Bajo las luces de Miami

Capítulo 39

Sarah

Después del estreno, me prometí no pensar en él. Fue una decisión sencilla. O eso creí. El problema es que las decisiones sencillas nunca duran demasiado cuando se trata de Noah Walker. Al día siguiente, el timbre suena a media mañana. No espero a nadie. Abro la puerta con el pelo recogido de cualquier manera y una sudadera demasiado grande. El repartidor me entrega una caja pequeña sin remitente.

—¿Esto?

—Entrega urgente —responde sin más.

Y se marcha. Qué raro. Cierro la puerta despacio. La miro durante unos segundos antes de sentarme en el sofá. No debería abrirla. Esa es mi primera idea. La segunda es abrirla igual. Obviamente gana la segunda. Dentro hay una sola cosa. Una fotografía. Del rodaje del videoclip. La reconozco al instante. El fondo, las luces, el caos del set. Y nosotros. Noah detrás de mí. Dándome instrucciones que yo claramente estaba ignorando. Yo riéndome. Demasiado. Demasiado cómoda. Demasiado… yo. Me quedo inmóvil. El aire cambia. Como si alguien hubiera entrado en la habitación sin avisar. Doy la vuelta a la foto. Hay una nota escrita a mano. Solo unas líneas:

“Sigues sonriendo raro cuando te pones nerviosa.

—N.”

El estómago se me aprieta. Levanto la vista, como si esperara encontrarlo escondido en algún rincón del salón. Nada. Por supuesto que nada. Pero su voz está ahí igual. En mi cabeza. Insoportable. Me levanto de golpe.

—¿Qué te crees que estás haciendo? —murmuro.

Como si pudiera oírme. Como si le importara. Camino por la habitación con la foto en la mano. No tiene derecho. No tiene derecho a aparecer en mi vida cuando le da la gana, a escribir notas como si nada, a recordarme cosas que intento olvidar. A hacerme sentir esto. Esto que no quiero nombrar. Dejo la foto sobre la mesa. La miro. La vuelvo a coger. La vuelvo a dejar. Resoplo.

—Idiota…

Pero no la tiro. No la rompo. No la devuelvo. Solo la miro otra vez. Y entonces hago lo único que no esperaba hacer. La guardo. En un cajón. Como si así pudiera fingir que no significa nada. Como si esconderla la hiciera menos real. Pero incluso mientras cierro el cajón, sé la verdad. No la he guardado para olvidarla. La he guardado para poder volver a verla. Salgo a dar una vuelta para despejarme. O, al menos, esa era la intención. Pero resulta imposible. Noah está en todas partes. En las marquesinas de los autobuses. En enormes carteles publicitarios. En las pantallas de las tiendas de electrónica, donde el videoclip no deja de repetirse una y otra vez. Y, para colmo, yo también aparezco a su lado. Ver nuestras imágenes por toda la ciudad hace que el pecho se me encoja. Es como si no pudiera escapar de él. Ni siquiera caminando sin rumbo.

Voy tan distraída mirando una pantalla que termino chocando con alguien.

—¡Perdona! —digo, dando un paso atrás.

—No, perdona tú.

Levanto la vista. El chico que tengo delante me sonríe con tanta tranquilidad que hace que yo también me relaje un poco. Lleva una cámara profesional colgada del cuello. Me observa durante unos segundos antes de fruncir ligeramente el ceño.

—Un momento... ¿eres tú?

Parpadeo sin entender.

—¿Qué?

Sigue mi mirada hasta el escaparate que tengo detrás. En una de las televisiones aparece una escena del videoclip. Yo. Junto a Noah.

—Ah...

No puedo evitar una pequeña mueca.

—Sí... supongo que sí.

Él sonríe con entusiasmo.

—Vaya, qué casualidad.

Se rasca la nuca, como si dudara si decir lo siguiente.

—Perdona si suena un poco raro, pero... ¿alguna vez has pensado en hacer una sesión de fotos profesional?

Lo miro completamente confundida.

—¿Perdón?

Él suelta una pequeña risa.

—Creo que debería haber empezado por presentarme.

Levanta la cámara unos centímetros.

—Soy fotógrafo.

Ahora todo cobra sentido.

—Ah...

Asiento despacio.

—Eso explica muchas cosas.

—Lo prometo, no voy por la calle ofreciéndole sesiones de fotos a cualquiera.

Consigue arrancarme una sonrisa.

—Bueno... igual un poco sí.

Río por lo bajo.

Él continúa.

—No sé si piensas seguir haciendo trabajos como el videoclip, pero creo que tienes mucha naturalidad delante de la cámara.

Niego enseguida.

—No, no... aquello fue algo puntual.

—Puede ser.

Se encoge de hombros.

—O puede que descubras que te gusta.

Abre la mochila y busca una tarjeta.

—Toma.

Me la entrega.

—Mañana estaré en el estudio a partir de las diez. Si al final te apetece probar, pásate. Sin compromiso.

Observo la tarjeta unos segundos. Después vuelvo a mirarlo.

—Gracias.

Él me tiende la mano.

—Soy Marcus, por cierto.

Le estrecho la mano con timidez.

—Sarah.

—Encantado.

Sonríe antes de empezar a alejarse.

—Y espero que aceptes mi oferta.

Lo veo marcharse calle abajo. Después vuelvo a bajar la vista hacia la tarjeta. No sé en qué momento mi vida se ha vuelto tan extraña. Hace apenas unas semanas pasaba completamente desapercibida. Y ahora un fotógrafo me para por la calle para ofrecerme un trabajo. Sonrío sin darme cuenta. Quizá aceptar no sea tan mala idea. Al fin y al cabo... Necesito algo que consiga mantener mi cabeza ocupada. Y, por una vez, que no tenga nada que ver con Noah.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.