Capítulo 10: La espada de la Heredera
El viento rugía sobre el lago.
Los pétalos de cerezo giraban alrededor de Elena mientras sostenía la espada de cristal.
La hoja era hermosa.
Y aterradora.
En su interior parecían moverse pequeñas luces, como estrellas atrapadas bajo el cristal.
Al otro lado del puente de agua, el hombre de los ojos dorados la observaba.
No parecía enfadado.
No parecía un monstruo.
Parecía alguien que había esperado demasiado tiempo.
—Celeste... —dijo una vez más.
Elena sintió un dolor extraño en el pecho.
Un dolor antiguo.
Como una herida que nunca había sanado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
La figura guardó silencio unos segundos.
—Mi nombre es Lucien.
En cuanto escuchó aquel nombre, una oleada de recuerdos golpeó su mente.
Una tarde bajo los cerezos.
Dos jóvenes riendo.
Promesas.
Besos.
Y un anillo de plata.
Elena dejó escapar un jadeo.
—Lo recuerdo...
Los ojos dorados de Lucien brillaron.
—Entonces sabes que nunca fui tu enemigo.
El guardián dio un paso adelante.
—¡No lo escuches!
Lucien lo miró con desprecio.
—La Orden le mintió.
—¡La Orden protegió al mundo!
—La Orden destruyó nuestras vidas.
El lago comenzó a agitarse violentamente.
Elena observó a ambos.
Uno decía que Lucien era una amenaza.
El otro afirmaba haber sido traicionado.
¿Quién decía la verdad?
Entonces la espada reaccionó.
Una luz surgió de la hoja.
Y una nueva visión apareció ante todos.
Vieron el pasado.
La verdadera noche del encierro.
Los miembros de la Orden rodeaban a Lucien.
Pero él no estaba atacando.
Estaba protegiendo algo.
Protegiendo a alguien.
A Celeste.
—No... —susurró el guardián.
La visión continuó.
Elena vio a los líderes de la Orden discutir.
Escuchó palabras como poder, inmortalidad y control.
Y comprendió algo terrible.
La Orden no había sido completamente buena.
Habían ocultado la verdad.
Lucien había sido traicionado.
Y ella también.
Cuando la visión terminó, nadie habló.
El guardián tenía el rostro lleno de culpa.
Lucien permanecía inmóvil.
Esperando.
Finalmente Elena levantó la espada.
Pero no apuntó a Lucien.
Apuntó al cielo.
—Quiero la verdad completa.
La luna roja brilló con intensidad.
Y una voz antigua resonó desde el Santuario del Cerezo.
Una voz que parecía provenir de otro tiempo.
—Entonces ven, Heredera.
Y conoce el secreto que destruyó un siglo de vidas.
La isla comenzó a temblar.
Y las puertas del Santuario se abrieron lentamente.
Detrás de ellas se ocultaba el mayor secreto de todos.
Uno capaz de cambiar el destino de Elena...
...y el de Lucien.
Continuará...