El silencio ya no era silencio.
Era un zumbido constante.
Como si algo dentro de la cabeza de Valentina no dejara de vibrar.
Había dejado de contar respiraciones.
En algún momento… perdió la cuenta.
Y con eso, perdió una pequeña forma de control.
La celda era siempre la misma.
Pero no lo era.
A veces más chica.
A veces más oscura.
A veces… parecía moverse.
Cerró los ojos.
Intentó recordar.
Su casa.
La cocina.
Su madre.
El sonido de la radio.
Pero las imágenes ya no eran claras.
Eran fragmentos.
Como fotos quemadas en los bordes.
—¿Cómo te llamás?
La voz apareció otra vez.
Siempre igual.
Siempre distinta.
Valentina abrió los ojos.
El hombre estaba ahí.
Sentado frente a ella.
Como si nunca se hubiera ido.
No respondió.
No de inmediato.
—Estás tardando más —dijo él.
Con una calma que dolía.
—Eso es bueno.
Pausa.
—Para nosotros.
Valentina apretó los dientes.
—No tenés nada.
Su voz salió más débil de lo que quería.
El hombre sonrió apenas.
—Todos tienen algo.
Se inclinó hacia adelante.
—Y vos ya lo mostraste.
La puerta se abrió.
Valentina sintió el cuerpo tensarse automáticamente.
Pero esta vez… no trajeron a Tomás.
Trajeron una silla.
Vacía.
La colocaron frente a ella.
—Hoy no hace falta que hable nadie más —dijo el hombre.
Se recostó en su asiento.
Observando.
Esperando.
El silencio cayó.
Pesado.
Sofocante.
Minutos.
Horas.
No sabía.
Pero algo empezó a pasar.
Lento.
Invisible.
Su mente comenzó a llenar el vacío.
Primero… fue un recuerdo.
Tomás.
En la librería.
La primera vez.
Su voz.
Sus manos.
Después… otro.
El beso.
El pasillo.
La urgencia.
Después… cambió.
Tomás en el suelo.
Golpeado.
Mirándola.
Después…
Tomás… hablando.
Valentina abrió los ojos de golpe.
—No…
Respiraba agitada.
El hombre no se movió.
Solo observaba.
—No está pasando —susurró ella.
Pero su voz temblaba.
—¿Qué no está pasando? —preguntó él, suave.
Demasiado suave.
Valentina negó con la cabeza.
—Nada.
El hombre inclinó la cabeza.
—La mente es interesante.
Pausa.
—Cuando le sacás todo… empieza a inventar.
Valentina sintió el miedo de verdad.
No el de antes.
No el del Falcon.
No el de los golpes.
Este era distinto.
Más profundo.
—¿Y si te acordás mal? —continuó él—. ¿Y si él… no es como pensás?
La grieta apareció.
Pequeña.
Pero real.
Valentina cerró los ojos con fuerza.
—No.
Pero la duda… ya estaba.
La puerta volvió a abrirse.
La mujer.
La del vaso de agua.
—Basta por hoy —dijo.
Seca.
El hombre la miró.
Molesto.
—Estamos avanzando.
—No así.
Silencio.
Tenso.
Por un segundo… Valentina pensó que discutirían.
Pero no.
El hombre se levantó.
—Todos avanzan —murmuró—. Tarde o temprano.
Y salió.
La mujer se acercó a Valentina.
La observó de cerca.
—Respirá.
Valentina lo intentó.
Pero el aire no alcanzaba.
—Te están empujando a dudar —dijo la mujer—. De él. De vos. De todo.
Valentina la miró.
Desesperada.
—¿Y si funciona?
La pregunta salió sola.
Cruda.
Honesta.
La mujer dudó.
Un segundo.
—Entonces tenés que elegir qué vas a creer.
Silencio.
—Porque si perdés eso… —agregó— ya no queda nada.
Valentina cerró los ojos.
Y en medio del caos…
buscó algo firme.
Algo real.
La mirada de Tomás.
Ese segundo.
Ese único segundo.
No hables.
Valentina respiró.
Una vez.
Lenta.
Y cuando abrió los ojos…
algo había cambiado.
No estaba rota.
No todavía.
Pero ya no era la misma.
La mujer la observó.
Y lo notó.
—Bien —murmuró—. Ahora empieza lo difícil.
Cuando la dejaron sola otra vez…
Valentina apoyó la cabeza contra la pared.
Y por primera vez…
no pensó en escapar.
Pensó en resistir.
De verdad.
Pero en algún lugar…
muy profundo…
la grieta seguía ahí.
Esperando.
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Editado: 01.05.2026