Corazón valiente
Eliana
El teléfono vibró otra vez en mi mano, como si insistiera en recordarme que todavía existía un hilo invisible que me ataba a él. Lo sostuve sin mirar la pantalla durante largos segundos, respirando despacio, tratando de convencerme de que no iba a romperme si lo leía. Pero la verdad era otra: ya estaba rota. Desde mucho antes.
Kelian seguía escribiendo.
Yo lo sabía.
Lo sentía en el pecho.
Cada mensaje suyo era una mezcla de alivio y tortura. Alivio porque seguía ahí, porque no me había olvidado. Tortura porque cada palabra suya confirmaba que yo estaba haciendo lo que más dolía… lo que creía correcto.
Me senté en la cama del cuarto de huéspedes, con la espalda apoyada contra la pared y las rodillas recogidas contra el pecho. La casa de mi primo era tranquila, distinta a todo lo que había sido mi vida en los últimos meses. No había música fuerte, ni luces brillantes, ni recuerdos colgados de cada rincón. Solo silencio. Un silencio que, por primera vez, no me exigía nada.
Abrí el chat.
Mis dedos temblaban tanto que tuve que detenerme varias veces antes de escribir. No quería sonar cruel. No quería sonar fría. Pero tampoco podía permitirme sonar débil.
Escribí despacio, como quien se despide sabiendo que no habrá marcha atrás:
“No me busques más.
Por favor.
Sé feliz sin mí.”
Cuando envié el mensaje, sentí un vacío inmediato, como si algo dentro de mí se hubiera desprendido para siempre. Dejé el celular boca abajo sobre la cama, como si así pudiera evitar que el mundo siguiera avanzando.
—Así es mejor… —susurré al aire—. Así no te destruyen. Así no te obligan a elegir entre tu vida y yo.
Las lágrimas comenzaron a caer sin ruido, empapando la almohada. No eran lágrimas escandalosas, ni desesperadas. Eran silenciosas, cansadas. Lágrimas de alguien que ama demasiado como para quedarse.
Taylor
—Eliana… —dijo una voz suave desde la puerta—. ¿Sigues despierta?
Levanté la mirada lentamente.
Taylor estaba ahí, apoyado contra el marco, observándome con esa expresión tranquila que siempre había tenido desde niños. Moreno, de ojos azules serenos, el cabello castaño ondulado un poco desordenado, como si nunca terminara de domarlo del todo. Vestía sencillo, pero su presencia llenaba el espacio de una calma que yo había olvidado que existía.
—Perdón… —murmuré—. No quería desvelarte.
Él negó con la cabeza y entró al cuarto sin hacer ruido, como si temiera asustarme.
—No tienes que disculparte por estar rota —dijo con firmeza tranquila—. Aquí no tienes que ser fuerte. Aquí solo tienes que ser tú.
Eso fue suficiente.
Me levanté y lo abracé con una necesidad infantil, como quien llega a casa después de haberse perdido durante demasiado tiempo. Taylor no dijo nada, no preguntó nada. Solo me rodeó con los brazos y me sostuvo como si yo fuera una hermana pequeña a la que había que proteger del mundo.
—Te quedas el tiempo que necesites —añadió—. Este lugar es tu refugio. Nadie va a venir a sacarte de aquí.
Vivía en un pueblito cercano a Nueva Orleans, lo suficientemente lejos como para no sentir el ruido de la ciudad, pero lo bastante cerca como para que el río y la música todavía respiraran en el aire. Casas antiguas de madera, flores en los porches, cafeterías pequeñas donde la gente se saludaba por su nombre. Nadie sabía quién era yo. Nadie esperaba nada de mí.
—Aquí el mundo va más despacio —le dije más tarde, sentada en el porche mientras la noche caía—. Como si no supiera que estoy rota.
—Eso es lo bonito —respondió Taylor—. Aquí puedes reconstruirte sin que nadie te mire hacerlo.
Bajé la mirada hacia mis manos.
—¿Y si amarle fue un error? —pregunté en voz baja.
Taylor me miró con seriedad, sin suavizar la verdad.
—Amar nunca es un error —dijo—. El error es olvidarte de ti misma por amor. Y tú… tú te estabas perdiendo.
Sus palabras se quedaron conmigo, clavadas, necesarias.
Kelian
El mensaje apareció en la pantalla como un golpe seco.
No me busques más. Sé feliz sin mí.
Me quedé mirándolo sin parpadear, como si las letras pudieran cambiar si las observaba el tiempo suficiente. No había rabia en ese mensaje. No había reproche. Solo despedida. Una despedida hecha de miedo y sacrificio.
—Esto no es felicidad… —murmuré—. Esto es protección.
Apreté el celular con fuerza, luchando contra el impulso de salir corriendo a buscarla, de gritar su nombre por toda la ciudad. Pero algo dentro de mí entendía que forzarla sería perderla para siempre.
—No voy a obligarte —susurré—. Pero tampoco voy a olvidarte.
Miré Nueva Orleans desde la ventana del hotel. La ciudad seguía viva, ajena a mi guerra interna. Música, luces, promesas rotas flotando en el aire húmedo.
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Editado: 30.01.2026