Buscando un amor y un destino
Evangs
A veces me pregunto por qué la vida es así conmigo.
Si en el fondo… yo misma me lo busqué.
Quise ser correcta, quise cumplir, quise demostrar que podía sostener un apellido, un matrimonio, una imagen perfecta. Me casé por honor, por orgullo, por celos… por todo aquello que vi entre Kelian y Eliana y que me hizo sentir pequeña, reemplazable, invisible. Me convencí de que el amor no era necesario, de que bastaba con el respeto y el silencio.
Mentí.
Yo también quise que alguien me amara de verdad.
Desde aquel día en el ascensor, cuando iba con Eliana y nos encontramos con Kelian, algo se quebró dentro de mí. No fue Kelian lo que me inquietó… fue el hombre que estaba a su lado. El primo. El que no hablaba demasiado, pero miraba como si pudiera ver a través de las personas.
Taylor.
No debí sentir nada.
No debía.
Pero lo sentí.
Ahora lo veo otra vez, al otro lado del parque, caminando despacio, como si tampoco tuviera prisa por llegar a ningún lugar. El gato negro camina junto a mí, silencioso, observando todo con los mismos ojos que heredé de mi madre. Me detengo. Él también.
Nos miramos.
Y por un segundo, el mundo se queda quieto.
Pienso en acercarme. En decir algo. Cualquier cosa. Pero el miedo pesa más que el deseo. ¿Qué podría ofrecer yo, una mujer casada sin amor, atrapada en decisiones que ya no me representan?
Aprieto los dedos dentro del abrigo.
Tal vez… no hoy.
Taylor
Nunca fui bueno leyendo destinos.
Pero sí aprendí a leer miradas.
Y la suya… pesa.
La veo al otro lado del parque, erguida, elegante, sola incluso cuando parece acompañada. Hay algo roto en ella, algo que no se grita, algo que se aprende a cargar en silencio. No debería importarme. No es mi historia. Yo vine a proteger a Eliana, a asegurarme de que nada ni nadie vuelva a hacerle daño.
Y aun así… ahí está Evangs.
Desde ese día en el ascensor su imagen se me quedó grabada como una pregunta sin respuesta. No es belleza lo que me inquieta. Es su forma de sostenerse, como si el mundo le exigiera demasiado y ella se negara a caer.
Nuestros ojos se encuentran otra vez.
No sonrío.
Ella tampoco.
Pero hay algo que se reconoce.
Pienso en acercarme. En preguntarle si siempre camina sola. En decirle que a veces uno no elige bien… pero aún puede elegir distinto. Sin embargo, me detengo. No quiero ser un error más en la vida de alguien que ya ha pagado suficiente.
Doy un paso atrás.
Ella también.
Y aun así, ninguno de los dos se va.
Tal vez no sea el momento.
Tal vez lo sea… y simplemente aún no lo sabemos.
Mientras me alejo, tengo una certeza que no puedo explicar:
Esta historia no termina aquí.
Solo está esperando el día en que uno de los dos tenga el valor de romper el silencio.
....
Me quedo ahí, de pie, cuando él ya no está.
No me muevo enseguida. No porque espere que vuelva, sino porque si doy un paso más, siento que algo dentro de mí va a romperse de verdad. El parque sigue igual: los árboles desnudos, el cielo pálido, el aire frío que cala hasta los huesos. Todo sigue… menos yo.
Siempre fui buena siguiendo reglas.
Las de mi familia.
Las de mi apellido.
Las de una vida que se suponía correcta.
Me enseñaron que el amor era un lujo, no una necesidad. Que una mujer como yo debía elegir con la cabeza, no con el corazón. Y yo obedecí. Me casé creyendo que el tiempo haría el resto, que el respeto se convertiría en afecto, que el silencio sería suficiente compañía.
No lo fue.
A veces, en las noches más largas, me pregunto en qué momento exacto dejé de ser una mujer para convertirme en un papel que debía interpretar. La esposa perfecta. La figura impecable. La sombra elegante de un hombre que nunca me miró como yo necesitaba.
Y entonces apareció él.
Taylor no hizo nada extraordinario. No me prometió nada. Ni siquiera me habló. Y tal vez por eso me desarmó. Porque no me vio como un deber, ni como una obligación, ni como un trofeo. Me vio… y eso fue suficiente para que algo despertara en mí.
Desde aquel ascensor, su presencia se volvió una pregunta constante.
¿Por qué ahora?
¿Por qué así?
¿Por qué alguien que no puedo tener?
Me llevo una mano al pecho, como si pudiera calmar este latido inquieto que no entiende de conveniencias ni de promesas rotas. No soy libre. Y lo sé. Pero tampoco soy feliz, y eso… ya no puedo seguir ignorándolo.
Miro el camino por donde él se fue.
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Editado: 30.01.2026