Bajo los faros verdes

Capitulo 4: La noche marcada

Tomás no volvió a la librería durante dos días.
Dos días en los que Valentina sintió que el mundo se volvía más chico. Más cerrado. Como si cada calle tuviera ojos.
Como si cada paso estuviera siendo observado.
La lista en su cuaderno seguía creciendo.
Pero había algo peor.
El silencio de Tomás.
Lo encontró al tercer día.
No en la librería.
En la esquina de su casa.
Apoyado contra un poste, con un cigarrillo a medio consumir.
—No tendrías que estar acá —dijo Valentina, apenas lo vio.
—Vos tampoco —respondió él.
Pero no se movió.
Eso ya era una respuesta.
Valentina cruzó la calle igual.
—Desapareciste.
—Te protegí.
—¿De qué?
Tomás la miró fijo.
Y esta vez… no esquivó.
—De mí.
El aire se tensó.
—Basta de misterio, Tomás —dijo ella—. Anoche se llevaron a los vecinos de enfrente. Yo lo vi.
Él cerró los ojos un segundo.
Como si eso confirmara algo que ya sabía.
—Entonces ya es tarde.
Valentina sintió que algo se rompía.
—¿Tarde para qué?
Tomás tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el pie.
Después dio un paso más cerca.
—Para que te mantengas al margen.
Se metieron en un pasillo angosto, lejos de la vista de la calle.
Oscuro. Húmedo.
Seguro… en apariencia.
—Escuchame bien —dijo él—. Hay gente que está organizada. Que intenta resistir. Pasar información. Ayudar a otros a escapar.
Valentina lo miró en silencio.
—¿Vos estás en eso?
Tomás no respondió directamente.
—No somos soldados —continuó—. No tenemos armas. Solo contactos… y tiempo. Y cada vez tenemos menos.
—¿Y los que se llevan?
—Muchos terminan en lugares que no existen oficialmente.
Valentina tragó saliva.
—Centros clandestinos…
Tomás asintió.
—Te pueden tener días. Meses. Años. O nunca más.
El mundo se volvió más pesado.
Más real.
—¿Y vos? —preguntó ella, con la voz apenas firme—. ¿Estás en una lista?
Tomás la miró.
Y esta vez no hubo evasivas.
—Sí.
El silencio cayó como un golpe.
—Entonces… —Valentina dudó—. ¿Por qué estás acá?
Porque lo lógico era desaparecer.
Esconderse.
Huir.
Pero él estaba ahí.
Frente a ella.
—Porque quería verte una vez más —dijo.
Simple.
Directo.
Peligroso.
Valentina sintió algo romperse dentro.
No miedo.
No todavía.
Algo más profundo.
—No me digas eso como si fuera una despedida.
Tomás la observó.
Y por primera vez… se permitió ser honesto.
—En este país, todo puede ser una despedida.
El corazón de Valentina se aceleró.
—Entonces no me dejes afuera.
Él frunció el ceño.
—No sabés lo que estás diciendo.
—Sí lo sé.
Dio un paso más cerca.
—Prefiero saber… que vivir mirando para otro lado.
Tomás la sostuvo de los hombros.
—Te pueden desaparecer por menos que eso.
—Entonces que sea por algo que valga la pena.
El silencio entre los dos se volvió eléctrico.
Irreversible.
El beso no fue dulce.
Fue urgente.
Como si el tiempo se estuviera acabando.
Como si ese momento pudiera ser el último.
Y tal vez lo fuera.
Esa misma noche…
El ruido volvió.
El motor.
Inconfundible.
Valentina abrió los ojos de golpe.
El Falcon.
Otra vez.
Pero esta vez…
se detuvo frente a su casa.




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