Lo conoció en una librería vieja, de esas que todavía vendían libros “prohibidos” por debajo del mostrador.
—Busco a Cortázar —dijo ella en voz baja.
El hombre del mostrador dudó.
Pero una voz detrás intervino:
—Está agotado.
Valentina se dio vuelta.
Él tenía las manos manchadas de grasa, ropa de trabajo… y una mirada que no encajaba con nada de eso.
—Pero yo tengo uno —agregó él.
Se llamaba Tomás.
Y desde el primer momento, Valentina sintió algo extraño: no seguridad… sino peligro.
Pero también, por primera vez en meses… algo parecido a esperanza.
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Editado: 24.04.2026