El viaje fue eterno.
O tal vez no.
Valentina perdió la noción en el momento en que le vendaron los ojos.
Oscuridad total.
Solo quedaban los sonidos.
El motor.
Las puertas.
Las voces apagadas.
Y su propia respiración… cada vez más descontrolada.
—Quedate quieta —le ordenaron.
No gritaban.
No hacía falta.
La autoridad estaba en el tono.
El auto se detuvo.
La bajaron de un tirón.
Sus pies tocaron suelo firme.
Frío.
Húmedo.
El aire tenía un olor particular.
Encierro.
Metal.
Y algo más… difícil de nombrar.
Caminaron.
Pasillos.
Puertas que se abrían y cerraban.
Ecos lejanos.
Un golpe.
Un quejido.
Después… silencio otra vez.
Cuando le sacaron la venda, la luz la lastimó.
Parpadeó varias veces.
Y lo vio.
No había carteles.
No había nombres.
Pero lo entendió igual.
Un lugar que no existía oficialmente.
Como los que Tomás había mencionado.
Como los que nadie admitía.
Como la ESMA… o tantos otros.
La habitación era mínima.
Una silla.
Una mesa.
Nada más.
Ni ventanas.
Ni relojes.
Ni forma de saber cuánto tiempo pasaba.
—Sentate.
Valentina obedeció.
No por sumisión.
Sino porque entendía que resistirse ahí… no era una opción.
El hombre frente a ella no llevaba uniforme.
Ropa común.
Cara común.
Eso era lo peor.
Podía ser cualquiera.
—Nombre.
Valentina dudó un segundo.
—Luz.
El hombre sonrió apenas.
—No.
Se inclinó hacia adelante.
—Tu nombre real.
Silencio.
Valentina apretó los labios.
—No lo sé —dijo finalmente.
La respuesta no fue desafiante.
Fue medida.
Aprendida en pocas horas.
El hombre la observó.
Evaluando.
—Todos creen que pueden sostener eso.
Se levantó.
Caminó alrededor de ella.
Lento.
—Pero el tiempo acá… es distinto.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿A quién conocés?
—A nadie.
—¿Quién te trajo?
—No sé.
—¿Qué hacías en esa casa?
—No sé.
Las respuestas salían automáticas.
Vacías.
Pero firmes.
El hombre se detuvo detrás de ella.
—¿Sabés qué es lo peor de este lugar?
Valentina no respondió.
—Que afuera… la vida sigue.
La frase le atravesó el pecho.
—Tu mamá desayuna —continuó—. La gente va a trabajar. Los colectivos pasan.
Silencio.
—Y vos… dejás de existir.
Valentina cerró los ojos.
Fuerte.
Como si pudiera sostenerse desde adentro.
—Traigan al otro —ordenó el hombre.
Su corazón se detuvo.
Un segundo.
Dos.
La puerta se abrió.
Y lo vio.
Tomás.
Golpeado.
Cansado.
Pero de pie.
Las miradas se encontraron.
Y en ese instante, todo el miedo… cambió de forma.
Ya no era solo por ella.
—¿Se conocen? —preguntó el hombre.
Silencio.
Valentina sintió el impulso de hablar.
De correr.
De romper todo.
Pero se contuvo.
—No —dijo.
Tomás le sostuvo la mirada.
Y también negó.
—No.
El hombre los observó.
Largo.
Como si pudiera ver a través de ellos.
—Interesante.
Sonrió.
Pero no había nada humano en eso.
—Vamos a ver cuánto dura eso.
Se llevaron a Tomás.
Otra vez.
La puerta se cerró.
Y Valentina quedó sola.
El silencio volvió.
Pesado.
Infinito.
No sabía cuánto tiempo pasó.
Minutos.
Horas.
Días.
No había forma de saberlo.
Pero había algo que sí sabía.
Con una certeza brutal.
En ese lugar…
el amor no era refugio.
Era debilidad.
Y aun así…
cuando cerró los ojos…
lo único que pudo ver…
fue a él.
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Editado: 01.05.2026