La profesora de Historia no vino ese día.
—Licencia —dijo el preceptor sin mirarlos.
Pero todos sabían que no era una licencia.
Valentina apretó su cuaderno contra el pecho. En la última página tenía una lista. Nombres tachados.
Lucía.
Andrés.
Martín.
Desaparecidos.
No era una palabra oficial, pero era la única que tenía sentido.
En el recreo, su amiga Clara le susurró:
—A Pablo se lo llevaron anoche.
—¿Quiénes?
Clara la miró como si la pregunta fuera absurda.
—Los milicos.
El corazón de Valentina se aceleró.
Esa misma noche, al volver a casa, lo vio.
El Falcon.
Verde oscuro. Sin patente visible.
Detenido a mitad de cuadra.
Y dos hombres apoyados en la puerta, fumando, como si esperaran.
Valentina bajó la mirada y siguió caminando.
No corrió.
Nadie corría.
Porque correr era admitir culpa.
Y en esos años… ser inocente no te salvaba
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Editado: 24.04.2026