura pública. No mueve a los medios, no atrae patrocinadores, no vende esa historia aspiracional que tu público consume. Con Dafne, en cambio, el techo está mucho más alto. Si os ven juntos, todos os adoran. Imagina el impacto cuando anunciemos nuestra «relación».
Hace una pausa dramática. Siento cómo se me tensa la mandíbula hasta que me duele.
—¿De verdad estás hablando de personas como si fueran activos en una campaña de publicidad?
—Estoy hablando de negocios, Noah.
—Estás hablando de mi vida.
Las palabras quedan suspendidas en el aire, frías y cortantes.
—Precisamente porque es tu vida, estoy intentando que no la destruyas por un capricho.
Suelto una risa seca, sin rastro de humor.
—Qué curioso. Yo tengo la sensación de que me estás dictando cómo vivirla.
—Te estoy diciendo que pienses con la cabeza.
Abre otro documento y lo pone sobre la mesa.
—Hay contratos firmados para los próximos meses. Entrevistas pactadas. Apariciones públicas previstas con Dafne. Si ahora apareces con otra, la prensa empezará a escarbar. Los rumores crecerán como una plaga. Habrá titulares sobre engaños, montajes y crisis. Las marcas odian la incertidumbre y, ahora mismo, tú eres un mar de dudas.
Permanezco en silencio, asimilando cada palabra.
—¿Y cuál es tu solución? —pregunto finalmente.
—Deja de verla —responde, sin un ápice de remordimiento.
Levanto la cabeza lentamente, con una calma que me cuesta mantener.
—¿Perdón?
—Pon distancia. Ahora.
—¿Porque tú lo dices?
—Porque es lo más inteligente que puedes hacer.
Niego con la cabeza, riendo por lo bajo con incredulidad.
—No puedes pedirme eso.
—Sí puedo. No te estoy pidiendo que renuncies a ser feliz para siempre. Te pido que esperes.
—¿Y mientras tanto?
—Cumple tus compromisos. Mantén la farsa con Dafne hasta que termine la campaña. Después, veremos cómo reorganizamos tu imagen.
Suelto una carcajada amarga al escuchar sus palabras.
—«Reorganizar mi imagen». Qué sencillo suena.
—Así funciona este mundo, Noah.
—Pues quizá estoy cansado de este mundo.
John se puso en pie, mirándome con esa condescendencia que tanto detestaba.
—Te conozco desde que empezabas. Sé cuándo hablas desde el enfado y cuándo desde la convicción.
—Esta vez hablo desde la convicción.
—Entonces, déjame hacerte una última pregunta.
Espero hasta que me obligo a prestarle atención.
—¿Estás dispuesto a perder campañas, proyectos e incluso el favor del público por una relación que todavía ni siquiera ha empezado?
Respiré hondo. Por un segundo, la imagen de Sarah se cruzó por mi mente: su risa ante mis bromas, la paz que sentía cuando estábamos solos, lo sencillo que todo parecía a su lado. Comparé esa calidez con el frío de este despacho y la falsedad de la carpeta sobre la mesa.
—No quiero perder mi carrera —dije, siendo honesto conmigo mismo.
—Me alegra oír eso.
—Pero tampoco quiero perderme a mí mismo intentando conservarla.
El despacho vuelve a quedar en silencio, un silencio pesado y definitivo.
—Entonces tendrás que asumir que cualquier decisión tiene un precio.
—Lo sé.
Me dirigí hacia la puerta, sintiendo una pesadez extraña en el pecho, como si me quitara un peso de encima al tiempo que cargaba con otro. Antes de salir, me detuve y me giré.
—Solo hay una cosa en la que te equivocas, John.
—¿Cuál?
Esbocé una sonrisa leve, marcada por una tristeza que él nunca entendería.
—Dices que Sarah no aporta nada a mi carrera porque no es famosa. Pero es la única persona, en mucho tiempo, que me hace sentir que hay una vida real fuera de todo esto.
Salgo del despacho, sabiendo, por mucho que me duela, que la decisión ya está tomada.