Bajo las luces del juego

Capítulo 7 – La mirada que no esperaba

La mañana despertó con luz rosada, filtrándose por las cortinas, y el murmullo de la casa ya estaba en movimiento. Elaine se alistaba en silencio, mordiéndose el labio mientras ordenaba su cabello frente al espejo. La tensión del día anterior seguía viva en su mente, aunque intentaba mostrarse tranquila. Quería evitar que Aarón la viera así: vulnerable.

Pero el destino, o la producción, decidió emparejarlos en un nuevo reto: formar equipos al azar para una prueba de equilibrio con obstáculos móviles. Cuando se anunciaron las parejas, Elaine tardó un segundo en creer lo que estaba escuchando: Aarón estaba con Sofía, una chica muy coqueta, activa y extrovertida. La herida se hizo más grande cuando notó cómo Sofía sonreía de manera exagerada cada vez que Aarón contaba un chiste o movía una ceja.

—¿Te molesta? —le susurró una compañera que pasaba junto a su puesto en la prueba. Elaine negó sin hablar, pero su silencio fue más elocuente que cualquier palabra.

Durante la prueba, el equipo de Aarón y Sofía se movía confiado. Sofía se apoyaba en él de manera juguetona y Elaine pensó que podía leer en sus gestos que él se divertía. Una parte de ella se enfureció consigo misma por estar sintiendo celos. Quería alejarse de eso. No era la Elaine que ella misma se permitía ser.

Cuando la prueba terminó, todo el grupo se reunió para celebrar. Pero Sofía, aún con esa risa provocadora, abrazó a Aarón por detrás. Él respondió con una palmada en el hombro, pero la sensación de molestia en el estómago de Elaine no cedía. Se giró lentamente y salió del salón, buscando el jardín para respirar aire fresco.

Se apoyó en la pared y cerró los ojos, intentando calmar su respiración. Aarón se acercó como queriendo disculparse, pero ella no volteó. Él se detuvo, sin saber muy bien qué decir. El silencio entre ellos era la justa medida de la incomodidad.

Finalmente, Elaine habló sin mirarlo:

—No es nada personal... es solo que... —su voz se quebró— me importa... más de lo que esperaba.

Él la observó, con sinceridad y culpa. Aquello era más que celos: era miedo de perder algo que aún no sabía cómo llamar.




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