Noah
El sonido del caos es un eco lejano mientras saco a Sarah de allí. La gala ha quedado atrás, convertida en un zumbido de flashes y susurros de gente que no tiene ni idea de lo que acaba de ver. Me la llevo lejos del centro de atención, hacia la salida de emergencia, buscando el alivio de la noche fresca.
En cuanto la puerta se cierra tras nosotros y el silencio nos envuelve, la adrenalina empieza a ceder paso a algo mucho más profundo. La apoyo suavemente contra la pared de piedra del edificio, mis manos recorriendo sus brazos, asegurándome de que es real.
—¿Estás bien? —le pregunto, con la voz todavía un poco ronca por la tensión del escenario.
Sarah me mira y, a pesar de que está despeinada y sus ojos brillan por la emoción, sonríe. Es una sonrisa pequeña, tímida, esa misma sonrisa que me cautivó desde el primer día que la conocí, la que siempre me ha hecho querer protegerla de todo.
—Estoy… abrumada —confiesa, dejando escapar un suspiro largo—. Has prendido fuego a toda mi vida en cinco minutos, Noah.
Me río, un sonido que suena extraño en medio de tanta calma. Me acerco a ella, atrapándola en mi espacio, necesitando sentir que no va a desaparecer.
—Tu vida ya estaba en llamas, Sarah. Yo solo he dejado de intentar apagar el incendio —le digo, apartándole un mechón de pelo de la cara—. Me he sentido como un idiota cada segundo que he tenido que fingir frente a Dafne. Verte ahí, entrando en ese salón… has sido lo más valiente que he visto nunca.
Ella se muerde el labio inferior, ese gesto que siempre me ha vuelto loco. —Casi me mato con esos tacones, Noah. Ha sido patético.
—Ha sido perfecto —la corrijo, besándole suavemente la frente—. Te he visto entrar, y por un momento, me he olvidado de que estaba en una gala, de que tenía un premio en la mano y de que todo el mundo me estaba mirando. Solo eras tú. Y me he dado cuenta de que, si no lo decía ahí, frente a todos, iba a terminar perdiéndote. Y esa es una posibilidad que no pienso contemplar ni en mis peores pesadillas.
Sarah se relaja contra mí, apoyando la cabeza en mi hombro. Siento cómo sus dedos juegan con el borde de mi chaqueta.
—¿Y ahora? —pregunta, con ese tono vulnerable que siempre me hace querer darle el mundo—. ¿Qué va a pasar con todo esto? Dafne, la prensa…
—Ahora vamos a irnos de aquí —le digo, tomando sus manos y entrelazándolas con las mías—. No me importa nada más. Mañana nos despertaremos y todo será diferente, sí. Pero hoy… hoy solo quiero estar contigo, lejos de las miradas de esa gente que no entiende nada.
La miro a los ojos, sintiendo una paz que no conocía desde hace mucho tiempo. Sarah es mi ancla, mi hogar, la única persona que ha visto a través de mis sombras y se ha quedado.
—¿Sabes qué es lo mejor? —añado, con un brillo divertido en los ojos—. Que ya no tengo que esconderte. No tengo que esperar a que estemos solos, ni buscar excusas para hablar contigo. Ahora, si quiero besarte, lo haré. Y si el mundo quiere mirar, que mire.
Ella suelta una risita, y por fin, esa timidez suya que tanto amo se disuelve en una seguridad nueva, una que hemos construido juntos. Me acerca a ella y me da un beso corto, dulce, un sello de nuestra nueva realidad.
—Tengo hambre —dice de repente, con un tono juguetón que me hace sonreír—. Y ya no llevo tacones.
—¿Ah, no? —bajo la mirada hacia sus pies. Efectivamente, se los ha quitado.
—No —dice ella, encogiéndose de hombros con una sencillez que me desarma—. Y tengo mis zapatillas en el coche de Kate. Así que, señor Walker, ¿me lleva a comer algo?
Le tomo la mano, sintiendo que, por primera vez en años, el futuro no es algo que me da miedo, sino algo que estoy deseando construir a su lado.
—A donde tú quieras, bella durmiente. A donde tú quieras.