Sarah
Durante la proyección del videoclip apenas soy capaz de concentrarme.
Ver nuestras escenas en la pantalla hace que todos los sentimientos que llevaba días intentando ignorar vuelvan de golpe.
Cada mirada.
Cada roce.
Cada sonrisa.
Se perfectamente que aquello es una interpretación. Y, aun así, mi corazón insiste en creer otra cosa. No dejo de mover la pierna ni un solo segundo. Mis dedos se retuercen unos con otros bajo el asiento. Hasta que, sin previo aviso, noto una mano sobre la mía. Me sobresalto. Noah. Ni siquiera me mira. Sigue observando la pantalla como si no hubiera hecho nada, pero su mano permanece sobre la mía. Cálida. Tranquila y, sin darme cuenta, dejo de temblar. La proyección termina entre aplausos. Todo el mundo parece encantado con el videoclip. Hay felicitaciones por todas partes.
Comentarios.
Risas.
Periodistas acercándose.
Yo apenas soy capaz de escuchar nada. Cuando Noah se levanta, pasa por mi lado rozando apenas mi brazo, solo un instante. Al bajar la vista descubro un pequeño papel doblado entre mis dedos.
Camerino 12. Cinco minutos.
Sin firma.
No hace ninguna falta.
Cinco minutos después estoy frente a la puerta con el corazón latiéndome demasiado deprisa. Quizá no debería haber ido. Quizá lo más sensato sería dar media vuelta. Quizá... La puerta se abre de golpe. Doy un pequeño respingo. Noah apoya un hombro contra el marco mientras sonríe.
—¿Sabes que es de mala educación quedarse mirando una puerta durante tanto tiempo?
—No estaba mirando.
—Claro.
—No estaba.
Sonríe divertido.
—Sarah, llevas medio minuto delante del camerino como si estuvieras resolviendo un examen de matemáticas.
Noto cómo me arden las mejillas.
—Eres insoportable.
—Y, aun así, has venido.
Maldita sea.
Entro antes de darle el gusto de seguir burlándose. El camerino es mucho más grande de lo que esperaba. Hay flores, regalos, botellas de agua y varias bolsas de marcas de lujo repartidas por todas partes. Noah cierra la puerta con suavidad. El clic de la cerradura resuena más de la cuenta. Mi corazón decide acelerarse todavía más. Ridículo. Completamente ridículo.
—¿Qué querías?
Él arquea una ceja.
—¿Tan directa?
—Sí.
Se lleva una mano al pecho.
—Pensaba empezar preguntándote qué te había parecido el videoclip.
—Me ha gustado.
Frunce el ceño exageradamente.
—¿Solo gustado?
Asiento.
—Sí.
Se señala a sí mismo.
—Yo creo que he salido especialmente atractivo.
Pongo los ojos en blanco.
—Tu humildad sigue intacta.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Sonríe.
—Lo he decidido yo.
No puedo evitar que una pequeña sonrisa escape de mis labios. Dura apenas un segundo. Pero él la ve. Claro que la ve.
—Ahí está.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—La sonrisa.
Intento volver a poner cara seria.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Acorta la distancia entre nosotros. Solo un paso. Pero el aire del camerino parece hacerse mucho más denso.
—Te ha gustado el videoclip.
—Ya te he dicho que sí.
Niego despacio.
—No hablo del videoclip.
Mi respiración tropieza. Levanta la vista. Él sigue observándome con esa mezcla de picardía y algo mucho más difícil de descifrar. Entonces baja la mirada.
—¿Llevas las Converse debajo de ese vestido?
Parpadeo.
—¿Cómo...?
Una risa escapó de sus labios.
—Ni te imaginas lo incómodos que son los tacones.
—Ahora todo tiene sentido.
Niega con la cabeza, divertido.
—Consigues venir a un estreno vestida de gala... y llevar zapatillas escondidas.
Me encojo de hombros.
—No quería morirme de dolor.
Él me observa unos segundos más. Esta vez sin bromear.
—Estás preciosa.
Siento que vuelve a faltarme el aire. Se acerca apenas unos centímetros. Lo suficiente para que nuestras respiraciones empiecen a mezclarse.