Sarah
Esta noche decido salir con Lola para despejarme.
Necesito distraerme. Sentir algo distinto. Cualquier cosa que no sea pensar.
Vamos a un pub de la ciudad y, aunque no estoy acostumbrada, me animo a beber una copa… y luego otra.
El ruido, la música, las risas… todo empieza a confundirse en una sensación extraña, ligera, como si por fin pudiera respirar sin que doliera.
Estoy riéndome de algo que ha dicho Lola cuando, de repente, lo escucho.
Esa voz.
La reconocería en cualquier parte.
Levanto la mirada hacia el pequeño escenario improvisado junto al DJ.
Y lo veo.
Noah.
Por un segundo nuestras miradas se cruzan.
El mundo se detiene.
Siento un golpe seco en el pecho, como si todo lo que había intentado enterrar volviera de golpe.
Y entonces lo entiendo: me está cantando a mí.
Y no es una canción de amor.
Es algo más afilado. Más personal. Más cruel.
Por instinto, y sin pensar en las consecuencias, vuelvo a beber. Más de lo que debería, mucho más.
Siento unas manos firmes en mi cintura, pero me da igual; solo quiero que la cabeza deje de darme vueltas, solo quiero no pensar. El chico con el que estoy bailando me aprieta contra él, acercando su cara a la mía con intenciones demasiado claras, pero me aparto instintivamente. Él insiste, ignorando mi negativa, pero en un abrir y cerrar de ojos, alguien lo aparta de un empujón y le suelta un puñetazo seco.
Parpadeo, confundida, y ahí está Noah. Delante de mí. Cabreado. No, más que eso: está furioso.
—No vuelvas a tocarla —le advierte con una voz que hace que el aire a nuestro alrededor se enfríe.
Noto cómo la gente empieza a cuchichear y a mirarnos. El bochorno me golpea más fuerte que el alcohol, así que salgo del pub a trompicones, sintiéndome estúpida, molesta y hecha una mierda.
Apenas noto el frío de la noche en mi piel, el mareo me alcanza. Doblo una esquina y el cuerpo me traiciona: me agacho y vomito, apoyándome como puedo contra la pared fría. El mundo gira sin control. Me dejo caer al suelo, vencida, y escondo la cara entre mis manos.
Y entonces, todo lo que llevaba conteniendo durante semanas se derrumba. Empiezo a llorar sin consuelo, con un hipo que me corta la respiración.
—¿Sarah?
Levanto la cabeza de golpe. Noah está ahí. Se acerca rápido, con el ceño fruncido y una sombra de preocupación real en la mirada. Se agacha a mi lado y me observa.
—Has bebido… demasiado —dice en voz baja.
—¿No me digas? —Intento levantarme, pero el suelo se mueve bajo mis pies y él me sujeta de los brazos antes de que caiga.
Su contacto me quema, una descarga que odiaría sentir ahora mismo.
—Suéltame… —murmuro, aunque mis manos no tienen fuerzas para apartarlo.
—Estás fatal, Sarah.
—Qué observador eres… —Intento alejarme otra vez, pero el cuerpo no me responde. Río sin ganas, con una amargura que me duele en el pecho—. ¿Por qué has hecho eso ahí dentro? ¿Qué pasa? ¿Que yo no puedo ligar con otros chicos pero tú sí puedes aparecer de repente con una novia?
—Sarah… escúchame, es complicado.
—Para mí no lo es —lo interrumpo con la voz rota—. Para mí es sencillo: yo solo soy una fan. La niña tonta que cayó en tus encantos y con la que te has divertido un rato. Fácil. Muy fácil.
—No digas eso —protesta él, apretando la mandíbula.
—¿Qué parte? ¿La que es verdad?
Noah intenta ayudarme a levantar del suelo, tomándome por la cintura con firmeza, pero me estremezco.
—Voy a llevarte a casa.
—Ni me toques —le digo, aunque mis ojos suplicantes traicionan mis palabras.
Pero no tengo fuerzas ni para apartarlo.
Me carga prácticamente en brazos hasta su coche.
No discutimos más.
No hablamos.
Solo el silencio pesado entre los dos.
Cuando llegamos, me ayuda a subir hasta mi habitación.
La casa está demasiado callada.
Demasiado grande.
Se quita la chaqueta mientras me sienta en la cama, como si no supiera bien qué hacer con todo esto. Se agacha y empieza a quitarme los zapatos con cuidado. Luego se detiene. Sus manos suben hacia el borde de mi vestido y levanto la mirada de golpe.
Nos quedamos quietos.
Demasiado cerca.
Demasiado conscientes.
Y entonces sonrío… aunque es una sonrisa triste.
—Qué cosas, ¿eh? —susurro—. Hace unas semanas estábamos en la misma situación… pero al revés.
Noah traga saliva. Sus ojos bajan a mis labios. Se inclina apenas unos centímetros. Casi nada. Lo suficiente para que el aire entre los dos cambie, pero no llega a besarme. Se detiene y ese pequeño espacio que deja entre nosotros duele más que cualquier otra cosa. Se aparta lentamente.
—Descansa, Sarah.
Me tumbo en la cama sin fuerzas. El techo gira un poco.
Y antes de que se vaya, lo digo sin pensar, sin filtro, sin defensa.
—Me has roto entera… Noah.