Bajo los faros verdes

Capitulo 8: Lo que queda de vos

El tiempo dejó de existir.
No había días.
No había noches.
Solo pausas entre interrogatorios.
Y el sonido de las llaves.
Siempre las llaves.
Valentina empezó a contar.
No minutos.
No horas.
Respiraciones.
Inhalar.
Exhalar.
Una.
Dos.
Tres.
Era lo único que le pertenecía.
A veces la dejaban en una celda mínima.
Otras… en el mismo cuarto de la silla.
Siempre igual.
Siempre distinto.
Pero lo peor no eran las preguntas.
Era el silencio después.
Ese espacio donde la mente empezaba a traicionarla.
Donde los recuerdos se volvían borrosos.
Donde su propia voz… dejaba de ser confiable.
"¿Cómo te llamás?"
La pregunta volvía.
Una y otra vez.
Como un eco.
—Luz… —susurró un día.
Pero la palabra ya no se sentía suya.
Era un disfraz.
Y debajo…
todo empezaba a desdibujarse.
La puerta se abrió.
Otra vez.
Pero esta vez… no era el mismo hombre.
Era una mujer.
Cabello corto.
Mirada firme.
Distinta.
—Sentate —dijo.
Sin gritar.
Sin amenaza.
Eso desconcertó a Valentina más que cualquier otra cosa.
La mujer apoyó un vaso de agua sobre la mesa.
—Tomá.
Valentina dudó.
—No está envenenada —agregó.
Casi… cansada.
Valentina tomó el vaso.
Sus manos temblaban.
El agua estaba fría.
Real.
—No todos acá disfrutan esto —dijo la mujer.
Valentina la miró.
Confundida.
—¿Entonces por qué estás acá?
Silencio.
—Porque alguien tiene que estar.
La respuesta no alivió nada.
La mujer la observó unos segundos.
—Te están midiendo.
—¿Para qué?
—Para ver cuánto resistís.
Valentina apretó el vaso.
—No voy a hablar.
La mujer suspiró.
—Eso dicen todos.
Se inclinó un poco hacia ella.
—Pero no se trata de si hablás o no.
Pausa.
—Se trata de cuándo… y cómo.
Valentina sintió un nudo en el estómago.
—No me vas a quebrar.
La mujer negó.
—Yo no.
Otra pausa.
Más pesada.
—Pero este lugar… sí.
El silencio volvió.
Pero era distinto.
Más denso.
Más peligroso.
—Hoy te van a mostrar algo —dijo la mujer.
Valentina sintió el pulso en las sienes.
—¿Qué?
La mujer dudó.
Por primera vez.
—A alguien.
El mundo se detuvo.
—No…
Pero ya era tarde.
La puerta se abrió.
Dos hombres entraron.
Trajeron a Tomás.
Otra vez.
Pero esta vez… no estaba de pie.
Valentina sintió que el aire desaparecía.
—No lo mires —susurró la mujer.
Pero no pudo.
Tomás levantó la cabeza apenas.
Sus ojos la encontraron.
Y en ellos había algo claro.
Una orden silenciosa.
No hables.
—¿Lo conocés? —preguntó uno de los hombres.
El mismo de antes.
El de la sonrisa vacía.
El corazón de Valentina latía tan fuerte que dolía.
—No.
La palabra salió rota.
Pero firme.
El hombre asintió lentamente.
—Bien.
Se acercó a Tomás.
—¿Y vos?
Silencio.
Tomás la miró.
Un segundo.
Eterno.
—No —dijo.
El golpe fue seco.
Valentina se estremeció.
Pero no gritó.
No podía.
No debía.
—Interesante —murmuró el hombre—. Dos desconocidos… que cayeron en el mismo lugar.
Sonrió.
—Qué coincidencia.
Valentina apretó los puños.
Las uñas clavándose en la piel.
Anclándose a algo real.
A algo propio.
—Vamos a cambiar de estrategia —continuó él.
Se acercó a ella.
Demasiado.
—Porque todos tienen un punto débil.
Pausa.
—Y creo que ya encontramos el tuyo.
Valentina lo miró.
Directo.
Por primera vez sin bajar la vista.
—No.
Su voz era baja.
Pero firme.
—Mi punto débil… no sos vos.
El hombre sonrió.
Pero esta vez… había algo más.
Interés.
—Ya veremos.
Se llevaron a Tomás.
Otra vez.
Y esta vez…
Valentina no sabía si lo volvería a ver.
La mujer se quedó en la habitación.
En silencio.
—Si querés sobrevivir —dijo finalmente—, no pierdas quién sos.
Valentina la miró.
Con los ojos llenos de algo nuevo.
No miedo.
No del todo.
Rabia.
—No me van a borrar.
La mujer sostuvo su mirada.
Y por primera vez…
pareció creerle.
Cuando Valentina quedó sola…
cerró los ojos.
Respiró.
Una.
Dos.
Tres.
Y en medio de la oscuridad…
repitió en su mente:
No soy lo que ellos dicen.
No soy lo que quieren que sea.
Pero una duda…
pequeña…
peligrosa…
empezaba a crecer:
¿Hasta cuándo?




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