Estoy en mi habitación con Lola, terminando de prepararme. Marcus me estará esperando en el estudio para continuar con la sesión de fotos, y aunque intento mantener la calma, los nervios me recorren la piel.
—Como Kate se entere, me mata —murmuro, ajustándome la chaqueta.
Lola se ríe mientras perfila sus labios con precisión.
—Tranquila. Seguro que no es para tan…
—¡Sarah! —el grito de mi hermana desde la planta de abajo interrumpe el silencio.
Lola y yo nos miramos. La complicidad del momento se evapora.
—Creo que ya se ha enterado —susurra ella. Mierda.
Bajamos las escaleras despacio. Kate nos espera en el salón, con los brazos cruzados y el móvil en la mano. No hace falta ser adivina para saber qué está mirando.
—¿Me puedes explicar por qué tu cara está en todas las marquesinas de la ciudad? ¿Y con ese… tío?
Respiro hondo, obligándome a mantener la compostura.
—Relájate, Kate. Solo ha sido un trabajo. Surgió sin más.
—He visto el videoclip, Sarah.
—Ya no soy una niña —mi voz suena más firme, más adulta de lo que esperaba—. Deberías empezar a darte cuenta.
Kate me observa, analizando cada gesto.
—¿En qué momento ha pasado todo esto? ¿Estáis juntos o no?
El corazón se me detiene un segundo. Ojalá pudiera decir otra cosa.
—No —trago saliva—. Solo ha sido trabajo. Ha surgido sin más.
Kate suspira, frustrada.
—Te estás descontrolando demasiado.
Sonrío con una tristeza que no quiero que note.
—Bueno… queríais que viviera un verano inolvidable, ¿no? —cojo el bolso del sofá—. Pues eso estoy haciendo.
Salgo de casa antes de que pueda replicar, cerrando la puerta con un poco más de fuerza de la necesaria. Inolvidable, sí. Pero no precisamente por las razones que ellos esperaban.
La sesión con Marcus transcurre mucho mejor de lo que imaginaba. Tiene una paciencia infinita; nunca me obliga a posar, simplemente habla conmigo hasta que olvido la lente y me pierdo en la conversación. Y cuando eso ocurre, las fotografías salen solas, naturales.
Al terminar, me enseña algunas en la pantalla y no puedo evitar sonreír.
—Me gustan mucho.
—Entonces mañana seguimos con el resto de la campaña —dice él, satisfecho.
—Claro —asiento—. ¿A las diez?
—Sí —se ríe—. Y esta vez prometo no hacerte esperar media hora.
—Más te vale.
—Invito al café para compensarlo.
—Trato hecho.
—Vaya…
La voz hace que ambos nos giremos al instante. Noah acaba de entrar en el estudio. Lleva una gorra, gafas de sol y una sudadera gris enorme. Intenta pasar desapercibido, pero con su presencia es imposible. Su mirada encuentra la mía enseguida, luego salta a Marcus, vuelve a mí y otra vez a Marcus. Un escaneo rápido y letal.
—¿Interrumpo algo? —pregunta, quitándose las gafas con calma.
—Sí —respondo antes de que Marcus pueda abrir la boca.
Noah se lleva una mano al pecho, fingiendo un dolor extremo.
—Qué recibimiento tan cálido. Me haces sentir un intruso.
Marcus sonríe con educación.
—Hola.
—Hola —responde Noah, cortante.
Se hace un silencio bastante incómodo.
—Noah, él es Marcus.
—Lo había deducido —dice él, sin dejar de mirar al fotógrafo.
Marcus le tiende la mano.
—Encantado.
Noah la estrecha. Quizá con un poco más de fuerza de la necesaria.
—Igualmente.
Marcus frunce apenas el ceño, confundido. Yo me muerdo el labio para no reírme de la escena.
—Bueno… yo me voy —dice Marcus, recogiendo sus cosas con rapidez—. Hasta mañana, Sarah.
—Hasta mañana.
Cuando desaparece, Noah sigue mirando hacia la puerta, como si esperara que Marcus volviera para darle otra lección.
—Parece simpático —comenta Noah.
—Lo es.
—Muy alto —añade, con un deje de fastidio.
Lo miro, arqueando una ceja.
—¿Perdón?
—Nada.
Empiezo a guardar mis cosas en el bolso con movimientos mecánicos, intentando ocultar lo alterada que estoy por su presencia.
—¿Qué haces aquí? —pregunta él, observándome con esa curiosidad que siempre me descoloca.
—¿No lo has visto? —respondo, señalando el set con un gesto vago.
Él se encoge de hombros y se apoya sobre la mesa, invadiendo mi espacio con una tranquilidad que me irrita.
—Si lo he visto, pero no entiendo desde cuándo tú tienes sesiones de fotos…
—Desde que salgo en un videoclip de Noah Walker, al parecer —digo, sin levantar la vista.
—Oye, que no me estoy quejando —dice con una media sonrisa—. Solo… impresionado.
Lo ignoro, centrada en la cremallera de mi mochila. Él se inclina un poco más, bajando la voz:
—¿Te ha invitado a un café?
—Sí.
—Qué original.
—¿Tienes algún problema con el café?
—Con el café, no.
—¿Entonces? —levanto una ceja, desafiándolo.
Suspira.
—Con Marcus.
No puedo evitar soltar una carcajada.
—¿Estás celoso?
Abre mucho los ojos.
—¿Yo? —niega con una exageración que delata sus nervios—. Por favor.
Cruzo los brazos, disfrutando el momento.
—Lo acabas de analizar de arriba abajo.
Él esboza una sonrisa peligrosa.
—Solo estaba estudiando a mi competencia.
En cuanto termina la frase, se queda callado. Yo también. Se da cuenta de lo que ha dicho y carraspea.
—Quería decir…
Sonrío.
—Noah…
Se pasa una mano por la nuca, un gesto de frustración que me encanta.
—Ha sido una mala elección de palabras.
—Muchísimo.
Empiezo a divertirme de verdad.
—Ahora quiero saber desde cuándo tienes competencia.
Él tarda unos segundos en responder. Demasiados.
—Desde que tú sonríes a otros chicos.
Mi corazón da un vuelco. Ya no está bromeando, y ese cambio en el aire me asusta.
—No tienes derecho a decir eso —susurro.
Su sonrisa desaparece.
—Lo sé.
—Sales en todas las revistas con Dafne.