Bajo los faros verdes

Capitulo 10: Aprender a mentir

El silencio volvió.
Pero esta vez… Valentina lo recibió distinto.
Ya no como un enemigo.
Sino como un espacio.
Un lugar donde podía pensar.
Se sentó en el suelo.
Espalda contra la pared.
Ojos cerrados.
Respirando lento.
No iba a quebrarse.
Pero tampoco podía seguir resistiendo igual.
Porque eso… no iba a durar.
Entonces entendió algo.
No se trataba de no decir nada.
Se trataba de decir lo correcto.
La puerta se abrió.
El mismo hombre.
La misma silla.
La misma mirada.
—¿Lista? —preguntó.
Valentina levantó la vista.
Y por primera vez…
no parecía a la defensiva.
—Sí.
La respuesta lo sorprendió.
Apenas.
Pero lo suficiente.
Se sentó frente a ella.
—Nombre.
Valentina dudó.
Lo justo.
Lo necesario.
—Valentina.
El aire cambió.
Sutil.
Pero real.
El hombre inclinó la cabeza.
—Mejor.
Sonrió apenas.
—Ves que podías.
Valentina bajó la mirada.
Como si cediera.
Como si algo se rompiera.
Pero adentro…
algo se estaba armando.
—¿A quién conocés?
Silencio.
Corto.
Medido.
—A gente.
El hombre soltó una leve risa.
—Todos conocemos gente.
Se inclinó hacia adelante.
—Nombres.
Valentina respiró hondo.
Pensó rápido.
Eligió.
—Clara.
El nombre salió suave.
Real.
Pero… inofensivo.
El hombre anotó algo.
—¿Quién es Clara?
—Una amiga.
—¿Milita?
Valentina dudó.
Dejó que se notara.
—No.
Pausa.
—No creo.
El hombre la observó.
Analizando cada gesto.
Cada palabra.
—¿Y Tomás?
El mundo se detuvo.
Un segundo.
Dos.
Valentina levantó la vista.
Confundida.
—¿Quién?
Silencio.
El hombre no sonrió esta vez.
Pero algo en su expresión cambió.
Interés.
Real interés.
—El chico de la casa.
Valentina frunció el ceño.
Como si buscara en su memoria.
Como si no encontrara nada.
—No sé de quién hablás.
La tensión se volvió densa.
Pesada.
El hombre se recostó.
—Curioso.
Pausa.
—Porque él sí te conoce.
Golpe bajo.
Directo.
Valentina bajó la mirada.
Dejó que el silencio trabajara.
Que la duda pareciera real.
—Había gente… —murmuró—. No hablé con todos.
El hombre la observó largo rato.
—Estás aprendiendo —dijo finalmente.
No era un elogio.
Era un diagnóstico.
Valentina no respondió.
Pero por dentro…
entendió que iba por buen camino.
La puerta se abrió.
La mujer entró.
Otra vez.
—Se terminó —dijo.
El hombre suspiró.
—Recién empezaba a ser interesante.
Se levantó.
Pero antes de irse…
se inclinó hacia Valentina.
—Cuidado —susurró—. Mentir… también deja marcas.
Y salió.
El silencio volvió.
La mujer se acercó.
La miró fijo.
—¿Qué hiciste?
Valentina sostuvo su mirada.
—Lo que tenía que hacer.
La mujer la observó unos segundos más.
Y luego…
asintió apenas.
—Bien.
Valentina sintió algo extraño.
No alivio.
No victoria.
Control.
—Pero escuchame bien —agregó la mujer—. Esto es un equilibrio.
Pausa.
—Si te pasás… te descubren.
—Si te quedás corta… te rompen.
Valentina asintió.
Lo entendía.
Perfectamente.
—¿Y Tomás? —preguntó de golpe.
No pudo evitarlo.
La mujer dudó.
Otra vez.
—Sigue acá.
Nada más.
Pero alcanzaba.
Valentina cerró los ojos.
Un segundo.
Seguía vivo.
Cuando los abrió…
la grieta seguía ahí.
Pero algo más también.
Una decisión.
No iba a ser solo una víctima.
Iba a sobrevivir.
Y si podía…
iba a sacar a Tomás con ella.
O morir en el intento.




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