Bajo las Luces de París

CAPITULO 1

París no era tan grande

Camille despertó con el sonido de las campanas de una iglesia cercana.

Durante unos segundos permaneció completamente quieta, mirando el techo blanco del pequeño apartamento.

No reconocía aquella habitación.

Entonces recordó.

París.

Abrió los ojos por completo.

La luz grisácea de la mañana entraba por las cortinas y dibujaba sombras sobre las paredes. Había cajas todavía sin abrir junto a la puerta, una maleta apoyada contra el armario y varias hojas de papel esparcidas sobre el pequeño escritorio.

Su nueva vida todavía parecía un borrador.

Camille se incorporó lentamente y miró el reloj.

7:18.

—Genial… —murmuró.

Era su primer día en la Escuela de Artes y Diseño de París.

Y ya iba tarde.

Saltó de la cama, abrió una de las maletas y comenzó a buscar ropa.

Después de varios minutos encontró un suéter oscuro, unos jeans y su abrigo. Se recogió el cabello de cualquier manera y se miró rápidamente en el espejo.

No quería llamar la atención.

Ese había sido su propósito desde que llegó.

Empezar de nuevo.

Ser una persona diferente.

O, al menos, una versión de sí misma que no tuviera que explicar constantemente su pasado.

Tomó su cuaderno de dibujos del escritorio.

Antes de guardarlo en su bolso, lo abrió.

La primera página estaba llena de dibujos antiguos.

Calles.

Personas.

Edificios.

Paisajes.

Y, en una de las últimas páginas, estaba el dibujo que había hecho la noche anterior.

El Sena.

Las luces reflejadas en el agua.

La silueta de la Torre Eiffel a lo lejos.

Y, en una esquina de la página, había escrito una pequeña frase:

Quizá comenzar de nuevo no significa olvidar.

Camille frunció el ceño.

No recordaba haber escrito aquello.

Cerró el cuaderno rápidamente.

No quería pensar.

No aquella mañana.

Guardó sus cosas y salió del apartamento.

París era completamente diferente durante el día.

La noche anterior había parecido casi irreal.

Las luces doradas, el río, los edificios antiguos y aquella conversación inesperada con un desconocido habían convertido la ciudad en algo parecido a un sueño.

Pero a las ocho de la mañana París era ruido.

Personas caminando rápidamente.

Bicicletas pasando junto a ella.

Automóviles.

Turistas.

Cafés llenos.

Camille avanzaba mirando constantemente el mapa de su teléfono.

—¿Dónde está esta calle…?

Giró a la derecha.

Se detuvo.

Miró nuevamente el teléfono.

—No.

Volvió a caminar.

Cinco minutos después se dio cuenta de que había tomado la dirección equivocada.

Suspiró.

—Primer día perfecto.

Una pequeña cafetería llamó su atención.

El lugar tenía grandes ventanas y varias mesas pequeñas en el exterior. Dentro, unas lámparas amarillas iluminaban las paredes de ladrillo.

Camille miró el reloj.

7:52.

Todavía tenía tiempo.

Entró.

El aroma del café recién hecho y de los croissants calientes llenaba el lugar.

Se sentó junto a una ventana.

—Un chocolate caliente y un croissant, por favor.

La camarera asintió y se alejó.

Camille sacó su cuaderno.

Era una costumbre.

Cuando estaba nerviosa, dibujaba.

Cuando estaba triste, dibujaba.

Cuando no sabía qué hacer, dibujaba.

Abrió una página nueva y comenzó a trazar las líneas de los edificios que veía desde la ventana.

Estaba tan concentrada que no escuchó cuando alguien se acercó a su mesa.

—Creo que esto es tuyo.

Camille levantó la mirada.

Y se quedó completamente quieta.

Adrien.

El chico de la noche anterior.

El mismo cabello ligeramente despeinado.

La misma mirada tranquila.

La misma sonrisa que parecía aparecer justo cuando él quería.

Y en su mano llevaba un cuaderno.

Camille miró el objeto.

—No es mío.

Adrien bajó la mirada hacia el cuaderno.

—Entonces cometí un error.

—Eso parece.

Él sonrió.

—Buenos días para ti también.

Camille intentó volver a concentrarse en su dibujo.

—Buenos días.

Adrien no se fue.

Ella lo miró.

—¿Necesitas algo?

—Estoy intentando descubrir por qué una persona que dice no estar triste estaba dibujando sola junto al Sena a medianoche.

Camille cerró lentamente el lápiz.

—¿Siempre recuerdas a todas las personas que conoces?

—No.

—Entonces, ¿por qué me recuerdas?

Adrien se encogió de hombros.

—Porque eras interesante.

Camille no supo qué contestar.

Por suerte, la camarera apareció con su desayuno.

—Aquí tienes.

—Gracias.

Adrien miró la taza.

—¿Chocolate caliente?

—Sí.

—Pensé que bebías café.

—¿Por qué?

—Pareces una persona que bebe café.

Camille levantó una ceja.

—¿Y cómo se supone que luce una persona que bebe café?

Adrien pensó unos segundos.

—Cansada.

Camille soltó una pequeña risa.

Fue involuntaria.

Y cuando se dio cuenta, intentó ocultarla.

Adrien la observó con una sonrisa.

—Así que sí sabes sonreír.

Camille tomó un sorbo de chocolate.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Ella negó con la cabeza.

Por alguna razón, hablar con él no resultaba tan incómodo como debería.

Y eso era precisamente lo que le preocupaba.

Camille había llegado a París para no depender de nadie.

Para no acercarse demasiado a las personas.

Para no permitir que alguien volviera a conocerla de verdad.

Sin embargo, aquel desconocido parecía empeñado en hacer exactamente lo contrario.

—¿Tú qué haces aquí? —preguntó ella.

Adrien señaló la silla frente a ella.

—¿Puedo?

Camille dudó.

Finalmente asintió.



#10989 en Novela romántica
#5241 en Otros
#698 en Aventura

En el texto hay: romance prohibido

Editado: 19.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.