Bajo las Luces de París

CAPITULO 2

No dormí bien aquella noche.

No porque estuviera incómoda en el apartamento.

Tampoco porque las campanas de la iglesia me hubieran despertado otra vez.

Fue por una frase.

Una simple frase escrita debajo de mi dibujo.

No todas las personas que llegan a tu vida vienen para quedarse. Algunas llegan para enseñarte que todavía puedes volver a confiar.

La había leído tantas veces que prácticamente podía verla con los ojos cerrados.

Estaba sentada en el suelo de mi habitación, con la espalda apoyada contra la cama y el cuaderno abierto sobre las piernas.

Miré las palabras una vez más.

—¿Por qué escribiste eso? —murmuré.

Obviamente, Adrien no estaba allí para responderme.

Cerré el cuaderno.

Intenté convencerme de que no significaba nada.

Quizá solamente era una frase bonita.

Quizá él escribía frases así en todos los dibujos que veía.

Quizá ni siquiera había pensado demasiado antes de escribirla.

Sí.

Eso tenía que ser.

Era mucho más sencillo pensar eso.

Me levanté y dejé el cuaderno sobre el escritorio.

No iba a pensar en Adrien.

No iba a pensar en su sonrisa.

Ni en la forma en que había mirado mi dibujo.

Ni en cómo había conseguido hacerme reír durante mi primer día.

Y definitivamente no iba a preguntarme si él también estaría pensando en mí.

Me metí en la cama.

Cinco minutos después volví a levantarme.

Tomé el cuaderno.

Lo abrí.

Volví a leer la frase.

—Esto es ridículo.

Lo cerré nuevamente.

Esta vez decidí dejarlo sobre el escritorio.

A la mañana siguiente me desperté antes de que sonaran las alarmas.

6:32.

Miré el techo.

No tenía sueño.

Eso era extraño.

Normalmente necesitaba que alguien me sacara de la cama.

Pero aquella mañana tenía una sensación extraña.

Como si estuviera esperando algo.

Me levanté, me vestí y preparé mis cosas.

Antes de salir, tomé el cuaderno.

Lo dudé durante unos segundos.

Después lo guardé en el bolso.

No sabía por qué.

Simplemente sentía que debía llevarlo.

Salí del apartamento.

París estaba cubierta por una ligera neblina.

Caminé hacia la escuela intentando disfrutar del trayecto.

Había algo diferente en las calles.

O quizá era yo.

El día anterior había sentido que todo era desconocido.

Ahora reconocía algunas esquinas.

La cafetería.

La pequeña librería de la esquina.

El edificio donde había visto a un hombre tocar el violín.

Sonreí.

Quizá estaba empezando a sentir que pertenecía un poco a aquel lugar.

Entré a la cafetería.

La misma de ayer.

Me senté junto a la ventana.

—¿Lo de siempre? —preguntó la camarera.

Me sorprendí.

—¿Ya me recuerda?

—Chocolate caliente y croissant.

Sonreí.

—Sí.

Mientras esperaba, saqué mi cuaderno.

Abrí una página nueva.

Comencé a dibujar la calle.

Pero esta vez no estaba sola.

Dibujé dos personas caminando.

Una llevaba una mochila.

La otra tenía las manos en los bolsillos.

Me quedé mirando el dibujo.

Fruncí el ceño.

No.

Eso no podía estar pasando.

Cerré el cuaderno.

—¿Qué estás haciendo?

Casi salté de la silla.

Levanté la cabeza.

Adrien.

Otra vez.

—¿Tú qué haces aquí?

Señaló la cafetería.

—Desayunar.

—¿Todos los días desayunas aquí?

—No.

—Entonces…

—Quizá tuve suerte.

Lo miré con sospecha.

—¿Suerte?

—Sí.

Se sentó frente a mí.

—Aunque parece que tú también.

—¿Por qué?

—Porque llegué justo cuando tú estabas aquí.

Intenté no sonreír.

No funcionó.

—Eres bastante seguro de ti mismo.

—No siempre.

—¿Cuándo no?

Adrien me miró durante unos segundos.

—Cuando algo me importa.

No supe qué decir.

Aparté la mirada.

—¿Quieres un chocolate caliente?

—No.

—¿Café?

—Sí.

La camarera apareció.

—¿Lo de siempre?

Adrien asintió.

—Café.

Lo miré.

—Así que sí eres una persona que bebe café.

—Te lo dije.

—No me lo dijiste.

—Lo pensaste.

—Eso tampoco.

Sonrió.

—Mientes bastante mal.

Negué con la cabeza.

No sabía cómo lo hacía.

Pero con él todo parecía sencillo.

Demasiado sencillo.

Llegamos juntos a la escuela.

Intenté caminar un poco más rápido.

Adrien aceleró también.

—¿Por qué caminas tan rápido?

—Porque voy tarde.

—Llegamos diez minutos antes.

Miré el reloj.

Era verdad.

—Entonces estoy practicando para cuando llegue tarde.

Adrien soltó una carcajada.

—Eres extraña.

—Gracias.

—No era un insulto.

—Lo sé.

Entramos al edificio.

Esta vez ya no sentí aquel nudo en el estómago del día anterior.

Conocía el lugar.

Sabía dónde estaba el salón.

Sabía dónde estaban los baños.

Incluso había descubierto una pequeña terraza en el tercer piso.

Quizá París no era tan aterradora después de todo.

La clase comenzó.

El profesor dejó varias fotografías sobre cada mesa.

—Hoy quiero que observen —dijo—. No dibujen todavía.

Todos guardamos silencio.

—La mayoría de las personas dibuja lo que ve. Un buen artista aprende a dibujar lo que siente.

Miré una de las fotografías.

Era una calle vacía después de la lluvia.

Había una bicicleta apoyada contra una pared.

La observé durante varios minutos.

Sentí una extraña nostalgia.

Aunque nunca había estado allí.

—¿Qué ves? —susurró alguien.

Miré hacia el lado.

Adrien.

—Una calle.

—Eso es lo que ves.

—¿Y tú?

Miró la fotografía.

—Alguien que acaba de irse.



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En el texto hay: romance prohibido

Editado: 19.09.2026

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