Bajo los faros verdes

Capitulo 12: El lenguaje del silencio

Valentina no volvió a sentarse.
Ni cuando la dejaron sola.
Ni cuando el cansancio le pesaba en los huesos.
Ni cuando el miedo le apretaba el pecho.
Se quedó de pie.
Repasando.
Otra vez.
Y otra.
Dos golpes.
Pausa.
Uno.
No era casualidad.
No podía serlo.
Tomás estaba ahí.
Y no estaba quebrado.
Eso cambiaba todo.
La puerta se abrió.
La mujer.
Valentina no perdió tiempo.
—Hay un patrón —dijo en voz baja.
La mujer la miró fijo.
—Siempre lo hay.
—No —insistió Valentina—. Uno que podemos usar.
Silencio.
La mujer avanzó un paso.
—Decime.
Valentina dudó apenas.
Pero ya estaba adentro.
—Los movimientos. Las puertas. Los pasos.
Pausa.
—Y él.
La mujer entrecerró los ojos.
—¿Él qué?
—También lo vio.
Eso fue suficiente.
La tensión cambió.
—Entonces escúchame bien —dijo la mujer—. Porque esto no es un juego.
Pausa.
—Si te equivocas… no hay segunda oportunidad.
Valentina asintió.
—Hay momentos —continuó— en los que el movimiento se reduce.
—¿Cuándo?
—Cuando cambian turnos.
Valentina sintió el pulso acelerarse.
—¿Y eso cuándo pasa?
La mujer dudó.
Por primera vez… de verdad.
—No siempre es igual.
Pero…
Pausa.
—Hay un intervalo. Corto.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para moverte… si sabés cómo.
Silencio.
Valentina apretó los puños.
—Quiero intentarlo.
La mujer la miró como si midiera algo invisible.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Valentina dio un paso adelante.
—Entonces voy a morir acá.
Silencio.
—Y él también.
Eso fue lo que quebró algo.
No en Valentina.
En la mujer.
Cerró los ojos un segundo.
Como si tomara una decisión que llevaba tiempo evitando.
—Hay una salida de servicio —dijo finalmente.
Muy bajo.
—No está en los planos oficiales.
El corazón de Valentina latía con fuerza.
—¿Dónde?
—Cerca de las escaleras que bajan al subsuelo.
Pausa.
—Cinco escalones.
Valentina sintió un escalofrío.
Era el mismo lugar.
—Pero hay un problema —agregó la mujer.
Siempre lo había.
—Siempre hay alguien.
El silencio se volvió pesado.
—Entonces necesitamos un momento —dijo Valentina.
La mujer negó.
—Necesitan suerte.
Horas después…
o días…
Valentina volvió a verlo.
Otra vez la silla.
Otra vez la luz.
Otra vez él.
Tomás.
Pero esta vez…
Valentina estaba lista.
No lo miró de inmediato.
No reaccionó.
Esperó.
Uno.
Dos.
Golpe. Golpe.
Pausa.
Golpe.
El mensaje.
Valentina sintió el impulso de responder.
Pero no podía.
No con sonido.
Entonces hizo lo único que podía.
Movió el pie.
Apenas.
Dos veces.
Pausa.
Una.
Silencio.
Pero Tomás lo vio.
Y por un segundo…
mínimo…
su mirada volvió.
Real.
Estaban sincronizados.
—Qué romántico —dijo la voz de siempre.
El hombre los observaba.
Sonriendo.
Valentina sintió el frío recorrerle la espalda.
¿Los había visto?
—Dos desconocidos… con el mismo ritmo —continuó.
Silencio.
Demasiado largo.
Demasiado peligroso.
El corazón de Valentina latía con violencia.
No te muevas.
No respires.
No pienses.
Y entonces…
el hombre aplaudió una vez.
—Llévenselo.
Se llevaron a Tomás.
Otra vez.
Pero esta vez…
algo era distinto.
El ambiente.
La tensión.
Algo no estaba bien.
Cuando la dejaron sola…
Valentina lo sintió.
El plan ya no era invisible.
Alguien más lo había visto.
Y eso…
lo volvía mortal.




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